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La moral como anomalía

Autor: Herder Editorial
Curso:
10/10 (1 opinión) |29 alumnos|Fecha publicación: 03/10/2011
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Capítulo 7:

 Las razones del indignado

3. Las razones del indignado

Cuando alguien se indigna, la indignación ha de estar causada en principio por un acontecimiento o un estado de cosas producido por alguien; tiene que poder referirse a una acción o conjunto de acciones y suponer la intervención de agentes personales. Los estados de cosas irreductibles a toda actuación humana no pueden ser objetos de indignación: uno no se indigna de la lluvia ni de la canícula ni de la picadura de una avispa, salvo que haya agentes humanos a los que responsabilizar, aunque sea por los pelos y forzando los hechos. 36 Sin embargo, lo anterior no es siempre tan sencillo. Puedo indignarme, por ejemplo, de que Delfín Montano, que es un erudito concienzudo y brillante, tenga que ganarse la vida tratando de vender por las casas el Prontuario Garrigós de la Autoestima y la Guía Garrigós de las Nuevas Tecnologías en la Escuela, el Hogar y el Ocio, y puedo hacerlo aun sin tener a quién atribuir la autoría de esa circunstancia. Semejante indignación es tan solo incoativa y titubeante, porque, si además sé que Mamés Loredano ha prescindido de los servicios de Delfín para colocar en la facultad a alguien muy zote que además es yerno suyo, entonces de lo que me indignaré es de que Mamés haya despedido a Montano (o de que Montano haya sido despedido por Mamés) o, si se prefiere, de que Delfín tenga que vender literatura barata a domicilio porque lo ha despedido el doctor Loredano con el pretexto de que su yerno ha pasado una temporada en Princeton y tal circunstancia le confiere méritos especialísimos que deben premiarse. Cuando se tiene un cono cimiento confuso, o no se tiene ninguno, de la causalidad humana que ha llevado a un estado de cosas indignante, la indignación es menesterosa y precaria, y en esto se distingue de la ira y la compasión. Puedo encolerizarme por la triste suerte de Delfín y también compadecerlo sin saber cuál ha sido la causa de sus desgracias académicas y ni a la ira ni a la compasión les faltará propiamente nada para poder recibir adecuadamente el nombre que reciben, pero con la indignación no sucede lo mismo. No podré decir en puridad que esté indignado ni me atribuirá nadie dicha pasión hasta que no tenga conocimiento bastante de lo que le ha pasado a Montano; mientras tanto, estaré en estado de indignación incoativa, sin saber a ciencia cierta si tengo razones para indignarme del todo. Los conatos de indignación lo llevan a uno a emprender pesquisas; a averiguar, por lo pronto, cuál es la causa de aquello de lo que uno está a punto de indignarse y cuál el causante. Una diferencia destacable entre lo que cabe llamar indignación y lo que merece más bien el nombre de ira es, entonces, que la segunda puede darse sin identificación de autor y la primera no. En caso de que todo lo anterior sea correcto, se desprende de ello una conclusión inexorable, si bien incierta: la pasión de la indignación implica atribución de responsabilidad, aunque quizá no aquella en la que se piensa de ordinario.

Alguien podría replicar que no siempre es obligado identificar un causante para que se desencadene la indignación. A menudo uno se indigna de algo y no solo incoativa o conativamente sin poder determinar con precisión cuál es el autor del estado de cosas por el que se ha indignado. Si yo no conozco mucho a Delfín y su suerte no me afecta gran cosa, acaso pueda experimentar, no obstante, cierto tipo de indignación en la que importará poco la referencia singular a esa persona. Diré quizá que me indigna lo asendereada y poco justa que es la vida de los profesores jóvenes, y para esto me bastará con tener ciertas ideas sobre las causas que producen el tipo de estados de cosas que me causan indignación. Esta forma tan elaborada de pasión solo puedo experimentarla, sin embargo, de una manera que podría llamarse analógica y requiere que alguna vez me haya indignado de la manera habitual quizá no a propósito de Delfín Montano, pero sí, pongamos, de Nuño Ponzano y haya sido capaz de identificar causas y causantes singulares; después podré, por analogía con esos casos de indignación, proyectarla a otros donde la causalidad no esté tan bien determinada y también al tipo general de todos estos casos. Pero conviene advertir que nada de lo anterior le sucede a la ira. No solo es posible encolerizarse sin atribuir autoría a la acción causante de esta pasión, sino también por episodios o estados de cosas que no son acciones.

No es raro, en efecto, que alguien se encolerice por circunstancias que escapan a toda autoría humana; a estos casos les viene como anillo al dedo la melancólica tesis de Séneca sobre los usos espurios de la razón a manos de la ira: cuando alguien está lleno de cólera por algo que no tiene autor es bastante fácil que busque alguno y transfigure en acción aquello que no lo es en absoluto.

