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La moral como anomalía

Autor: Herder Editorial
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10/10 (1 opinión) |29 alumnos|Fecha publicación: 03/10/2011
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Capítulo 10:

 Caín y Yahvé

A Caín no se le puede reclamar, por tanto, que pague por su crimen, ni siquiera en parte, porque cualquier pago que efectúe convertirá al fratricidio en cosa expiada (aunque sea en parte) y a la vida de Abel en cosa convalidable (aunque sea en parte) por el pago de una deuda.

La condena a andar errante no es la servidumbre que Yahvé impone a Caín por la benevolencia que ha tenido con él.

En realidad no ha habido clemencia ninguna, porque lo que quiere Yahvé es tener a Caín perpetuamente atado a su responsabilidad, con una señal indeleble que lo identifique siempre como el hombre que mató al predilecto de Dios y que no ha expiado su culpa. El castigo de Caín es una muestra de refinada crueldad más que de benevolencia, pues Dios no deja a Caín en el estado del inocente, sino en el de alguien que no podrá librarse nunca de su condición de culpable y que la llevará incorporada para siempre. Caín se convierte en intocable, y por tanto en alguien segregado y sagrado, con todo el ambivalente sentido de este último término.44La errancia de Caín es la consecuencia lógica de su expulsión del orden de las responsabilidades; de un orden, podría decirse, natural, en el que cada cosa, cada animal y cada persona y en circunstancias normales también el propio Yahvé busca el resarcimiento del daño sufrido y la vuelta al estado de normalidad. La expulsión y la errancia interrumpen, como va dicho, el orden normal de las responsabilidades e impiden a Caín cualquier responsabilidad nueva; con la expulsión, Caín ha dejado pro piamente de ser un agente, porque ya nadie podrá tener en cuenta nada de lo que haga. Si Caín cometiera un nuevo crimen, seguiría siendo igualmente intocable, porque ha quedado clavado al momento en que mató a su hermano y sustraído al orden del tiempo.

El final de la historia es conocido. Al igual que Adán y Eva fueron expulsados del paraíso, Caín ha sido expulsado del orden natural de las cosas, se le ha quitado su lugar en él y se le ha condenado a no poseer lugar y a ser intocable. Caín resulta ser mitad un ser divino, mitad una bestia. Es, por un lado, un ser tocado por Yahvé con su propia mano para librarlo de la muerte (haciéndolo casi eterno, como él lo es), y por otro un ser al que nadie puede tocar, como los animales peligrosos; allí donde vaya, todo se retirará de su paso.45 Sin embargo, Caín funda una ciudad, lo que significa que, movido de la misma soberbia impía con que mató a su hermano y trató de esconderse de Dios, busca ahora un lugar en que asentarse y poner fin a su vagabundeo. Lo que Caín quiere con la fundación de la primera ciudad es acotar un territorio en el que poder asentarse sin perder la seguridad proporcionada por la señal de Yahvé. Se trata de cambiar la señal puesta por Dios por otra más ventajosa para Caín: los límites quizá las murallas o fosos de la nueva ciudad. La ciudad está segregada del orden imperante en la naturaleza bruta (la que exige insaciablemente el pago de todas las deudas adquiridas), pero inaugurará un orden nuevo, y en ese orden la culpa de Caín ya no tendrá sitio.

Se trata de iniciar una nueva cuenta que inaugure un orden paralelo al de la naturaleza, un orden que sea producto de la voluntad humana y no de la condena de Yahvé por la caída, un lugar en el que no quede memoria de la maldición divina y donde ya no se sepa lo que significa la señal de Caín. La ciudad de Enoc es un antecedente de la construcción de la torre de Babel; 46 es un nuevo paraíso, una naturaleza como la aún no caída, solo que artificial y protegida de las inclemencias de la naturaleza silvestre que acecha en el exterior. En un célebre lugar de la Política,Aristóteles afirmó que fuera de la pólis residían solo los dioses y las bestias,47 pero Caín, al ser sustraído a la responsabilidad de la naturaleza la que quita ojo por ojo y no perdona, la que sigue su curso caiga quien caiga había quedado convertido precisamente en una mezcla monstruosa de ser divino y brutal. Y la Enoc de Caín es en cierto modo como la pólis de Aristóteles: un lugar que dota de un orden a todo lo que acontece o se sitúa en él, y que excluye todo lo que no se atiene a esa urbana y política razón. El Caín señalado por Yahvé inventa la ciudad para que su señal pase a ser una simple cicatriz. Los límites de la ciudad preservarán de todo lo exterior, y eso significa que la única ley vigente será la de la ciudad, una ley que a menudo invocará a sus propios dioses o a su propio dios protector, de modo que también los dioses se urbanizarán, igual que las bestias podrán domesticarse. Civilización se llama habitualmente a todo esto.

