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Capítulo 4:

 Espiritualidad y Mitología de los pueblos antiguos. Sumerios

En griego Mesopotamia quiere decir “país entre ríos”; esto es, entre el Tigres y el Éufrates, que discurren por la depresión existente entre los montes Zagros, en Irán, y la meseta de Arabia. Estos ríos nacen en las montañas Antitauro, en el Asia menor y cerca de su desembocadura en el golfo Pérsico forman un único curso fluvial llamado Shat-al-Arab. La mayor parte del estado de Irak constituye lo que fue la antigua región de Mesopotamia.

         Se suele designar como religiones mesopotámicas las creencias y prácticas religiosas que moldearon la cultura de los antiguos sumerios, acadios y asirios que dominaron la región de Mesopotamia (en el posterior Irak) hasta poco antes  de la era cristiana.

La religiosidad mesopotámica influyó también en las creencias de otros pueblos del cercano oriente, como los elamitas, los hurritas, los hititas, los arameos y los israelitas.

La escritura y la literatura florecieron muy pronto en Mesopotamia y recogieron una gran riqueza de mitos sobre el origen de los dioses, del mundo, de los hombres, de los héroes y de las ciudades. Además de los dioses, se creía también en la existencia de demonios, espíritus malignos causantes de enfermedades y desgracias que había que conjurar mediante la magia.

         En la época de las ciudades independientes, los templos fueron el centro de la vida económica, política y cultural. El gobernante estaba encargado del templo del dios y su mujer del de la diosa local. En los períodos en que las ciudades se unían en un reino, el rey supervisaba todos los templos. Durante largo tiempo los reyes fueron divinizados y eran protegidos ritualmente contra cualquier amenaza o desvirtuamiento de sus poderes. Posteriormente se volvió a la concepción del rey como vicario del dios.

         Los sacerdotes ejercían la magia (con agua, fuego, piedras o plantas) y la adivinación. El culto era concebido como un servicio para procurar comodidad al dios. Éste habitaba una imagen, pero no quedaba encerrado en ella.

Los sacerdotes, como servidores domésticos, cocinaban para el dios, lo vestían, lo bañaban y le cantaban himnos laudatorios para alegrarlo o elegías para apaciguarlo. Periódicamente se celebraban las fiestas marcadas en el calendario, de carácter fundamentalmente agrícola, pero en ocasiones se añadían actos adecuados a las necesidades del momento, como la purificación del rey amenazado por los malos espíritus provocados por un eclipse lunar o la designación de un sustituto que asumiera las posibles amenazas.

         Las sacerdotisas de sangre real eran consideradas como esposas humanas de los dioses y como tales participaban en la conmemoración de las nupcias del dios. Junto a estas sacerdotisas convivían otras, reunidas en comunidades.

No hay constancia cierta de que se practicara la prostitución sagrada, aunque se sabe que las prostitutas estaban amparadas por la diosa Inana (Ishtar).

 

Inanna, la sabia diosa sumeria

 

La diosa sabia es un aspecto que la “Gran Diosa” presenta en muchas culturas. La diosa sabia incluye aspectos de la chamana, de la sanadora; es la sabia que también es la diosa oscura, es decir aquella que representa o llama al encuentro con la sombra.

El encuentro con la diosa oscura pasa por enfermedades, crisis, violencia y abre la posibilidad de reconocer estas experiencias como partes de las mujeres. El descenso y ascenso, la muerte simbólica, el encuentro con la sombra son momentos donde la diosa oscura está presente.

         Si miramos a las diosas en relación al ciclo de vida, se podría decir que la crisis en la mitad de la vida es el momento donde con más frecuencia se produce este encuentro con la diosa oscura, el descenso que lleva a una mayor integración. La diosa sabia es aquella que integra a la sombra.

         El mito de la diosa sumeria Inanna (o Ishtar) es un importante ejemplo de una de estas “diosas sabias”. Si bien su historia se relata ya en tiempos patriarcales, donde en Sumeria existe una diversidad de dioses y diosas, la historia que se relata de ella deja todavía ver muchos elementos de la “gran diosa”.

Los poemas que relatan su historia recorren el ciclo de su vida, hablan de su juventud y llegada a la autonomía, de su proceso de llegar a ser mujer adulta, reina, sacerdotisa, esposa y madre; luego, y como parte del ciclo, se relata el descenso de Inanna. Este mito muestra la importancia del encuentro con la sombra como un momento necesario en el camino hacia la sabiduría. La sabia es aquella que hizo el descenso y volvió.

         El descenso de Inanna fue su respuesta al llamado del “gran abajo”, su viaje hacia y su encuentro con, la reina salvaje, prohibida y terrorífica, Ereshkigal, el otro yo de Inanna.

La diosa sabia, Inanna es también la diosa que integra; su viaje al submundo, su encuentro con su hermana oscura, Ereshkigal, su muerte y su vuelta a la vida transforman sus relaciones. Ella es más completa, más íntegra después de hacer el descenso, donde debe entregar todo lo que hasta este momento la ha constituido como persona.

Llaman la atención los símbolos que usa el mito en el descenso; son símbolos de status, de poder, de apego, de identidad que le son quitados uno por uno, hasta que ella queda desnuda e impotente, para luego encontrarse con su sombra, su lado negado que también es ella. Este encuentro es tan fuerte y desgarrador que parece que es la vida misma lo que debe perder para luego volver y recuperar, de otra manera, sus dones, relaciones, capacidades.

