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Capýtulo 3:

 Espiritualidad y Mitología de los pueblos antiguos. Romanos

…Están golpeando la puerta de una lujosa casa. Adentro, en el patio central (o atrio), junto a la alberca de agua de lluvia, el padre de la casa conversa con un visitante. La caja fuerte familiar está en el piso de mosaico. Al otro lado, una escalera conduce a los dormitorios en el segundo piso, en los que hay un baño y un comedor y en el que están sentados dos miembros de la familia. En la parte trasera de la casa de piedra caliza está el jardín (o peristilo), con sus fuentes, un reloj de sol, flores, arbustos y pinturas murales y, por supuesto, imágenes de dioses a los cuales adorar…

 

Espiritualidad en el hogar

 

Los romanos adinerados vivían en la mayor de las elegancias. Los pórticos y terrazas de sus espaciosas mansiones lucían arbustos de flores y un verde follaje de las enredaderas. En el interior, los esclavos hacían el quehacer de la casa, recorriendo el panorama de frescas columnas de mármol y pisos de brillantes mosaicos. Los muebles eran de bronce, marfil y maderas finas; de las ventanas pendían cortinas de costosas telas; por lo demás, los vívidos colores de los frescos alegraban los muros.

         Los más pudientes tenían dos mansiones; una, en la ciudad y otra en el campo. Ambas con los mismos lujos. Los invitados entraban por un vestíbulo cuyas puertas dobles daban al atrio o sala. Esta era la estancia principal de la familia: la luz que entraba por una abertura en el techo se reflejaba en el agua de un estanque central. En el atrio también se erguía el altar a los dioses de la casa. Estos eran los “penates”, considerados por los romanos como los que protegían a la casa de los espíritus malignos. Toda la familia les rendía culto diariamente.

Junto al atrio estaban la cocina, el comedor, el estudio, los dormitorios y otras estancias. En la parte trasera de la casa había un peristilo o jardín con columnas, bordeado por setos y arbustos florales.

         Todas las familias romanas honraban a los lares familiares, protectores de la casa y sus campos, a los que no hay que confundir con los “penates”, protectores de las provisiones. Se representaba a los lares como jóvenes vestidos con túnica corta. En una mano llevaban una vasija en forma de cuerno y en la otra, una copa o un cesto. Con frecuencia aparece también junto a ellos el “genios” del jefe de la familia, en forma de serpiente.

         Los artesanos del mosaico, trabajando con martillo y cincel, cortaban trozos de mármol y arenisca para hacer cubos de colores (o téseras). Estas eran montadas sobre cemento para crear imágenes mitológicas, retratos de animales, escenas deportivas y muchas otras que adornaban los pisos y muros romanos.

         Los romanos eran hábiles jardineros y gustaban especialmente de las rosas.

Los acaudalados bebían vino de rosas y se espolvoreaban el cuerpo con pétalos secos de esta flor. Los sibaritas (de Sibaris, en el sur de Italia) eran tan afectos a los lujos que dormían en colchones rellenos de pétalos de rosa; de ahí la expresión “como un lecho de rosas”. Los ciudadanos pobres cuidaban de pequeños maceteros,  mientras que las grandes mansiones suburbanas tenían terrazas con vista a prados y paseos bordeados por laureles, cipreses y plátanos.

         Casi todos los hombres se levantaban al amanecer y sólo desayunaban un vaso de agua. Iban directamente al barbero, donde se les afeitaba con navajas de hierro y agua. La primera afeitada de un joven era todo un rito religioso: el vello era puesto en una ampolleta de vidrio que se ofrecía a los dioses, agradeciéndoles que el muchacho se hiciera hombre.

Los hombres romanos usaban el pelo corto, peinado con sencillez, pero existían cabellos rizados artificialmente, teñidos y perfumados. Esta ostentación, apenas tolerable en los jóvenes, se consideraba ridícula en los hombres maduros.

 

El amor y sus rituales

 

Las muñecas de trapo eran los juguetes favoritos de las niñas que asistían a sus propias escuelas, aunque su educación era de un nivel básico y concluía a los 12 ó 13 años, con la pubertad. Entonces aprendían a ser amas de casa. Los niños de familias pudientes pasaban por la escuela secundaria: como en cualquiera otra sociedad antigua, la mayoría del pueblo era analfabeta y sin educación.

