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La moral como anomalía

Autor: Herder Editorial
Curso:
10/10 (1 opinión) |29 alumnos|Fecha publicación: 03/10/2011
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Capítulo 1:

 La responsabilidad como autoengaño

Aprende con este curso de Herder Editorial, fragmento del libro: "La moral como anomalía", del autor Antonio Valdecantos (ISBN 978-84-254-2510-3). Puedes descubrir y adquirir este libro en http://www.herdereditorial.com/section/2679/

La moral como anomalía. Portada de libro. Herder Editorial

La responsabilidad como autoengaño

1. Deudas saldadas

Actuar de forma moralmente correcta equivale en la moral moderna a obrar de tal suerte que uno pueda salir siempre triunfante de las demandas de responsabilidad que se le dirijan.

La moral es el final feliz de la responsabilidad, aunque con igual justicia cabe decir que constituye su frustración o su fracaso: las acciones, no en vano, resultan ser morales cuando se prueba que toda petición de responsabilidad es innecesaria, superflua o improcedente. Moral y responsabilidad parecen ser dos nombres distintos para un mismo conjunto de hechos, tanto que la propia idea de una responsabilidad moral suena muchas veces a pleonasmo. Es fácil, sin embargo, encontrar formas de responsabilidad a las que no se adjetiva como morales. Resulta frecuente, por ejemplo, oír que alguien es moralmente responsable de algo aunque quizá no lo sea legalmente o que cierta persona es un irresponsable desde el punto de vista moral aun cuando haya satisfecho todas sus responsabilidades jurídicas.

Determinar qué tipo de responsabilidad sea la propia y privativa de la moral moderna no es tarea fácil. Como casi todo lo que puede decirse, la responsabilidad se dice de muchas maneras, y así no siempre que se piensa en la individual debe atribuírsele lo mismo que a la colectiva, ni lo que se cree de la responsabilidad por acciones pasadas vale del todo (o eso se dice) para la que atañe al futuro, ni tampoco es uno responsable de las acciones propias en el mismo sentido en que puede llegar a serlo por las ajenas ni, en fin, son una sola cosa la responsabilidad política, la histórica, la jurídica –en cuyo seno es preciso hacer, desde luego, distingos sobremanera sutiles y las demás insidiosas especies que llenarán la cabeza del lector en cuanto domine el arte de hacer distinciones o se entregue al vicio de multiplicarlas. Poner un poco de orden en el concepto de la responsabilidad es como hacer de jardinero en mitad de un parque abandonado que esté cubierto de hojarasca, solo que aquí la hojarasca llega hasta el cuello y el parque no está abandonado. Cuando un concepto importante se usa de manera tan variopinta (y quizá tan confusa), lo primero que viene a la cabeza es tratar de dar un catálogo exhaustivo de los usos que de hecho tiene; quizá algunos de ellos resulten espurios o necesiten corrección, mientras que en otros se descubrirán rasgos interesantes o acaso condiciones que sería bueno tuvieran los demás. Quien está en tesituras como esta tiende a creer que la variedad de usos es un mal o una patología, pero no siempre hay razones que justifiquen el escándalo ante el desorden ni mucho menos la aversión a la variedad. A cada concepto le corresponde su propio grado de desbarajuste y a ninguno es saludable pedirle más orden del debido.

En este ensayo se tratará de dar una definición de la responsabilidad moral pero, como se verá, la tarea está condenada al fracaso, y no porque la definición sea imposible, sino más bien por lo contrario: es tan posible que, de hecho, son oportunas y obligadas no una sino dos definiciones, las cuales sufren, sin embargo, la aciaga condena de resultar incompatibles entre sí. Se propondrá en primer término la que creo es más habitual y fácil de admitir y se dará después algún argumento en contra de ella, proporcionado por el análisis de la indignación, una de las pasiones más destacables de entre las que se suscitan en relación con la responsabilidad. A continuación se pasará al segundo esquema (muy antiguo, según habrá ocasión de ver) y se concluirá que ni él ni el anterior pueden abandonarse con facilidad aunque estén reñidos entre sí. Conviene avisar de que la conclusión es pesimista y de que no prestará mucho servicio a quien vaya buscando una noción de responsabilidad manejable y útil para la vida y la práctica. Al contrario: el concepto de responsabilidad no solo está empantanado, sino que arrastra hacia su mismo fango a cualquier noción con la que se relaciona, incluidas, según se verá, algunas tan prestigiosas como ella, o quizá más venerables aún.

Comenzaremos, como digo, por el esquema más sencillo de la responsabilidad. Se distingue por tres rasgos, de los cuales los dos primeros parecen muy claros: se dice de alguien que es moralmente responsable de algo cuando se le exige en primer lugar que responda de cierta acción u omisión con razones o con excusas y, en segundo, que repare cierto daño que ha causado con esa acción u omisión. Es propio de la responsabilidad moral el apuntar al fuero interno de los individuos, al cual se obliga, por así decir, a que se exteriorice por medio de razones o excusas. Ser moralmente responsable de algo es derivar de esas expresiones de la interioridad propia ciertas obligaciones o exigencias que habrán de ser asumidas con pleno convencimiento íntimo y prescindiendo de la coacción jurídica o social a que uno pueda estar expuesto. El tercer rasgo del esquema, por su parte, consiste en que, cuando el interpelado ha respondido y ha efectuado la reparación, ya no es pertinente pedirle más responsabilidades. La primera de las dos obligaciones a que está sometida la persona moralmente responsable es solo moral y no jurídica, mientras la segunda y la tercera son de ordinario lo uno y lo otro al mismo tiempo. Sin embargo, debe insistirse en que quien se somete a la responsabilidad moral no debe obrar movido por el cumplimiento de la ley jurídica, sino de su sola ley interior: de una ley según la cual a cierta falta de razones y de excusas tiene que corresponderle cierto resarcimiento, una norma que seguiría teniendo vigencia aunque el derecho mandase o permitiese lo contrario.

Capítulo siguiente - Deudas saldadas. Responsabilidad

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