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La moral como anomalía

Autor: Herder Editorial
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10/10 (1 opinión) |29 alumnos|Fecha publicación: 03/10/2011
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Capítulo 14:

 Episodios de olvido deliberado

Cualquier adulto inteligente sabe que los episodios de olvido deliberado de la verdad son frecuentes en la vida. Probablemente nadie es capaz de reconocer hasta sus últimas consecuencias que muchos de los bienes que se estiman más valiosos son incompatibles entre sí, pero un rasgo muy señalado de la moral deuterofisita moderna es precisamente el de no admitir que dentro de su propia jurisdicción hay genuinos conflictos.

Todas las colisiones tendrán que serlo entre ella y algo exterior, porque dentro de ella el conflicto sólo puede ser aparente: si se muestra como conflicto, eso obedecerá a que todavía no se ha sabido hallar la solución adecuada o a que en realidad una de las dos opciones no es genuinamente moral. Y en este caso, en efecto, no parece que haya que renunciar a ninguna de las dos; cabe confiar en el progreso –que indudablemente tiene que probar la conciliabilidad y quedarse con las dos opciones al mismo tiempo. Se trata, por tanto, de lo que constituye propiamente un caso de autoengaño, aunque el autoengaño goce aquí de la inestimable coartada de un dogma filosófico.

En general es muy difícil encontrar a alguien en condiciones de arrojar la primera piedra contra quien comete pecado de autoengaño. Las creencias, propósitos y deseos de las criaturas humanas están entretejidos de tal suerte que resultaría inverosímil llegar a ser fiel a todos al mismo tiempo. Decimos que somos coherentes cuando conciliamos un puñado relativamente grande de creencias, propósitos y deseos, pero eso significa que hay muchos otros a los que dejamos fuera del dominio sobre el que se aplica la coherencia. A menudo el autoengaño es una eliminación definitiva de la verdad, que logra hacer como si lo que es cierto no lo fuera en absoluto, pero otras veces es un fenómeno intermitente. Cuando un enfermo desahuciado logra hacer como si fuese a vivir todavía mucho tiempo, eso no significa que haya logrado olvidarse de la índole de su enfermedad, sino solo que tiene cuidadosamente divididos los momentos en que se conduce como un enfermo grave por ejemplo, cada vez que se atiene al tratamiento con una severidad y una disciplina que requieren la cabal conciencia de lo que le ocurre y aquellos otros en los que logra actuar como si fuese una persona con halagüeñas esperanzas de futuro. En puridad, no solo en estos últimos momentos hay autoengaño, sino también en los otros. Uno no solo se autoengaña cuando hace como si no supiera lo que sabe, sino también cuando, a pesar de actuar con coherencia, se reserva otros ámbitos o momentos en los que no será coherente, aunque no reconoce que se los está reservando. Este autoengaño tiene que fundarse, para poder prosperar, en una división o partición del tiempo: habrá momentos de lealtad a la verdad y momentos de traición, aunque tanto la lealtad como la traición se practicarán a título provisional y turnante.

Algo semejante a lo anterior ocurre con los dos modos de responsabilidad propios de la moral moderna, aunque aquí no se trate de una verdad dolorosa o incómoda que deba ser reprimida en beneficio de una mentira útil, sino de dos maneras de entender lo que significa ser responsable tales que mientras se es fiel a la una hay que traicionar a la otra y viceversa, pero sin que sea posible determinar desde fuera cuál es la correcta de verdad y cuál la inválida. Así, mientras se presta validez a la responsabilidad incancelable se hace como si la cancelable no existiera y a la inversa, aunque debería saberse que en cada caso se está cumpliendo un riguroso turno y que nunca se podrá seguir hasta el final con el esquema de responsabilidad que se emplea. La forma particular de autoengaño propia de la responsabilidad moral no consiste en simular la verdad o en disimular la falsedad de alguno de los esquemas en litigio, sino en ignorar el hecho de que se los admite de manera solo alternante, y en hacer como si cada uno de los turnos pudiera eternizarse.

Y lo cierto es que el autoengaño resulta plenamente exitoso, pues para nadie que esté echando mano de uno de los dos esquemas resulta tentador, mientras dure su uso, acudir al rival. Cada uno de ellos ignora del todo las pretensiones del otro y, mientras se mantiene su vigencia, esta se presenta como perpetúa. Allí donde está en vigor la noción resarcible y cancelable de la responsabilidad carecería de todo sentido la sugerencia de echar mano de la noción contraria y otro tanto sucedería a la inversa, porque cada uno de los dos contextos se funda en el olvido de la existencia del otro y en la inoportunidad de cualquier reaparición suya. Cada noción es, en efecto, impertinente para la otra, y esto significa que ninguna merece ser tomada en serio cuando la otra está en uso.

Hay muy buenos motivos para este engaño de la moral moderna acerca de sí misma. La moral deuterofisita no es de este mundo, aunque tiene que serlo. No pertenece a él pero está obligada a conquistarlo por entero, aunque de manera exquisitamente incruenta, y no puede ni abandonar dicha obligación porque entonces derivaría en una especie de sabiduría quietista extramundana ni darla por cumplida siquiera fuese parcialmente porque entonces acotaría un trozo de mundo que ya no sería objeto de conquista sino de pacífica e ilegítima administración. La moral debe ser soberana y avasallarlo todo sin más fuerza que su inerme autoridad, pero no puede convalidar ninguna victoria como un cumplimiento de ese deber: esta es su condición imposible y aquí radican su grandeza y su cruz. La moral moderna es una grandiosa ruina obligada a tapar pudorosamente la grieta que la atraviesa; no se concibió para que triunfase, sino para que fracasase una vez tras otra y creyera, sin embargo, que aún la esperan todos los triunfos. Al igual que tantas otras anomalías de la historia del espíritu, tiene un rostro oficial y otro secreto, aunque el secreto, como es lógico, nunca puede mostrarse del todo. La aporía en que está atrapada la moral deuterofisita tiene que disimularse para no sumir en el desamparo a las buenas gentes que confían en ella: para no defraudarlas y no desmoralizarlas.

Capítulo anterior - Razón y moral. Fracaso

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