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Capýtulo 8:

 Los sabbats

Eran las reuniones de los miembros relacionados con la brujería. Esta celebración se solía llevar a cabo en el transcurso de un cambio de estación. Las más importantes se celebraban en otoño, como la del 31 de octubre llamada según documentos encontrados, “All Hallows Eve”, o las del 30 de abril, “Printemps party”.

Otras fechas importantes eran la fiesta de invierno, el 2 de febrero; la víspera de San Juan el 23 de junio y la fiesta del verano del 1 de agosto, y el día de Santo Tomás el 21 de diciembre.

Estas reuniones duraban desde la medianoche (hora de brujas) hasta el canto del gallo.

El sabbat era una mezcla de fiesta religiosa -de una sociedad secreta- multitudinaria, carnaval y orgía de borrachos. Comenzaba con un ritual llevado a cabo por un Gran Maestro, durante el cual podía tener lugar la presentación de las brujas jóvenes, o se celebraban bautismos, confirmaciones y bodas. El baile era muy importante en este tipo de celebraciones y según los estudiosos las descripciones de estos bailes pueden llegar a ser una descripción exacta de un tipo de baile moderno. Además en estas reuniones era normal que los asistentes se pintaran la cara y el cuerpo, razón de porqué la Iglesia condenaba los cosméticos.

 

 

La persecución

 

La mayoría de las personas que fueron ejecutadas en esta época tenían estos patrones, al menos en lo referente a que eran viejas, arrugadas y melancólicas; sin embargo, es poco probable que fueran todas brujas, la mayoría eran ancianas cuyo sustento alimenticio se basaba en extraer raíces o hierbas comestibles y sus conciudadanos lo interpretaban de forma equivocada y el fin de tal tarea tenía para ellos el propósito de servir como ingredientes para confeccionar filtros y venenos. Aquellas eran ancianas solitarias que solían adoptar mascotas como animales de compañía y con la edad se volvían hurañas y desconfiadas, cosa que también era mal interpretado viendo a estas pobres ancianas como claras servidoras del diablo.

La mayoría de estas ancianas conocían las propiedades curativas de algunas hierbas, pero si el tratamiento fallaba y como consecuencia el enfermo moría, el pueblo las acusaba de ejercer la brujería, por lo que cualquier anciana solitaria en un pueblo corría el riesgo de convertirse en una “bruja”. Sin embargo, esto no sólo afectaba a las capas más bajas de la población, ya que incluso muchos nobles se veían inmersos en grandes acusaciones, en muchos casos por los de su propia clase social, e incluso afecto a muchas capas del clero.

Las persecuciones que se realizaron por el clero tenían como objetivo inculcar al no creyente en la religión y ritos cristianos, pues estas prácticas ponían en peligro la hegemonía y el poder político,  social, económico, que había adquirido la Iglesia, por lo que se puso en marcha en toda Europa la llamada caza de brujas promovida o “patrocinada“ por el Tribunal de la Santa Inquisición.

Consistía en primer lugar en ser acusado por algún vecino, amigo, familiar, de ejercer la brujería; en segundo lugar, eran encarcelados y tras unos días se procedía a un juicio, en el que altos cargos del clero realizaba un interrogatorio a la supuesta bruja, obligándola a confesar su supuesta relación con el diablo, dictando incluso las respuestas a las preguntas que se le hacía al condenado que llegaba a firmar las acusaciones que se le hacían por las torturas que les eran inflingidas de ahí que los datos que se tienen no son fuentes fidedignas.

La brujería llegó a convertirse en un culto de protesta social ante la explotación a la que estaba sometida la población por parte de los nobles y el clero, y por otro lado representaba una forma de huir de su desgraciada existencia.

Dentro del clero muchos incluso llegaron a especializarse en los temas de satanismo, malos espíritus, apariciones demoníacas en forma de bellas mujeres o “súcubos” que seducían al hombre derivándolo hacia un acto sexual continuo y desenfrenado hasta conducirlos a la muerte.

