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La moral como anomalía

Autor: Herder Editorial
Curso:
10/10 (1 opinión) |29 alumnos|Fecha publicación: 03/10/2011
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Capítulo 11:

 La instauración de Cosmópolis

La instauración de Cosmópolis es el triunfo definitivo, siempre aplazado pero siempre acechante, de la segunda naturaleza sobre la primera. Una ciudad que se ha hecho mundo, o un mundo que se ha hecho ciudad, tanto da, porque la existencia de la Cosmópolis implica que no se puede elegir entre los dos términos de la disyunción. Cuando las dos naturalezas coincidan perfectamente se puede decir que la naturaleza física se ha vuelto totalmente moral y también que la naturaleza moral ha tomado cuerpo y ha invadido la totalidad de los cuerpos. En la palabra Cosmópolis, cosmos y polis han llegado a querer decir lo mismo y a borrar toda diferencia: si se los designa con nombres distintos es tan solo para recordar los momentos en que aún no habían llegado a coincidir.

Para la ley ciudadana, la responsabilidad de Caín es una pesadilla ancestral. Lo es sobre todo por su carácter de interrupción; deja incancelable una culpa e impide pasar a las siguientes, como una máquina en la que se hubiera atravesado un cuerpo extraño y no cesara de mover enloquecidamente sus piezas, pero sin engranar bien las unas con las otras, o como un disco de vinilo rayado que repite una y otra vez lo mismo en este caso unas palabras de maldición sin que nunca pueda ya saberse lo que venía después. Hay una forma de locura consistente en quedarse clavado en un momento particular, a veces trivial o falto de relieve, sin poder recobrar el curso de los acontecimientos. El momento en el que aparece esa locura no admite otros que le sigan: lo que viene después no son propiamente nuevos momentos, sino la ominosa repetición de uno anterior, que pasa a ocuparlo todo y suspende la vigencia del tiempo. Para acabar con esta locura se inventó la ciudad, un lugar cuya administración exige llevar cuentas precisas y cultivar una memoria escrupulosa, y donde nunca faltarán culpas que atribuir ni deudas que saldar. En la fundación de la ciudad y en su ley está comprendida la previsión de sucesivas responsabilidades que se irán satisfaciendo y cancelando una detrás de otra. La ciudad es, antes que cualquier otra cosa, un conjunto de instituciones estables ante las que responder. Vivir en ciudades y no en hordas o en caravanas es tener ocasión de cometer acciones culpables y de pedir cuentas por ellas, de tener a quien pedir responsabilidades y de estar protegido contra responsabilidades fraudulentas, excesivas o intemperantes. La ciudad está acotada para dejar constancia de que dentro de sus límites se puede dar cuenta y razón de todo, y de nada fuera de ella.

La razón es una facultad esencialmente retributiva, que busca la correspondencia de las cosas entre sí y se frustra en cuanto advierte desajustes, disonancias o descompensaciones; es la principal cualidad o propiedad de un mundo bien ordenado y la capacidad esencial de ciertos seres privilegiados de ese mundo, aptos precisamente para captar el orden y dar cuenta de él. La razón no consiente que haya deudas sin pagar ni culpas sin expiar y se escandalizará en cuanto sospeche que ocurre lo uno o lo otro; para restablecer el orden quebrantado, no dudará en servirse de los instrumentos más poderosos a su alcance.

Por todo ello, la responsabilidad de Caín, incancelable y no reparatoria, ha de parecer, por lo menos a primera vista, gravemente irracional. Sin embargo, ese modo de responsabilidad constituye una tentación muy poderosa para la ley de la ciudad y para la moral deuterofisita moderna. No en vano, la moral se ha concebido durante los tres últimos siglos como una fuerza inerme, una fuerza arrolladora a la que la conciencia no puede resistir pero que carece de poder coactivo alguno extramuros de esa conciencia.49 La moral es en la cultura moderna lo que menos puede y también lo que más. En el orden de las razones no hay nada capaz de vencerla, pero fuera de ese orden la obligación moral no tiene medios con los que hacerse cumplir y ha de rechazar por espurios aquellos que se le ofrezcan. Lo anterior no dice toda la verdad sobre las relaciones entre la moral y el mundo, pero sí expresa una de las grandes tentaciones de la concepción moderna de la moral, la tentación de ver en esta un poder meramente espiritual, una autoridad sin potestad que reina solo entre las conciencias. De manera que el concepto de responsabilidad que debe adoptar quien esté poseído por esta tentación es precisamente el de Caín: la responsabilidad de una conciencia que no puede conmutar por nada su falta de razones.

El principio en que se funda dicha tentación resulta muy difícil de eliminar; es el supuesto según el cual nunca es posible reconocer del todo un acontecimiento del mundo un acontecimiento terrenal externo a la conciencia como genuino cumplimiento de mandatos morales. Kant y Wittgenstein han sido los clásicos que con mayor claridad han mostrado este supuesto. Para ninguno de los dos cabe nunca adquirir certeza de que una actuación humana tiene una fuente inequívocamente moral, ni siquiera cuando la motivación parece más clara y segura; aun las acciones que todos juzgamos como moralmente ejemplares han podido deberse en realidad a oscuros resortes y a móviles inconfesables y no habrá nada que esté en condiciones de sacarnos de la duda.50 Pero lo que para Kant y Wittgenstein es duda perpetua había sido para el Génesis una plena seguridad de la invalidez del reconocimiento.

La responsabilidad de Caín se distingue sobre todo porque en este mundo no hay nada que Dios pudiera reconocer como una retribución derivada de las responsabilidades de Caín, nada en lo que quepa ver el resultado, la secuela o la huella del arrepentimiento de Caín o de su voluntad reparadora.

Sin embargo, esta no es toda la verdad de la moral moderna.

Porque a la tentación recién mencionada se le enfrenta otra igualmente poderosa según la cual una moral que no triunfase en el mundo quedaría siempre frustrada, tanto que la moral misma puede concebirse como la empresa consistente en someter al mundo a ciertos imperativos, reglas o principios. Así, el resarcimiento debido será un conjunto de episodios mundanos que han de reconocerse como derivados de la asunción de culpa o responsabilidad. Cuando alguien lleva a cabo actos de retribución respondiendo de lo que hizo, tales actos son el efecto que producen las razones que da y lo que sustituye a las que no puede dar. Un acto de retribución suficiente será la expresión cabal de las razones que uno tiene para ejecutarlo y un sustituto exacto de las que no puede dar sobre su acción responsable, y también una cumplida manifestación de las pasiones que a uno lo embargan y un levantamiento de ese embargo.

Se cree que, por dar razones y al darlas, uno contrae el compromiso de hacer algo más aparte de dar razones: uno es consecuente con ellas y, por tanto, ha de ejecutar acciones que secunden a esas razones, que se sigan de ellas y que valgan como una consecuencia suya. Justo lo que quiso evitar Yahvé con la señal de Caín. Los mismos que cayeron en la primera tentación caen inevitablemente en esta, y normalmente también en una tercera: la de suponer que entre las dos primeras no puede haber conflicto.

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49. De acuerdo con la afirmación de Sánchez Ferlosio de que el derecho es «moral armada» y la moral «derecho inerme».
50. He tratado de exponer que las ideas de Kant y Wittgenstein sobre la relación entre la moral y el mundo son estas en dos capítulos de mi ya citada Apología del arrepentido, los titulados «Daremos lo no venido por pasado » y «Las dos éticas de Wittgenstein».

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