12.179 cursos gratis
8.737.624 alumnos
Facebook Twitter YouTube
Busca cursos gratis:

La moral como anomalía

Autor: Herder Editorial
Curso:
10/10 (1 opinión) |29 alumnos|Fecha publicación: 03/10/2011
Envía un mensaje al autor

Capítulo 8:

 La indignación y la responsabilidad

Pero de entre los lazos que unen a la indignación con la responsabilidad hay uno más que merece señalarse ahora. Algunos fenómenos de declinación de la responsabilidad propia son objetos típicos de indignación y seguramente intervienen de manera destacada en el aprendizaje de este concepto. Aquel a cuya cabeza no acudan ejemplos típicos de conducta indignante pruebe a imaginar lo que ocurre cuando se le pregunta a alguien si no se ha dado cuenta de que ha provocado la ruina de seis familias y de que las ha humillado ferozmente y contesta «Sí, ¿y qué?» o «A mí eso no me atañe» o «No me moleste usted con ese género de consideraciones ociosas». Ciertos casos de cínica desvergüenza son seguramente el mejor vivero de la indignación, porque el aprendizaje de este sentimiento es inseparable  del de la vergüenza: uno se avergonzaría de suscitar indignación en otros y por eso resulta indignante la conducta vergonzosa. Nos indignamos, entonces, de que otros no asuman sus responsabilidades tanto como de que no se indignen cuando están obligados a hacerlo. El esquema más sencillo de la indignación es el que se da cuando alguien se indigna por algo que otro hizo o dejó de hacer (lo que lleva implícito atribuirle responsabilidad), pero admite casos más sofisticados en los que esta pasión tiene por objeto en cierto modo a ella misma o, más precisamente, a su ausencia injustificada. Y, de manera semejante a como alguien se indigna cuando otro defrauda sus expectativas de indignación, así sucede también con los incumplimientos de las expectativas de responsabilidad. Si veo que eres un irresponsable, es bastante probable que me indigne contigo, y eso significa que te haré responsable de tu propia irresponsabilidad. Falta por ver si esa clase de responsabilidad, constitutiva al parecer del sentimiento de la indignación, posee los tres rasgos que antes se enumeraron.

A veces quien se indigna por algo tiene el propósito de actuar para que cese lo que causó la indignación o para causar perjuicio a quien llevó a cabo la acción por la que se indigna.

Cuando me halle indignado por algo y esté en mi mano influir para que eso deje de suceder, la indignación me llevará seguramente a obrar con dicho fin. Además, esta pasión me moverá a veces a sobreestimar las probabilidades que tengo de actuar con éxito para que ya no ocurra aquello que me perturba.

Si mi capacidad de obrar con vistas a ese resultado es pequeña y mi indignación muy grande, tenderé a pensar que tengo más capacidad de la que tengo y, si no poseo ninguna, puede que esté movido a obrar como si tuviera alguna. La indignación parece ser una pasión perturbadora, que «altera el juicio» en el peor de los sentidos en que cabe interpretar las palabras del comienzo del libro II de la Retórica de Aristóteles. 38 Pero y esto quizá interese de paso para entender mejor lo que

Aristóteles dio a entender la perturbación no ha de ocurrir necesariamente causando error a partir de un estado inicial de verdad o certeza; también cabe que suceda al revés, cuando alguien muy indignado obra como si pudiera lograr algo y en realidad puede hacerlo, aunque no hubiese sido capaz de actuar con ese supuesto en estado de calma. La indignación puede ser entonces un procedimiento de obtención de la verdad y de desvelamiento del error porque uno no solo se engaña a sí mismo cuando se imagina más poderoso de lo que es: a menudo sucede al contrario. Quizá el indignado pueda poner algo de su parte para que desaparezca el objeto de la indignación, pero no cabe duda de que uno puede indignarse también cuando eso no es posible o cuando ha dejado de serlo: si me indigno de que Ceridondel pasa hambre, quizá pueda hacer algo para que deje de pasarla pero, si me indigno porque Hipolericio ha muerto de un descuido médico (o de hambre), entonces ya no podré hacer nada por variar las circunstancias que me indignaron, y eso no significa que me sea imposible indignarme.

La indignación puede llevar a reparar el daño, pero también es compatible con el reconocimiento de la impotencia propia y aun de la imposibilidad de torcer el curso de las cosas; las ocasiones en que uno puede intervenir para que cese la causa de la indignación son siempre más infrecuentes de lo que a uno le gustaría. La ira es una pasión vindicativa (como decía Aristóteles de la orgé), pero la indignación no necesita serlo. Ignorarlo significaría un desarreglo grave de las pasiones (que sustituiría siempre la indignación por la ira) y también un trastorno de la facultad de juzgar.Aquel que se lanza compulsivamente a la reparación siempre que se indigna tiene creencias falsas y nada justificadas sobre una enorme cantidad de asuntos, como también las tiene quien cree que nunca puede hacer nada contra las causas de su indignación.

