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Capýtulo 6:

 Brujas. Mitos y Verdades

La imagen popular de una bruja montada sobre una escoba está basada en una realidad histórica. En la antigüedad las personas promovían la fertilidad yendo a los campos con palos de escobas y horcas. Solían danzar alrededor de los cultivos, saltando muy alto para estimular un buen desarrollo de las cosechas. A este típico acto de magia de la religión antigua posteriormente se le conoció como “brujería”.

El término inglés “witch” (brujo, bruja) deriva de la palabra anglosajona “wicca”, que significa “el sabio”. Al comienzo esta palabra fue usada solamente para referenciar sacerdotes de la religión antigua, quienes también eran doctores, granjeros, abogados y cazadores. Después, wicca se convirtió en el nombre dado a todos los creyentes y practicantes de la brujería y a la brujería misma. Por su parte, la palabra bruja en latín, “strix”, significa “ave nocturna”.

Podríamos decir que este es un tema que ha tenido mucha relevancia a lo largo de la historia, siempre relacionado con lo mágico y lo ritualista y, en definitiva, con la religión, lo sobrenatural y las creencias populares, traspasadas a través de la cultura en un típico proceso de socialización.

La magia, en una forma u otra, fue nuestro primer intento por controlar nuestro entorno. Desde tiempos prehistóricos, los seres humanos le atribuyeron arbitrariamente cualidades mágicas a los objetos y eventos más importantes para ellos en su vida diaria. También llegaron a la conclusión de que un ser humano tenía una esencia dual, es decir, que tenía un cuerpo físico y un ser espiritual o alma.

La creencia en el alma se vuelve un concepto universal, ya que ésta se concebía como una fuerza vital, cuya presencia animaba el cuerpo y cuya ausencia lo inmovilizaba. Mirándolo en ese contexto, nuestra naturaleza espiritual o alma es la chispa de la vida.

De acuerdo con el antropólogo del siglo XIX Edward Burnett Taylor, la atribución de cualidades espirituales a las plantas y a otros objetos de la naturaleza dio origen a lo que llamamos adoración  a la naturaleza. Esta fue la base del totemismo, de la deificación de animales y plantas y del uso de amuletos y talismanes. A partir de estas creencias se derivó el politeísmo de los pueblos primitivos y su adoración a los espíritus de la naturaleza.

Para tener la naturaleza bajo control, o por lo menos al alcance del entendimiento, se siguió el camino de las prácticas de rituales mágicos y sacrificios.

La creencia en fuerzas desconocidas que estaban más allá del mundo físico fue una respuesta a lo que Max Weber llamó  “el poder del significado”. Y no era que no se pudieran encontrar explicaciones naturales a la creación del mundo que los rodeaba y a su propia existencia; era simplemente que las explicaciones religiosas y mágicas se tornaban emocionalmente más satisfactorias.

Pues bien, esto nos lleva indefectiblemente a la derivación y existencia de la creencia en fuerzas sobrenaturales malignas como ideas compartida por todos los pueblos.

En las antiguas culturas el mal suele tener como escenario la noche, sus ministros son los hechiceros y cuenta también con sus divinidades.

Los griegos la veían en Hécate la reina de la noche y la diosa oscura de la hechicería; atribuían a sus siervas costumbres aterradoras, que incluían el asesinato, el canibalismo y la sexualidad pervertida, similares a las que tendrían las brujas medievales. En las filas de sus seguidoras podemos contar a la Medea de Jasón, a la Circe homérica y a las famosas brujas de Tesalia, de las que hablaron Aristófanes y Apuleyo.

Los romanos la vieron en Diana, la diosa de los bosques y de los animales. Personificaba también los aspectos negativos de las fuerzas lunares y se creía que guiaba a las amazonas nocturnas en su cabalgata celeste. Dos siglos antes de Cristo, las bacanales de Roma fueron suprimidas y cientos de sus seguidores ejecutados, debido a que degeneraron en orgías desenfrenadas, en las que nada, incluido el asesinato, se consideraba inmoral. En cambio, aunque en todo el mundo romano eran conocidas las “stringes”, capaces de salir volando y de convertirse en animales tras aplicarse ungüentos, no se conoce que se hubiera producido ninguna condena por este motivo.

Los pueblos germánicos centroeuropeos, creyeron en brujas nocturnas, llamadas “streghe” en las “Leyes Sálicas”, que se reunían en torno a un caldero; volaban, succionaban la vitalidad de los niños, agotaban la virilidad de los hombres y devoraban sus entrañas. Una de sus diosas fue Holde.

Cuando la Iglesia alcanzó el poder, condenó toda creencia pagana que no fuese capaz de asimilar, convirtiendo a antiguos dioses en demonios y atribuyendo a sus seguidores y a ciertos herejes, como los “bogomilos”  de Europa, todo género de iniquidades.

Estas eran prácticamente las mismas de las que habían acusado los griegos alejandrinos a los judíos y los romanos a los primeros cristianos: la celebración de reuniones en las que se apagaban las luces y todos se entregaban a una promiscuidad indiscriminada, matando a los niños de tales uniones, devorándolos y bebiendo su sangre.

Aunque la presencia de creencias en seres superiores es latente desde tiempos remotos, la brujería en especial, supuso todo un acontecimiento histórico en Europa durante la Edad Media, debido a la superstición y a la hegemonía que quería establecer la religión sobre todos sus ciudadanos, realizando persecuciones y condenas a la hoguera a los herejes y servidoras del diablo, actos secundados por el Tribunal de la Santa Inquisición, lo que supuso no sólo una brutal persecución, sino que tuvo además consecuencias sociales a la par que agresiones contra la integridad y libertad de las personas que se veían en muchos casos acusadas de ejercer la magia y la brujería, por sus conciudadanos, en muchas ocasiones por envidias. Conviene aquí aclarar la diferencia antropológica entre brujería y hechicería, aunque en la práctica raras veces ambas aparezcan aisladas la una de la otra.


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