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Capítulo 2:

 Espiritualidad y Mitología de los pueblos antiguos. Pueblos originarios de la Patagonia

Entre los pueblos originarios de la Patagonia existieron los cazadores terrestres en las áreas esteparias orientales y los canoeros marítimos, habitantes del medio boscoso y húmedo de los archipiélagos occidentales.

         Los cazadores terrestres ocuparon la estepa patagónica meridional y las áreas norte central y sur oriental de la isla de Tierra del Fuego. La etnia Tehuelche meridional, fue denominada por su propia gente Aónikenk, asentada en la pampa continental, aproximadamente entre el río Santa Cruz en Argentina y el Estrecho de Magallanes; y los Onas o Selk’nam, en Tierra del Fuego. Por su parte, los grupos canoeros nómadas, eran pescadores, mariscadores y cazadores marinos. Estas poblaciones evolucionaron hasta conformar la etnia Alacalufe o Kawéskhar, habitante de los archipiélagos, fiordos y canales situados entre el golfo de Penas y la península de Brecknock y la etnia Yámana o Yagán situada preferentemente en las costas del canal Beagle e islas australes, hasta el cabo de Hornos.

Tanto cazadores terrestres como canoeros marítimos se vieron afectados a partir de la segunda mitad del siglo XIX, por una rápida extinción, causada por la acción directa o indirecta de la colonización que los desplazó de sus tierras y posibilitó la introducción de enfermedades contagiosas y desconocidas en tierras americanas.

 

Kawéshkar

 

         Para el etnólogo Martín Gusinde “la forma religiosa registra la típica creencia en un dios supremo (…) Este ser superior se llama ‘Xolas’. En lo que concierne a su personalidad, se lo considera como un puro espíritu, según la expresión de los indígenas, es ‘como un alma después de la muerte’ y tampoco antes ha poseído cuerpo.

Junto a este Xolas no existe ningún otro espíritu similar; su poder está por sobre todos los hombres y, por lo tanto, es esencialmente diferente del alma humana, la cual después de la muerte toma definitivamente su residencia junto a él.

         Este dios existía antes que nada y los hombres le deben su existencia, en ello se basa la relación de dependencia de todos respecto a él. No obstante, también dio vida a todo el mundo visible, todas las plantas y animales (…). Como los primeros animales fueron creados machos y hembras por él, las distintas especies se conservan hasta nuestros días.

(…) Según la opinión de los halakwulup, el ser humano está compuesto de dos elementos esenciales: el cuerpo y el alma. A esta última se la considera como el verdadero principio vital del hombre, pues todo adulto observa y sabe que la muerte consiste en la separación del alma del cuerpo. Aunque los animales poseen su vida propia, nuestros indígenas nos les atribuyen un alma auténtica similar a la del hombre; tampoco tienen una explicación en particular sobre el principio de vida animal.

         El alma humana se llama ‘yispi’ y su esencia, según su modo de existencia es ‘algo como el aire’, con lo cual se aclaran sus propiedades. Con esto se quiere decir: esta entidad independiente que permanece ligada como una unidad con el cuerpo durante toda la existencia terrenal, no se puede concebir directamente en forma material. Sin causar molestias penetra en todo el cuerpo y da vida a todas las partes o a los miembros. Una vez separada del cuerpo por la muerte ya no hay fronteras espaciales para el alma, se va hacia las estrellas, directamente a la morada de Xolas.

         (…) En el momento en que el desarrollo embrionario ha llegado a su punto final y el niño abandona el vientre materno, Xolas se preocupa de él, otorgándole plena atención. Al instante le envía desde su morada sobre las estrellas el alma individual, especial, llamada yispi. Esta penetra inmediatamente en el cuerpo del pequeño que se separa de la madre. Este último bajo la influencia del alma que penetra, comienza a temblar y a agitarse, hasta que lo domina paulatina y completamente…”

 

 

Yaganes

 

         Los yaganes creían en un dios al que llamaban  Watahuinewua o Hitapuán, que era el origen de todas las cosas y que perdurará para siempre, cuando todo haya terminado.

También admitían la existencia de un espíritu maligno llamado Curpsi, de quien procedía el viento, la lluvia y la nieve.

Para ellos todos los animales y plantas y los elementos como el agua y el viento y los astros como el sol y la luna, tenían un espíritu que los hacía actuar y que dominaba su existencia. En las charlas familiares alrededor de la fogata, cuando el sol se escondía, los padres contaban a sus hijos los mitos acerca del origen de las cosas.

         Mientras el hombre existía en la tierra hasta que la divinidad llama nuevamente, que es el momento de su muerte, en su corazón adolorido el yagán designaba a esta divinidad como aquel gran asesino que está allá arriba, ya que se encontraba impotente para impedir sus ataques y detenerlo.

Los yaganes carecen de la idea del otro mundo como lugar determinado, sino que afirman que las almas se van más allá del mar.

         Tenían también algunas ceremonias como el Chieshaus y el Kina. En la primera ceremonia mencionada participaban todos los adolescentes del grupo yámana. Se pintaban el cuerpo de color blanco y a su alrededor rayas transversales de unos tres centímetros de color rojo, que partían de las manos. El vigilante escoge a algunos auxiliares que lo representan momentáneamente y le ayudan a atrapar al candidato que se escape, al cual amarran con largas correas de cuero y lo llevan prisionero a “la gran cabaña”. También les corresponde a estos auxiliares conducir al candidato al trabajo y vigilarlo. Por esto resulta tan provechoso el largo silencio con que entregan todo en “la gran cabaña”, ya que el silencio les da a todos una gran satisfacción, que es el poder de concentrarse en sí mismos.