Otra circunstancia que no puede dejar de mencionarse en relación con la responsabilidad es que si cesa el motivo de la indignación aunque haya cesado por la actuación propia, sin embargo la pasión misma puede perdurar. La ira es una pasión efímera y olvidadiza, pero la indignación goza de una memoria envidiable. En esto es como el orgullo: al igual que Dendroceo puede estar orgulloso de su casa mucho tiempo después de haberla comprado (y quizá también de una que tuvo y ya ha vendido), quizá siga indignándose de la suerte que le tocó a Argolíndisa cuando las desgracias de esta sean ya cosa muy pasada. La indignación sufre una inercia muy duradera, que contrasta con la condición momentánea y súbita de la cólera o la ira. Pero, además de ser insensible a los cambios  de circunstancias, la indignación hace poco caso de las reparaciones. Si Nuño Ponzano ha sido inicuamente suspendido en una oposición a canonjías, es posible que Gaspar Altamirano hombre laico y ajeno del todo al cabildo se indigne por ello. Pasado cierto tiempo, el obispo puede anular el concurso y nombrar canónigo a Ponzano, pero eso no impide que Altamirano se siga indignando cada vez que se acuerde del episodio. Aunque se haya dado lo que nadie dudaría en llamar reparación, Altamirano cree que el daño que se le infligió al mencionado clérigo y las tribulaciones que hubo de pasar hasta que se produjo el resarcimiento son en verdad irredimibles, pues quizá Ponzano tardó mucho en saber que le iban a dar la sinecura y desesperaba por completo de alcanzarla, tanto que se le agrió el carácter, se entregó a inopinados desatinos y se ha convertido en un hombre poco tratable; además parece que se afilió en seguida a una organización muy sectaria, de la que no consta que se haya dado de baja.

Para atribuir indignación a otros y a uno mismo es menester, como se ha visto, contar con alguna noción de la responsabilidad.

Ahora bien: la responsabilidad supuesta por la pasión de la indignación no parece atenerse al esquema que antes se ha expuesto. De los tres elementos de dicho esquema (obligación de respuesta y de resarcimiento y cancelación de la una y la otra) tan solo el primero acompaña siempre al tipo de responsabilidad que es necesario para atribuir indignación, mientras que los otros dos son puramente accidentales o constituyen obstáculos. Una cultura en la que se desconociera la responsabilidad no tendría nada a lo que llamar indignación, pero lo que esta pasión exige no es la responsabilidad que más arriba se definió, sino otra alternativa. En el esquema de actuación responsable supuesto por todo aquel que se indigna tan solo se mantiene en pie el primero de los tres elementos de la noción habitual de la responsabilidad moral. Eso no significa, sin embargo, que se trate de un esquema incompleto o defectuoso; en realidad es otro distinto, dotado de consistencia propia.

Para el tipo de responsabilidad con que suele contar el que se indigna, ningún resarcimiento anula la obligación de seguir respondiendo, de modo que, por muchas reparaciones que uno haya efectuado, ninguna cancelará la deuda contraída. La responsabilidad en que piensa el indignado no es insensible a las reparaciones, pero solo les da importancia cuando todavía no se han producido. Si alguien escatima un resarcimiento obligado, la indignación por lo anteriormente acontecido crecerá considerablemente, pero dicho resarcimiento perderá todo interés nada más producirse. La responsabilidad durará tanto como dure la memoria del mal, y esta no se borrará salvo para el cínico y el impío con indemnizaciones ni con desagravios. Semejante clase de responsabilidad merece como mínimo tanta atención como la ordinaria. Está, desde luego, en conflicto con ella, pero ese conflicto y su cuidadoso disimulo es, como se verá, constitutivo de la moral moderna.

------------------------------------------------------------------------------
38. «Pues las pasiones son aquello por lo que, haciendo mudanza, se cambia en lo tocante a lo que uno juzga», Retórica, 1378 a 21.

Capítulo siguiente - La deuda de Caín
Capítulo anterior - Las razones del indignado

Nuestras novedades en tu e-mail

Escribe tu e-mail:



MailxMail tratará tus datos para realizar acciones promocionales (vía email y/o teléfono).
En la política de privacidad conocerás tu derechos y gestionarás la baja.

Cursos similares a La moral como anomalía



  • Vídeo
  • Alumnos
  • Valoración
  • Cursos
1. Ética y moral. La conciencia
Con este breve curso de ética y moral aprenderemos que ética es el... [09/12/10]
544  
2. Ética, moral y filosofía
La palabra “ética” deriva del griego “ethos”, que significa costumbre. La palabra... [26/06/07]
7.779  
3. Pedagogía. La inteligencia moral
La moral es un campo importantísimo en la vida del ser humano y en la... [05/10/09]
1.062  

¿Qué es mailxmail.com?|ISSN: 1699-4914|Ayuda
Publicidad|Condiciones legales de mailxmail