Vista desde la ciudad ya fundada, desde ese orden artificial paralelo al de la naturaleza pero que se justifica por ser como esta por ser otra naturaleza, la responsabilidad de Caín tiene que parecer la más siniestra de las maldiciones, algo que nadie quisiera padecer y de lo que todos creen haberse librado con el mayor de los alivios. Hay una historia imaginaria de la ciudad que abarca desde la Enoc de Caín a la cosmópolis kantiana, ese proyecto siempre inacabado de una «sociedad civil que administre universalmente el derecho».48 Semejante historia es otra manera de contar la historia imaginaria de la razón, la razón que comienza buscando un refugio de la maldición divina y que anhela quedarse con lo mejor de la naturaleza, con lo ordenado y racional, librándose de sus peligros y de sus excesos, que prosigue creyendo tener a los dioses y a las bestias en su exterior, que avanza ensanchando progresivamente sus límites, derribando sus murallas y urbanizando el exterior, domesticando bestias y secularizando dioses y aspirando, en fin, a no ser simplemente polis ni siquiera reino o imperio y convertirse en cosmópolis, es decir, en coincidencia entre el orden de la ciudad y el orden del mundo, en un estado tal que la verdadera naturaleza del mundo ya no es aquella con la que el mundo nació, sino otra artificial, pero al mismo tiempo más natural que la naturaleza misma, pues la ciudad se funda solo en la ley y ha eliminado todo lo extraño, peligroso, adventicio y sagrado, algo de lo que la naturaleza precivil no podría presumir nunca.

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44. Véase de Giorgio Agamben el ya clásico Homo sacer I: El poder soberano y la nuda vida, traducción de Antonio Gimeno Cuspinera,Valencia, Pre- Textos, 1999.
45. «Una vez expulsado del seno familiar tras el asesinato de Abel», cuenta Félix de Azúa, «el fugitivo Caín y su horda fundaron la primera ciudad. Caín quiso construir con sus propias manos aquel paraíso del que sus padres tanto le habían hablado y restañar así con un gesto de soberbia la herida de una expulsión injusta. La invención de la ciudad cainita es coincidente con la invención de la historia, y esta a su vez con la partición del habla en las muchas lenguas de Babel» (La invención de Caín, Madrid, Alfaguara, 1999, p. 23).
46. A la que el propio Azúa se ha referido en un ensayo posterior: «La torre de los mundos incomprensibles», en Cortocircuitos. Imágenes mudas, Madrid, Abada, 2004, pp. 11-34.Terminado de escribir este libro he leído con aprovechamiento La Hipótesis Babel. 20 formas de desplazar una torre, de Juan Barja y Julián Jiménez Heffernan, con prólogo de Arturo Leyte, Madrid,Abada, 2007, donde comparecen muy fecundamente distintas variaciones del mito babélico.
47. Política, I, 1253 a 25-29: «Es evidente, pues, que la ciudad es por naturaleza y anterior al individuo, porque si el individuo separado no se basta a sí mismo será semejante a las demás partes en relación con el todo, y el que no puede vivir en sociedad, o no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la ciudad, sino una bestia o un dios (ho dè mè dynámenos koinoneîn, è medèn deómenos di’ autárkeian, oudèn méros póleos, hóste è theríon è theós)», según la traducción de Julián Marías y María Araújo,Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1951.Azúa trae a colación este paso de Aristóteles en el texto arriba citado, p. 21.
48. Según lo que se expone en las Ideas para una historia universal en sentido cosmopolita. (Ak., VIII, p. 22; traducción de Concha Roldán y Roberto R.Aramayo, Madrid,Tecnos, 1987, p. 10).Y ya se sabe qué socieda y qué derecho; seguramente, lo que vale de la isla de los verdugos vale también de la Cosmópolis: antes de dar la confederación republicana universal por concluida para marcharse a otro planeta o a alguna estrella, aún quedarían unos cuantos condenados a muerte a los que habría que ejecutar sin demora, según se sostiene en los «Principios metafísicos de la doctrina del Derecho», de La metafísica de las costumbres (Ak.,V, p. 334; traducción de Adela Cortina Orts y Jesús Conill Sancho, Madrid,Tecnos, 1989, p. 169).

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