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La moral como anomalía

Autor: Herder Editorial
Curso:
10/10 (1 opinión) |29 alumnos|Fecha publicación: 03/10/2011
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Capítulo 6:

 La ira. Aristóteles y Séneca

33Aristóteles y Séneca coinciden en que la ira no es una pasión ciega a las razones (ninguna lo es, en puridad, para ninguno de los dos); el objeto de la disputa es más bien la buena factura de dichas razones.

No sería fácil ni tendría mucho interés buscar una conciliación entre Aristóteles y Séneca a propósito de lo que uno llama orgé y el otro ira. Es probable que el lector de ambos tenga la impresión de que los dos aciertan a su manera, pero conviene no hacer mucho caso de este tipo de impresiones, frecuentes con los grandes autores del pasado y del presente y aun con los que son mucho más pequeños porque, si se pasa demasiado tiempo dando vueltas a juicios como este, al final se concluirá probablemente que todo el mundo tiene su parte de razón, lo cual es un resultado tan honorable como cualquier otro aunque quizá no de los más afortunados. Poca duda puede caber de que, con su descripción de la ira, Séneca trataba de describir de otro modo lo mismo que había ocupado a Aristóteles en su examen de la orgé. Pero no todo lector está atado a ese supuesto, y alguno podrá, por ejemplo, catalogar las pasiones humanas de tal manera que aquello de lo que habla Aristóteles sea una pasión y otra aquello a lo que se refiere Séneca (cuántas pasiones haya y cómo se identifiquen y describan no es cosa que esté dada unívocamente en la naturaleza; las respuestas a estas preguntas se hallan sub determinadas por el conocimiento empírico que se tiene y seguramen te por cualquiera que pueda alcanzarse). Mucha gente que no ha leído nunca a Aristóteles está en condiciones de identificar entre sus pasiones una semejante a lo que él llamaba orgé y, aun sin saber nada de lo que escribió Séneca, todos podríamos atribuirnos a menudo algo muy parecido a lo que él llamaba ira. Pero nadie se refiere a las pasiones propias o ajenas a partir de una tabla clasificatoria o de una doctrina sistemática.

A veces las distinciones entre unas pasiones y otras tienen todo el rigor que exigen los antónimos (como cuando se oponen el amor y el odio o el orgullo y la vergüenza), aunque  con frecuencia resultan borrosísimas. Los nombres de las pasiones son inciertos por naturaleza y están sometidos a disputas a veces violentas. La mayor parte de las pasiones se desencadenan de hecho por medio de palabras (por eso la retórica es el arte más adecuada para ocuparse de las pasiones) y son las palabras lo que las altera, apacigua y pervierte. Nada tiene de extraño que quien experimenta una pasión esté preocupado por el nombre de lo que le pasa ni que se desaten conflictos en torno a ello. Si de alguien se dice, por ejemplo, que está avergonzado o atemorizado y la persona referida no cree padecer dichos sentimientos, es probable que la imputación surta efectos que de otra manera no habrían podido darse.

Uno puede llegar a sentir vergüenza o temor porque los demás le atribuyen la pasión correspondiente y también encolerizarse o indignarse a causa de lo que se juzga un desprecio o una ofensa: los nombres de las pasiones pueden mover pasiones y todo el mundo quisiera tener autoridad para decir la última palabra sobre ello.

Quizá no quepa distinguir nunca definitivamente entre la indignación y la ira porque cualquier deslinde conceptual estará amenazado siempre por airadas e indignadas disputas.

En un mundo en el que la indignación goza de más prestigio que la ira es muy natural que, en caso de entredicho, todos prefiramos que se nos tenga por indignados antes que por encolerizados, e incluso que nos encolericemos o indignemos por la denominación inapropiada que se da a nuestras pasiones: si estas carecieran de nombre conocido no serían lo que son, aunque en seguida habría que intentar ponérselo de manera casi siempre desapacible y a menudo cruenta.

Lo que en castellano contemporáneo recibe el nombre de «indignación» se atiene bien, como ya se ha dicho, a la suma de la némesis y de muchos casos de la orgé, tal como las expone Aristóteles, mientras que lo que llamamos «ira» corresponde, por su parte, a la ira de Séneca, a algunos casos de orgé aristotélica virtuosamente experimentada, a la totalidad de los casos de orgé excesiva o viciosa y seguramente también a algo que Séneca distingue de la ira y llama ferocidad o fiereza (feritas): la pasión que experimenta el que hace daño a otro de forma gratuita y sin ofensa que pudiera servir de coartada.

34Daré a continuación algunos rasgos de lo que creo se entiende por indignación, y que permiten, si no estoy equivocado, deslindarla de la ira.35

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33. Es instructivo examinar el asunto, suscitado por Séneca, en el De ira, II,V, 1, de «si los que se enfurecen fácilmente y disfrutan con la sangre humana se encolerizan cuando matan a aquellos que no solo no les han infligido ofensa a ellos, sino que ni siquiera ellos creen que se la han infligido».
34. De ira, II, V, 2. Quien padece la ferocidad, está dispuesto a recibir una ofensa «con tal de hacer daño, y para él los golpes y heridas no se enderezan a la venganza, sino al disfrute». Me parece que esta inquietante figura constituye una exacerbación de la ira. Aduce Séneca como ejemplos de ferocidad los de Apolodoro y Fálaris, y el segundo de ellos posee el máximo interés, ya que es el mismo al que acude Aristóteles en el libro VII de la Ética Nicomáquea para ilustrar la theriótes (que sin duda puede traducirse también como «ferocidad»). Es llamativo que Aristóteles no considere a esto una pasión, sino algo que pertenece a la misma jerarquía conceptual que el vicio y la incontinencia. En realidad, Séneca no hace nada muy distinto, ya que considera la ferocidad como una especie de ira degenerada que resulta de la pérdida de la clemencia.
35. Según se vio al principio,Aristóteles describe la orgé como una pasión esencialmente vindicativa. Si no me engaño, este es el punto principal que sus lectores de hoy día tienen que rechazar en su reconstrucción de esta pasión. Gran número de casos de los que nosotros comprenderíamos en la orgé son, como mostraré en relación con nuestra «indignación», insensibles a la venganza o poco sensibles a ella. Sobre la indignación como pasión moral, véase el estudio de Olbeth Hansberg, «Emociones morales», en el volumen 12.º de la Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía, editado por Osvaldo Guariglia: Cuestiones morales, Madrid,Trotta-CSIC, 1996, pp. 107-127.

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