Estas leyendas se habían entretejido para crear la acepción cristiana del diablo como un dios independiente con derecho propio, el cual había sido expulsado del cielo por su orgulloso empeño en competir con la sublime deidad. De ahí que fuera algo cotidiano que la iglesia romana acusara a cualquier grupo que no estaba de acuerdo con su teología de adorar al diablo, o al menos de haber sido descarriado por el diablo.Desde entonces se comenzó a asociar a las brujas como adoradoras del diablo.

Esta adoración la llevaban a cabo a través de pactos con él que podían ser explícitos o implícitos. El último podía hacerse indirectamente entre una conversa y otra bruja que actuaba en nombre del diablo. Después se suponía que la nueva bruja hacía público reconocimiento de su sumisión a Satanás, por lo general en el sabbat, y firmaba un pacto formal.

 

 

La caza de brujas

 

Durante los siglos XVI y XVII, la Iglesia (o Iglesias, tras la Reforma Protestante), dirigió este proceso que se convertiría en un histerismo colectivo, en Salem (donde se produjeron numerosas ejecuciones, debidas a las acusaciones de unas niñas que buscaban protagonismo), tuvieron que dejarlo porque cada vez se repetían con mayor frecuencia las acusaciones y posteriores condenas haciendo mermar la población considerablemente hasta el punto que de seguir en esa tónica se convertiría en un pueblo fantasma.

La herejía era un pecado castigado con la muerte. La mayoría de las supuestas brujas fueron condenadas por la Inquisición de la Iglesia Católica, porque en su mayor parte vivían bajo jurisdicción católica. Pero los protestantes, que coincidían con los católicos en muy pocas cosas, fueron asimismo ávidos cazadores de brujas.

En los países totalmente católicos (Italia, España e Irlanda) había muy pocos focos donde se dieron procesos por brujería; en España, prácticamente ninguno. Parece que la manía era menos evidente allí donde la disciplina eclesiástica, católica o protestante, era fuerte, autoritaria, y más evidente en las regiones donde las cuestiones religiosas se hallaban en un estado de caos.

Se han propuesto varias teorías sobre por qué la Iglesia se sintió súbitamente tan preocupada por la brujería. Una de ellas considera que la Iglesia no era anteriormente lo bastante fuerte como para adoptar una actitud firme contra los vestigios de las viejas religiones que sobrevivían en la brujería. Otra opinión sostiene que el culto había atraído a tantos seguidores entre las masas que representaba una verdadera amenaza para la Iglesia, lo que obligó a intervenir. Otros estudios sugieren que el propósito de la cruzada contra la brujería fue suprimir una rebelión más bien social y política que puramente religiosa, porque el pueblo llano se había agrupado en torno al culto como medio de oponerse a la opresión del estado y de la nobleza. Durante los siglos inmediatamente precedentes a la persecución de las brujas surgieron numerosas sectas que fueron calificadas por la Iglesia como adoradoras del diablo.

El sadismo, la curiosidad morbosa y las peores cualidades humanas exacerbaron el espíritu de los cazadores de brujas, convirtiéndolos en verdugos despiadados, capaces de las más terribles atrocidades.

En 1484 el Papa Inocencio otorgó una bula por la cual se decretaba la persecución de todo aquel que estuviera bajo sospecha de herejía. Armados con esta bula del Papa Inocencio, los inquisidores Sprenger y Kramer, ambos alemanes, escribieron un manual para cazadores de brujas, al cual incorporaron el edicto pontificio. Este volumen, el “Malleus Maleficarum”, referido a cómo descubrir, examinar, encarcelar, interrogar y torturar a las brujas, con especial hincapié para obtener confesiones. Esta obra siniestra, causa de incontables crímenes y sufrimientos, pronto se convirtió en un auténtico bestseller y desató una epidemia de libros brujeriles, que se editaban por cientos.