A los 16 años cuando los muchachos privilegiados egresaban de la escuela, pasaban por una ceremonia que marcaba su madurez, celebrada en un foro donde, frente a familiares y amigos, el mozo cambiaba la toga con bordes morados de la niñez (o toga praetexta), por la toga blanca (o toga viriles), que vestían los adultos.

         La hombría era tenida en alta estima en la antigua Roma: el padre tenía completa autoridad sobre la esposa e hijos, al menos en teoría, pues las mujeres eran mucho más que propiedades, ya que ejercían gran influencia en sus hogares y también sobre los maridos.

         Se celebraba el amor. Las costumbres del día de San Valentín se remontan aun festival de febrero de la Roma pagana, en que los niños sacaban de una urna el nombre de la niña que amaban.

         El matrimonio era una importante institución y frecuentemente era concertado por los padres. Las bodas estaban cargadas de simbolismos: la novia llevaba el vestido de boda tradicional y se peinaba en un estilo antiguo con un velo de vívido color anaranjado.

La ceremonia se llevaba a cabo en la casa de la novia o en un altar. Se sacrificaban cerdos, la pareja intercambiaba votos y sellaba la unión dándose la mano. Luego de la ceremonia, la novia era llevada en una procesión hasta el umbral de su  nuevo hogar, donde untaba aceite y colocaba guirnaldas de lana. Luego era cargada por el novio, en un acto de secuestro ritual. La ceremonia marcaba la transición de la joven virgen a esposa y posteriormente el lecho nupcial era conservado en el atrio o sala central del hogar de los recién casados. Al casarse, la joven no tenía más de 14 ó 15 años y a veces menos.

 

Amuletos y curas sobrenaturales

 

Los amuletos y las curas sobrenaturales desempeñaban un importante papel en la medicina romana. Los cirujanos utilizaban una gran cantidad de instrumentos de precisión, como escalpelos, catéteres y sierras de dientes finos (para amputaciones), pero como no existían verdaderos anestésicos, las operaciones debieron ser sangrientas y aterradoras pesadillas de dolor.

 

Dioses

 

Los romanos rendían culto a dioses muy similares a los griegos. Su dios de los cielos, el barbado Júpiter, se asemejaba al Zeus griego. Su Venus, diosa del amor, era parecida a Afrodita; Marte, dios de la guerra, era el Ares griego.

Se dedicaban los templos a los dioses tradicionales y muchos romanos influidos por las misteriosas religiones extranjeras que llegaron con la expansión imperial.

Algunos adoraban a los dioses egipcios con cabezas de halcón y de chacal; otros, especialmente soldados, rendían culto a Mitra, matador de toros y dios persa de la luz; otros, adoraban a Cibeles, la diosa madre asiática, cuyos fieles se castraban en sus frenéticas devociones.

En su momento, también Jesucristo se hizo famoso. Sus seguidores fueron en un principio los esclavos y las familias humildes. Los cristianos fueron perseguidos principalmente por su negativa a reconocer a cualquier otro dios que no fuese el suyo.

         Los romanos tenían ritos tradicionales apara el gran misterio de la muerte. Los pobres eran enterrados en una fosa común, sin ninguna ceremonia, pero los ciudadanos más ricos pasaban por un elegante luto. El ungido cuerpo del jefe de familia yacía en un diván fúnebre en su atrio iluminado con lámparas, donde los dolientes le rendían respeto.

 

Júpiter, banquetes y rosas

 

Batallones de esclavos atendían a los comensales: les quitaban los zapatos al entrar y les calzaban sandalias; los ventilaban con abanicos de plumas de pavorreal para ahuyentar los mosquitos; les lavaban las manos con agua perfumada y servían deslumbrantes y aromáticos platillos en la mesa central. Se acostumbraba que los esclavos más bellos vertieran vino y cortaran la carne, mientras que los huéspedes se reclinaban, a veces tres en un diván, posando el brazo izquierdo sobre una almohada. Con tales comodidades, es sorprendente que los comensales debieran llevar sus propias servilletas… El banquete tenía lugar en el “triclinium” (salón donde comían), iluminado con velas y comenzaba luego de invocar a Júpiter y a los dioses domésticos. Los chismes eran una de las principales atracciones y abundaban tanto como el vino. Se acostumbraba poner una rosa en el techo conmemorando que Cupido regaló una flor a Harpócrates, dios del silencio, como soborno para que revelara las indiscreciones de Venus. Poner una rosa en el techo significaba que no debía repetirse lo que se decía. Por eso la expresión en latín “sub rosa” se refiere a lo que se dice confidencialmente.

