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La moral como anomalía

Autor: Herder Editorial
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10/10 (1 opinión) |29 alumnos|Fecha publicación: 03/10/2011
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Capítulo 3:

 La responsabilidad moral

La responsabilidad moral está construida de tal suerte que, una vez efectuada la debida reparación, ya no resulta moralmente pertinente la petición de nuevas responsabilidades, como no sea que el reparador, de manera espontánea y graciable, quiera aportar indemnizaciones no pedidas. La responsabilidad moral es un delicado negocio en el que quien la pide no puede actuar como un codicioso buscador de venganza porque entonces ya no estaría legitimado a los ojos de la comunidad y de su demandado. Todo peticionario de responsabilidad tiene la tentación de aumentar al máximo la reparación solicitada y de alegar que esta no se ha satisfecho suficientemente todavía, al igual que todo interpelado propende de manera instintiva a cumplir sólo el mínimo compatible con su prestigio moral. Pero uno y otro saben que el juego al que están jugando tiene reglas públicamente establecidas y que saldrían perdiendo si aspirasen a más de lo que es lícito aspirar. El resultado más verosímil será que la parte demandante tienda a interpretar la cancelación de la responsabilidad como un acto de perdón o indulgencia («podía haber pedido más responsabilidades, pero no quise»), mientras que el resarcidor juzgará por regla general que su pago fue excesivo. Esa convicción atenuará muchas veces el sentimiento de culpa que suele ir unido a la reparación de un daño: uno sería estúpido si siguiera con remordimientos después de haber pagado de sobra.6 En el momento en que coinciden el perdón o indulgencia por parte del peticionario y el sentimiento de liberación de culpa por suficiencia de pago por parte del interpelado, puede declararse que se ha logrado un equilibrio feliz en el que la responsabilidad ya puede cancelarse.

Hay una manera literal de entender estas expresiones que, a pesar de ser la más sencilla, apenas parece tenerse en cuenta. «Sobran razones» quiere decir, desde luego, que las razones no tienen ningún papel que cumplir, como cuando se dice que sobran escrúpulos o sobran miramientos. Y quizá sea cierto que para el seguidor incondicional de una causa las razones, efectivamente, sobran: ¿qué sentido podría tener, en relación con algo que está meridianamente claro, tratar de justificarlo como si fuera confuso y disputable?

Esto es lo que quiere decir casi siempre «sobran razones»: que las razones sobran (y otro tanto ocurre con los motivos). Pero se replicará que hay otra manera más caritativa de entender la expresión. Porque también se dice que las razones sobran cuando se da tal abundancia de argumentos en pro de algo (o en contra suya) que no es necesario tomarlos todos en consideración, pues con tener en cuenta unos pocos ya hay bastante para cerciorarse de la bondad de la causa que corresponda (o de la maldad de la contraria). Pero esta segunda versión quizá no sea menos detestable que la primera. Lo que proclama con insolente orgullo es que a partir de cierto momento ya puede interrumpirse el cómputo de las razones, porque las que puedan venir después no añadirán nada. Nótese que esto sólo puede sostenerlo quien esté convencido de que todas las razones que pudieran encontrarse después de dar carpetazo a su búsqueda tendrían que ser, por la irresistible fuerza de las cosas, meros refuerzos y confirmaciones de los argumentos que se poseían antes de la interrupción, como si la bondad de la causa propia fuera tan incontestable que nunca pudiera encontrarse ninguna razón en contra suya. Hace bien este personaje en darse por satisfecho con las razones que tiene, no vaya a ser que, por seguir buscando, aparezca alguna que le estropee la fiesta.

La responsabilidad moral deuterofisita es, entonces, un arte de saldar deudas un arte en gran medida rutinario y maquinal, pero que exige también delicada conciencia y atenta percepción y un sistema de deudas saldadas y por saldar. Las versiones más radicales de la moral deuterofisita niegan la posibilidad de adquirir certeza sobre el cumplimiento cabal del deber, pero exigen responder escrupulosamente de los incumplimientos mediante un riguroso sistema de retribuciones.

En la idea misma de una retribución, reparación o compensación está comprendido el poder determinar de manera inequívoca cuándo se ha satisfecho el pago de la deuda, qué es exactamente lo que se ha de dar para saldarla y cuándo queda esta cancelada. La máquina de la responsabilidad no puede detenerse, pero porque siempre encuentra nuevos objetos, no porque haya de volver sobre todos los anteriores.

En la mayoría de sus usos, las ideas sobre la actuación responsable se refieren sobre todo a acciones relacionadas con el pedir cuentas y el darlas, y así la mayor parte de lo que suele creerse sobre la responsabilidad es deudora del ideal de un balance que ha de estar en orden, aunque a veces tenga desajustes.

Alguien es responsable de algo cuando, tras imputársele un desarreglo en sus cuentas, debe enmendarlo y puede sufrir cierto quebranto por no hacerlo (o por no estar en condiciones de hacerlo). Sin un régimen contable de este tipo, más riguroso o más laxo, las sociedades humanas serían pavorosamente vulnerables y resultaría imposible cualquier hábito civilizado.

Lo más seguro, pues, es que la responsabilidad sea un asunto de supervivencia, pero las relaciones de la supervivencia con la filosofía han sido desde antiguo materia muy confusa.

Quizá sea preciso creer determinadas cosas para no perecer o para desempeñarse con éxito en la vida, pero no está escrito que el triunfar o el sobrevivir sean valores supremos.

Si la filosofía consistiese en dar razones para justificar creencias que uno habría de tener en cualquier caso con filosofía o sin ella, sería una tarea mucho más sencilla y bastante menos ingrata, aunque quizá no hubiera demasiadas razones para dedicarse con pasión a una actividad así.

Pero la cuestión es mucho más enrevesada que lo visto hasta ahora. El examen de algunas pasiones humanas en las que la responsabilidad desempeña un papel poderoso no siempre milita en favor de la idea que acaba de exponerse. En particular, los casos de la indignación y de la ira son del mayor provecho, porque el distinguir con claridad entre una pasión y otra lleva a desconfiar muy severamente del tercer requisito que figura en el esquema visto y a la larga también del segundo.

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6. «Sobran razones» y «sobran motivos»: es frecuente oír en discusiones privadas y públicas del más vario pelaje este par de expresiones que apenas llaman la atención, aunque no cabe ninguna duda de que merecerían llamarla. Cuando alguien afirma lo uno o lo otro, es mejor no contradecirle, porque las probabilidades de hacerle cambiar de juicio son escasísimas.

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