Aunque seguramente ninguna pasión humana es indiferente a las razones, la indignación resulta sensible a ellas de manera muy señalada. Pertenece, desde luego, a las pasiones inquisitivas y reflexionantes (como la nostalgia o los celos) más que a las autoabastecidas y seguras de sí (como el pánico o la propia ira). Un rasgo muy notable de la indignación son sus tendencias proselitistas, a menudo difíciles de refrenar. Distintamente a la ira, la indignación busca ser compartida y, así, cuando estoy encolerizado, lo más habitual será que me traiga sin cuidado si usted lo está también, pero sin duda no ocurrirá lo mismo cuando esté indignado. Quien se indigna tiende a hacer propaganda de su indignación y el mejor medio para ello es aportar las razones de la pasión que lo aflige. Está persuadido de que dichas razones son inmejorables y esto significa que son suyas de manera puramente accidental. De igual modo podrían ser de cualquier otro, cosa muy distinta de la que le acontece al airado, que bastante tiene con la propia ira para tener que dar razón de ella. Tampoco se quedará satisfecho el poseído por la indignación si su interlocutor le da la razón pero lo hace de manera fría y desapasionada; cuando estoy indignado por algo y expongo a alguien las razones que creo tener, no solo espero que las comparta, sino también que de ellas se siga en quien me oye un estado de ánimo semejante al mío. Si las razones que doy no desencadenan el sentimiento que juzgo proporcionado a ellas, tiendo a creer que no se las ha apreciado debidamente o que no han sido tomadas tan en serio como merecen. Por el contrario, el hallar refrendo de la indignación propia en forma de indignación ajena produce normalmente un íntimo placer, reafirma a uno en sus convicciones más arraigadas y lo aleja de la maldición que sufren el incomprendido y el apestado. En realidad, la indignación como tal y por sí sola, sin necesidad de que sea compartida, no es extraña a cierta especie de autosatisfacción y aun de orgullo, un placer, por cierto, distinto de la expectación de venganza que según Aristóteles proporciona la ira. Es verdad que el indignado preferiría no estarlo y que, de hecho, estima muy desfavorablemente la causa de su indignación, pero, dadas las circunstancias desencadenantes del estado en que se halla (que no son, desde luego, obra suya), prefiere pertenecer a la clase de las personas que se indignan antes que a los indiferentes. La indignación es ambivalente en cuanto al agrado y el desagrado; su componente de disgusto se deja cohonestar con el humano placer de no ser insensible a las buenas razones y con el propósito, sin duda demasiado humano, de estar siempre en posesión de la verdad.

Al igual que ocurre con otras pasiones (como el miedo, los celos o la envidia), la indignación está dotada de inercia y se resiste a desaparecer de manera súbita, mientras que la ira se extingue rápidamente una vez que ha empezado a aplacarse. La busca insatisfecha de refrendo de la indignación propia conduce de ordinario a un aumento de la vehemencia de esta pasión, sobre todo cuando el interlocutor hace oídos sordos a las razones aportadas. Tal cosa no significa, sin embargo, que uno no pueda cancelar su indignación por medio de razones. Otros o uno mismo pueden aportar argumentos contra la pertinencia de estar indignado y entonces predominará seguramente en un primer momento la inercia de la pasión, aunque la calma no tardará en imponerse. Quien está encolerizado podría decir al mismo tiempo y sin contradicción que lo está y que no tiene razones para estarlo, 37 pero semejante inconsistencia no puede permitírsela quien se indigna; reconocer que uno no tiene razones para la indignación equivale a no estar indignado o a predecir que va a dejar de estarlo pronto.

El indignado atribuye siempre a alguien la responsabilidad de la acción por la que se indigna o va buscando un responsable si no lo ha encontrado aún, pero otra diferencia digna de nota entre la indignación y la ira radica en que para la primera la busca del responsable no es compulsiva, mientras que para la segunda sí que lo es. El fracaso en la atribución de autoría muy bien puede llevar a que la indignación comience a extinguirse, cosa que a la ira no le sucederá nunca porque el encolerizado tiene disponibles dos opciones que al indignado le están vedadas: convertir fraudulentamente el episodio en una acción con autor conocido (en esto consiste la sempiterna figura del llamado chivo expiatorio) y renunciar a dar razones de sí misma (además de la ira hipócrita que rinde tributo a la virtud sacándose razones de la manga, está la cínica que no cree que la virtud sea merecedora de semejante tributo ni de ninguno).

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36. Véanse los §§ 3 y 6 del Ensayo 3.º de este libro, pp. 191ss, 215ss.
37. Ni Aristóteles llamaría orgé ni Séneca ira a un sentimiento así, cercano en cierto modo a la «ferocidad». Pero me parece que el enojo intenso que se niega a dar razones es un caso de ira, y el no verlo así depende de un excesivo racionalismo respecto a las pasiones (como le ocurre a Aristóteles) o de la tesis de Séneca de que la ira siempre busca coartada racional.

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