 

Gladiadores

 

Los espectáculos del Coliseo se iniciaban con un desfile de gladiadores vestidos con túnicas púrpuras y doradas. Al azar, se formaban parejas de luchadores que combatían hasta morir ante el enardecido público. Un funcionario, vestido con la sombría figura de Caronte, barquero del inframundo, remataba a los gladiadores heridos de muerte aplastándoles el cráneo con una maza. Si la herida no era grave, se pedía clemencia al emperador que miraba desde su palco y escuchaba las peticiones del público; indicaba con una señal del pulgar si el gladiador vivía o moría. Más crueles que los duelos entre gladiadores eran las ejecuciones masivas de criminales y los espectáculos con bestias salvajes.

 

Vida después de la muerte

 

Los romanos compartían con los griegos la creencia de que las almas eran llevadas al Hades por la laguna Estigia, por lo que ponían en la boca del difunto una moneda para pagar al barquero. Se ofrecía una cena fúnebre y se contrataban plañideras para la procesión fúnebre (o “pompa”), precedida por músicos y en la que los esclavos cargaban el féretro hasta el lugar del entierro o cremación. También se cargaban retratos de los antepasados de la familia, para que su espíritu estuviese presente. Pero, no todo era solemnidad. Los romanos eran muy “realistas” y las procesiones a veces llevaban bufones que contaban chistes acerca del difunto, recordando a los dolientes que incluso los notables eran humanos.

 

***

 

Los romanos fueron muy religiosos y creyentes en la existencia de numerosos dioses. Ambas características arraigaron en los orígenes de la religión romana. Para los itálicos, pueblos que se instalaron en la Italia central a partir del año 1000 a.C y de los cuales los romanos eran una rama más, la divinidad estaba presente en cualquier objeto, en cualquier acción: en la fuente que manaba, en el recién nacido que lloraba, en el gozne que permitía el movimiento de la puerta… Dicho poder indefinido recibía el nombre genérico de “numen” y todo cuanto le concernía era “sacer” (“tabú” más que “sagrado”).

Lo que importaba era vivir en paz con ese “numen” bienhechor o maléfico, que se individualizaba en afinidad de divinidades particulares (“numina”, plural de “numen”), es lo que los romanos llamarían más tarde la “pax deorum” (“la paz de los dioses” o “con los dioses”).

         En la vida diaria distinguían entre días “fastos”, que los dioses dejaban libres para las actividades humanas y días “nefastos”, reservados a los dioses y a las grandes ceremonias públicas (109 días al año). Creían que los dioses manifestaban sus designios a través de portentos, tales como la caída del rayo o el nacimiento de animales monstruosos; e, incluso, que era posible conocerlos a través de la observación de ciertos fenómenos, como el vuelo de las aves, por ejemplo.

         Cada familia romana rendía culto a diario a las múltiples divinidades que velaban por ella. El Estado se encargaba de las grandes ceremonias que aseguraban la prosperidad y a victoria de la comunidad.

 

Ofrendas cotidianas

 

Los primeros dioses fueron los que protegían a la familia y el propio padre de familia era su sacerdote. Las nobles honraban al antepasado que las fundó. La familia de Julio César, por ejemplo, remontaba su origen a los amores de Venus y de Anquises, padre de Eneas. Con mayor sencillez, la permanencia de la familia se expresó en el fuego perennemente vivo en el hogar doméstico. Allí se hacían las ofrendas cotidianas y junto al hogar una hornacina o alacena guardaba las estatuas o pinturas de los lares y de los penates, habitualmente acompañados de la representación del “genios”, la parte divina del jefe de la familia. Eran ofrendas sencillas: porciones de alimentos, frutas, unas gotas de aceite y de vino.