Este documento, asimismo, es un claro tratado en contra de la mujer, para los autores la hembra era inferior por naturaleza (falsa, mentirosa y viciosa) e irremediablemente impura, de manera que constituía naturalmente el instrumento más conveniente y dispuesto para el diablo. El estudioso del tema Caro Baroja trata esta perspectiva y dice: “...Esta característica se explica como consecuencia de la mentalidad de las diferentes épocas históricas en la que las mujeres se las ve como más dispuestas a la desviación de la norma por ser más débil o más propensa a este tipo de juegos oscuros, con una explicación basada en la diferente naturaleza del hombre y la mujer. La mujer es la responsable de los hechizos y el hombre el destinatario. Una explicación es que el hombre era el culpable de la caza de brujas y que el sistema político y jurídico estaba en sus manos...”.

Otro inquisidor que siguió las líneas de los dos anteriores fue Bodin, y uno de los primeros en facilitar una definición legal de bruja: “Aquella que conociendo la ley de Dios intenta realizar alguna acción mediante un acuerdo con el diablo”. Incluso varios padres de la ciencia moderna del siglo XVII creían en las brujas y en los malos espíritus que empleaban, y así dieron un crédito científico a la caza de brujas. Francis Bacon, primero en exponer las posibilidades de los métodos de inducción científica, dijo que la brujería se basaba en “una tácita operación de los espíritus malignos”. En contra de estos manuscritos se alzó Reginal Scott, un rico inglés que impresionado ante las masivas ejecuciones que se estaban llevando en el condado de Kent escribió un libro, “The Discovery of Witchcraft” para denunciar este tipo de persecuciones y ejecuciones.

 

 

Métodos de tortura para las brujas

 

La confiscación de los bienes de las brujas condenadas estimuló la caza de brujas y dio lugar a numerosas disputas entre oficiales de la ciudad, el estado y la Iglesia, acerca de cómo debían repetirse los beneficios.

En Francia había una regla general por la que la Iglesia se quedaba con todos los bienes raíces. Además comenzó a surgir un negocio muy lucrativo debido a que muchas personas vivían de él, desde el verdugo y sus ayudantes, pasando por jueces, inculpadores, y hasta taberneros que sacaban partido de las ejecuciones públicas porque se convirtieron en todo un acontecimiento público.

Además comenzó la moda de inculpar a mujeres adineradas y pudientes porque los beneficios eran mucho mayores. Cuando la inculpada no poseía suficiente para pagar los costos del juicio se lo cobraban a sus familiares o vecinos más cercanos.

Una característica muy importante en estos juicios y procesos era que una simple acusación, aunque fuera de un niño pequeño, bastaba para capturar a la supuesta bruja.

Durante el proceso, que eran muy similares, lo primero que se hacía era acobardar a la detenida persuadiéndola de que confesara, para ello se les enseñaban los instrumentos de tortura, por los cuales pasaban más tarde hubieran confesado o no. Después se las desnudaba y afeitaba; era normal pensar que casi todas ellas eran violadas por sus guardianes y verdugos, posteriormente se llevaba a cabo la tortura física donde se empleaban aparatos de muy diversos tipos, siendo los más usados el potro, la rueda e incluso unas tenazas de forma cilíndrica que se introducía en los genitales, dotado de un torno que al girar se abría causando un intenso dolor a la acusada, obvias hemorragias, desgarros e incluso la muerte. También les aplicaban agua o aceite hirviendo o plomo fundido, aunque lo más común era que se emplearan aparatos y técnicas dirigidas a dislocarles los miembros del cuerpo.

Como es lógico pensar, la mayoría de ellas sólo eran capaces de efectuar gestos en estas condiciones por lo que es normal pensar que en las confesiones los inquisidores obtenían las respuestas que ellos querían y que la supuesta bruja siempre confesaba su crimen.

Aunque la iglesia terminó con la brujería, el culto no desapareció, y muchos rituales han perdurado hasta la actualidad como parte del folclor cultural aunque sin connotaciones religiosas.

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