         Esta visión de la sabia cuestiona y desafía nuestros modelos de santidad que son, generalmente, de polaridades excluyentes. Inanna, en cambio, es diferente: ella se transforma y se vuelve más completa después de su descenso donde se enfrenta con, e integra a, su otro lado.

 

 

El mito de Inanna

 

La historia de Inanna, diosa sumeria del cielo y de la tierra, de la fertilidad y del amor, sigue el mito de la diosa arquetípica, pasando por las diferentes etapas de su vida de mujer.

En su juventud la encontramos sentada bajo el Árbol de la Vida; allí explora y adquiere fuerza humana y competencia. Luego aparece como guerrera que realiza el viaje donde el chamán; allí consigue los siete dones para gobernar y se convierte en reina de Uruk. En la próxima etapa se casa con Dumezi, un pastor de ovejas. El poema relata este encuentro erótico y de disfrute de la sexualidad como parte del matrimonio sagrado.

         Luego hay un momento de cambio. Según el mito Inanna “abre sus oídos al Gran Abajo”. Decide bajar al submundo donde vive su hermana Ereshkigal para asistir al funeral de Gugalanna (el marido de Ereshkigal). En preparación de su viaje, Inanna junta los siete poderes, transformados en una corona, joyas y un vestido para que le sirvan de protección. En el caso de que no volviera del submundo, Inanna instruye a Ninshubur, su acompañante y sirvienta, sobre la manera en que puede ayudarla a volver.

         Al descender al submundo, Inanna tiene que pasar por siete puertas; en cada una, Inanna es obligada a entregar algún objeto que simboliza sus roles y atributos de reina, sacerdotisa y mujer. Su poder real, su oficio sacerdotal, sus poderes sexuales, no tienen valor en el submundo. Tiene que entrar desnuda y agachada al encuentro con su hermana Ereshkigal.

         Ereshkigal es la reina del submundo, un reino seco y oscuro que le fue dado por los dioses. En el submundo se alimenta de barro y agua sucia. No tiene compasión con los demás; vive su sexualidad de manera compulsiva, insaciable y sin relación o descendencia. De muchas maneras, Ereshkigal es el otro lado, el lado descuidado de Inanna. Por eso, cuando escucha de la aparición de la adorada diosa del amor en sus puertas, se enfurece, porque la luz, la gloria y el movimiento constante de Inanna, han sido logrados en cierta manera a expensas de ella. Ereshkigal ordena desvestir a la resplandeciente diosa de todo para que pueda experimentar lo que significa ser rechazada e incapaz de cualquier movimiento o relación. Según el mito, Ereshkigal mira a su hermana desnuda y la mata con su mirada, Inanna queda clavada en una estaca.

         Cuando no regresa después de tres días, Ninshubur busca ayuda de los dioses para rescatarla. Enki, su abuelo materno y dios de la sabiduría tiene compasión y crea dos seres, los “kurgarra” y “galatur”, seres instintivos y asexuados, que acompañan a Ereshkigal en su lamento. Al mismo tiempo que Ereshkigal está llorando, Inanna se está muriendo. Ereshkigal quería la muerte de Inanna, pero casi no la puede soportar porque Inanna es un lado de ella misma. Cuando Ereshkigal llora, los “kugurra” y “galatur”, la acompañan en su duelo. Ella está tan conmovida que les ofrece a cambio los dones de la fertilidad y del crecimiento. Pero ellos sólo piden el cadáver de Inanna que les es concedido. Le tiran agua y comida e Inanna recobra la vida.

         Una vez renacida, Inanna quiere salir, pero debe encontrar a alguien que la reemplace en el submundo. Mientras su sirvienta y sus dos hijos habían llorado su pérdida, Dumuzi, su marido, no se había percatado de su ausencia y se había apropiado del trono. Inanna lo mira de la misma manera como había sido mirada por Ereshkigal y lo manda al submundo. La hermana de Dumuzi pide poder compartir con su hermano la vida en el submundo; Inanna acepta que Dumuzi pase la mitad del año en el submundo y la otra mitad con ella.

 

La creación del hombre

 

Según el mito de la creación del azadón, el hombre surgió, igual que la hierba, del agujero abierto por el azadón de Enlil. Según el mito de Enki y Ninmaj, el hombre habría sido engendrado por Enki del limo de las aguas profundas y fue dado a luz por Namu.

El mito acadio de Atrajasis atribuye a Enki  la muerte de un dios rebelde, cuya sangre mezclada con barro por Nintur fue gestada en el seno de catorce diosas que dieron a luz siete parejas humanas.

         Para los antiguos mesopotámicos, la naturaleza humana era a la vez terrenal y divina; el espíritu del hombre sobrevivía a la muerte y habitaba como una sombra triste, sin distinción de culpables o no culpables, en el reino de los muertos.

El destino del hombre era servir a los dioses y a sus templos, para que éstos quedaran liberados de todo trabajo material. De este modo, el hombre no era considerado como un fin en sí mismo, sino como un medio para la vida de la divinidad.

 

 

Bibliografía:

Ø “Mesopotamia y el antiguo oriente medio”, Vol. I y II, Ediciones Folio, 1993, España

Ø Revista Latinoamericana “Conspirando”, Andros, 2001, Chile

Ø “El poder espiritual de la mujer”, Diane Stein, Editorial Llewellyn Español, USA

Ø “Mitos, raíces universales”, Silo, Editorial Planeta, 1991, Argentina

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