         La vida sólo era posible a condición de mantener en paz a los muertos. Por lo menos está claro que, para ellos, las almas de los muertos existían, puesto que todos los rituales trataban de apaciguarlas y reintegrarlas a su universo propio. De ordinario bastaban las ofrendas a los espíritus o “manas”. Pero para poner en fuga a los muertos más recalcitrantes o más aterradores, había que acudir a los largos rituales de los “Lemuria”.

Seis días y tres noches duraban los ritos para protegerse, durante todo el año venidero, de las almas de los muertos en general (los lares) y de los espectros de los difuntos muertos trágicamente (lemures) en particular.

         Los gestos y las fórmulas que había que enunciar estaban prescritos minuciosamente porque la eficacia de la oración y de la ofrenda exigía una exactitud perfecta.

Más que en el interior de los templos, los cultos públicos tenían lugar al aire libre, en altares de piedra y debían desarrollarse con el mismo cuidado. El ciudadano o magistrado que ofrecían el sacrificio estaban asistidos por un sacerdote y seguían sus instrucciones al pie de la letra.

 

 

Panteón romano

 

La organización de los dioses en una sociedad, con filiaciones, matrimonios y adulterios, no es propia de la mentalidad romana. Hasta la asimilación de las prácticas religiosas de etruscos y griegos, los romanos honraron a los “numina”, que carecían de representación concreta y tenían sólo un nombre alusivo a su función: Saturno, dios de la agricultura; Fauno, de la ganadería; Flora, diosa de las flores; Liber Pater, de la vid; Pomona, diosa de los frutos; Vesta, diosa del hogar; Vulcano, dios del fuego, etc. Pero pronto destacaron tres divinidades que suplantaron a la antigua tríada: Júpiter, Juno y Minerva.

 

 

Júpiter, Juno y Minerva

 

Júpiter es el señor del universo (como el Zeus griego). Su mensajera es el águila y se manifiesta con el rayo. Se le califica de “Optimus” (dios de la abundancia) y “Maximus” (el mayor). Protege al Estado, conduce las legiones a la victoria. Es honrado con unos grandes juegos, llamados “juegos romanos”. Juno es una diosa de la madre-tierra, a la que se identifica con la Hera de Argos. Esposa de Júpiter, comparte con él la soberanía y es honrada con el título de “Regina” (reina). Cada mujer la venera como su protectora. Minerva es la diosa de la actividad intelectual y técnica; fue identificada primero con una actividad etrusca y después con Atenea. Es también diosa de la guerra y de la medicina.

 

 

Dioses romanos versus dioses griegos

 

El panteón griego y el panteón romano parecen a primera vista idénticos. La única diferencia sería el nombre latino o griego, dado a cada divinidad. Pero los romanos de la antigüedad pagana no veían las cosas del mismo modo y las equivalencias o asimilaciones que damos  son una mera aproximación. Apolo, un dios griego importado, fue visto en Roma durante largo tiempo como divinidad de la Medicina, mucho más que del sol.

Al identificarse con el Ares helénico, Marte mantuvo su propio y antiquísimo carácter de dios guerrero; pero durante siglos los romanos lo veneraron también como divinidad agraria.

Baco no es romano, su nombre es sólo la romanización de un grito que se coreaba en las fiestas de Dioniso. En este caso, la divinidad griega suplantó por completo al antiguo dios itálico Liber Pater y tampoco podemos hablar de fusión.

Lo que los romanos copiaron literalmente de los griegos fueron las representaciones de los dioses, cuando los antiguos “numina” adquirieron caracteres antropomórficos.

He aquí algunas equivalencias de dioses romanos versus dioses griegos como se las aprecia universalmente, lo que no quiere decir que sea lo realmente exacto:

 

Dios

Romano

Dios

Helénico

Función Universal Deica
ApoloFebo ApoloDios médico, dios solar, dios de las artes
BacoDionisoDios del vino y la vegetación
CeresDémeterDiosa de la tierra y de los cereales
DianaArtemisaDivinidad agraria, señora de la caza
JunoHeraProtectora de la mujer y de la maternidad
JúpiterZeusDios del cielo, señor del universo
MarteAresDios guerrero que fue inicialmente un dios agrario
MercurioHermesDios del comercio y de la elocuencia
MinervaAteneaDiosa de la inteligencia
NeptunoPoseidónDios del mar
VenusAfroditaDiosa del amor y de la belleza
VestaHestiaDiosa del hogar

 

Influencia de religiones orientales

 

La penetración de las religiones orientales en la Roma antigua fue obra de simples particulares, mercaderes, esclavos o soldados, cuyas actividades los pusieron en contacto con los cultos exóticos. El Estado no puso ningún impedimento, a condición de que se respetara el orden público.