         También estaba la ceremonia llamada Kina, la cual era secreta y reservada sólo a los hombres, ya que en ella se transmitía, de generación en generación, ciertos conocimientos que no debían ser escuchados por las mujeres.

 

 

Aónikenk

 

         Para el historiador Mateo Martinic “el corpus mitológico aónikenk, comprendía aspectos referidos al origen del universo y a su interpretación del mundo, como también al ordenamiento de la vida social conforme a sus creencias y a su comprensión del entorno natural.

         Respecto de lo primero, los indígenas reconocían a ‘Kooch’, genéricamente el cielo (…), como el ser inicial todopoderoso y omnisciente (…), creador de Sol-hombre y la Luna-mujer y de los elementos y fenómenos atmosféricos que conformaban su entorno celestial (…).

         El Sol y la Luna disputaban desde un principio acerca del derecho a regir el día y así pasaban persiguiéndose por el firmamento para encontrarse en el horizonte, tras las montañas. Unidos en matrimonio, de ellos surgió ‘Karro’, la estrella matutina (…).

         También desde el inicio de los tiempos y como parte del proceso cósmico existían otras criaturas que los indígenas entendían que poseían directamente una apariencia humana, o bien que se trataba de animales que se comportaban como los humanos, unos benéficos y otros dañinos.

Había, además, algunos espíritus malévolos, hijos de la Noche, estos eran ‘Azshem’, ‘Máip’ y ‘Kélenken’ (…).

         Completaban el panteón indígena otros engendros, algunos de los cuales eran causa de desorden, circunstancia que en tiempo muy lejano hubo de molestar al pacífico pueblo de los animales que compartía la morada insular de Kooch.

Uno de estos sucesos se había debido al rapto y violación de una nube-mujer por el maléfico ‘Noshtex’, causando tormentas de lluvia perjudiciales. Ante el ultraje, Kooch, a manera de reparación, decidió que si la nube-mujer tenía un hijo, el mismo sería dotado de poderes suficientes como para completar su propia obra creadora del mundo (…).

         Transcurrió la gestación en medio de zozobras mortales provocadas por Noshtex, que en su ánimo parricida rajó el vientre de la nube-mujer con el propósito de extraer al hijo y devorarlo (…).

El criminal progenitor no consiguió consumar su nefasta acción porque la abuela del infante logró salvarlo y ocultarlo en las profundidades de la isla oceánica (…). Un cisne fue encargado del traslado, llevando a ‘Elal’ a través del océano para depositarlo en la tierra firme, en la cima del monte Chaltén (Fitz Roy).

En esta migración mítica, fueron tras el niño sus amigos animales y también el malvado Noshtex y otros seres maléficos con los que aquél como joven valiente habría de enfrentarse hasta vencerlos.

         Alimentado y protegido por los pajarillos, Elal creció fuerte y sano y alcanzó la plenitud de su existencia, tras pasar distintas pruebas y cumplir variadas hazañas heroicas que incluyeron las luchas con Noshtex, con el guanaco, el avestruz macho y el cóndor y también con el Sol y la Luna. En esa época conoció a la hermosa Karro, la hija del sol y la luna, de cuya unión amorosa nacieron los aónikenk…”

 

 

Selk’nam

 

         Para el historiador Sergio Lausic los selk’nam “temen todo lo que es creado y que represente grandeza y que les cuesta comprender. Tienen una gran admiración por su propio contorno y al mismo tiempo no hacen ningún tipo de bromas con ello y así nunca se refieren mal a su propia naturaleza aunque ésta le presente dificultades.

         (…) Algunos agüeros también comunes entre los selk’nam u onas tienen similitud con los de la tradición europea. Así cuando en la noche se escucha el graznido de la lechuza y es repetido insistentemente los selk’nam creen que presagia desgracia y les entra un gran temor, ya que este grito puede acarrear peleas, muertes o pestes. También el paso del murciélago cerca del hombre, que el selk’nam cree que anuncia una enfermedad próxima y le da una gran tristeza. También con el grito continuo del carancho, quien anuncia la presencia de nieve.

         Entonces el selk’nam lo interrumpe con gritos como quien dice ‘carancho comilón’. Esta situación se debe justamente a que esta ave se come los restos de la caza del ona, guanaco o de las aves e, incluso, si se descuida, le quita las presas.

         Cuando la bandurria que está en los árboles grita con insistencia está indicando la presencia de la lluvia.

         En relación a los eclipses de luna o de sol, estos fenómenos los llaman poderosamente la atención y lanzando flechas al aire les gritan que no se escondan, ni tengan temor.

         Los selk’nam sueñan con espíritus, cacerías, amores, peleas y otras situaciones de la vida real, pero no dándole importancia o influencia…”.

Bibliografía:

Ø “Al encuentro de lo yagán en Finis Térrea”, Ilustre Municipalidad de Navarino”, FONDART 1999

Ø “Los aónikenl”, Mateo Martinic, Ediciones UMAG, 1995, Punta Arenas, Chile

Ø “Los Fueguinos”, Martín Gusinde, Editorial Andajur

Ø “Rostros, mitos y leyendas”, Sergio Lausic.

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