El éxito de estas religiones en la época imperial se debió a su capacidad para dar respuesta a las inquietudes íntimas de los fieles, indiferentes al culto oficial.

         Oriundo de Siria, Baal fue identificado con Júpiter. Presentes ya en Roma desde el 204 a.C. los cultos de Cibeles, la gran diosa de Capadocia y de su compañero Atis, cobraron gran auge y se popularizaron gracias a sus fiestas violentas y a las danzas extáticas de los fieles.

Favorecidos por los emperadores Calígula y Domiciano, los misterios de Isis atraen por su promesa de una resurrección, conseguida a través de la pureza y la renuncia. Pero ninguno igualó en difusión al culto de Mitra, el dios de Irán, que rescataba a sus fieles, tras una larga iniciación, mediante la sangre del toro degollado.

Dios redentor y juez supremo del mundo, dios victorioso, atrajo durante tres siglos la veneración de sus fieles, hombres exclusivamente y en particular la de los soldados, tanto en la capital como en el “limes” (el muro que protege las fronteras), donde estaban acantonadas las legiones. Mitra tenía es espacio consagrado, un “mithraeum”, lugar subterráneo, cuya bóveda evoca el cielo estrellado. Al fondo había un altar con al imagen del dios en actitud de sacrificar al toro, animal con cuya sangre regeneradora se bautizaba a la persona que se instruía en el catolicismo para transformarlo en fiel.

         Con el paso de los siglos, Mitra tenía su carácter de dios redentor que rescata al hombre amenazado por la muerte. Este culto iniciático suscitó el fervor de los miles de fieles y supuso un peligro real para el naciente cristianismo.

 

 

Rómulo y Remo

 

La historia mítica relaciona la fundación de Roma con el gran mito troyano. Numitor, rey de Alba, descendiente de Eneas, el héroe de la guerra de Troya, es destronado por su hermano Amulio. A su hija Rea Silvia la consagran a la diosa del fuego, Vesta, lo que implica el celibato. Pero el dios Marte se une a ella y de esa unión nacen dos gemelos: Rómulo y Remo.

Para librarse de tan intempestivos descendientes, Amulio ordena que sean introducidos en un cesto y abandonados a las aguas del Tíber. El río sale de su cauce y deposita la barquilla al pie del Palatino, donde una loba amamanta milagrosamente a los recién nacidos. Luego, el pastor Fáustulo los recoge y los lleva a su mujer, Aca Carencia, apodada “Lupa” (loba), quien se encarga de criarlos.

         Al cumplir los 18 años, los gemelos conocen su origen. Dan muerte a Amulio, reinstauran a su abuelo Numitor en el trono de Alba. Decidieron fundar una ciudad y se dispusieron a estudiar cuidadosamente el vuelo de las aves y en la zona del cielo que la varita del augur había destinado a Rómulo aparecieron doce buitres, pero en la de Remo sólo pudieron ver seis.

El augur nombró a Rómulo legítimo fundador de la nueva ciudad. Seguidamente éste, usando un arado uncido a una vaca y a un toro blancos, hizo un surco que marcaría los límites de la muralla de la nueva ciudad. Remo saltó sobre el surco en son de burla porque sentía celos y deseaba destruir la confianza de su hermano. Entonces se desató una violenta pelea. Remo fue el primero en tratar de asesinar a Rómulo y éste en defensa propia y dominado por el frenesí de su padre, el dios de la guerra, mató a su hermano. Rómulo continuó a solas con la fundación de su ciudad, la cual fue llamada Roma en su honor.

 

Bibliografía:

“Introducción a la mitología”, lewis Spence, M.E.Editores, 1997, Madrid, España.

“Quién es quién en la mitología”, Alexander S. Murria, Edimat Libros, 2000, Madrid, España

“Hábitos y costumbres del pasado”, Reader’s Digest, 1996, Bogotá, Colombia.

“Larousse temático Universal”

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