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Mitología. Ciencia y espiritualidad (1/2)

Autor: Sandra C Rogel B
Curso:
|486 alumnos|Fecha publicaciýn: 19/01/2011
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Capýtulo 11:

 Sombra y ánima en Xalpen  y otras deidades

Son muchos los factores que hay que tener en cuenta para intentar realizar la lectura de un mito Como soporte, podríamos mencionar los aspectos históricos, sociales, culturales, el entorno; pero, principalmente, la forma mental con la que abordaban y organizaban el mundo en el que se encontraban los habitantes originarios. Así podríamos decodificar un relato mitológico perteneciente a un grupo humano y, posteriormente, ampliarlo a otras comunidades cercanas y después lejanas.

Con esta perspectiva elemental nos contactamos con su rica imaginería espiritual-religiosa que será reproducida y validada a través del rito; de lo contrario, estaremos frente a elaboraciones intelectuales escritas en textos de estudio, referencia o mero registro gráfico, como suele suceder la mayoría de las veces, porque es la  alternativa más viable en estos tiempos.

El mito es el territorio de lo sagrado y eminentemente simbólico. Lo sagrado en atención a su alta conexión con otras dimensiones que no son físicas, ni materiales y lo simbólico en el carácter representativo, mimético de algo que es espiritual, pero que se traduce a una forma para que los receptores podamos entender.

Así, en este breve estudio haremos mención a ambos aspectos, poniendo especial atención a la sincronía que emana el símbolo y, por lo tanto, el arquetipo; tomando como ejemplo a la selk’nam[1] Xalpen, a la sumeria Ereshkigal, a la maya Ix chel, a la hebrea Lilith, la greco-romana Lamia y a las africanas Lamias.

Antes, es imprescindible entender algunos conceptos y para esto la voz del psicoanalista suizo Carl Gustav Jung (1875-1961) es importante. Así lo han expresado muchos especialistas, por lo que nos hemos acoplado y basado principalmente en sus estudios, dada la coincidencia de visión de mundo.

Entendemos que el significado y la esencia del arquetipo tienen una ineludible dificultad, ya que éstos son tomados en cuenta en distintos caminos obteniéndose la impresión de que son inagotables y que no entregan el final del secreto. De este modo, Jung suele comparar los arquetipos con los instintos, porque estos implican situaciones típicas que todos los individuos de una especie humana tienen que enfrentar en un momento determinado. También son situaciones arquetípicas el pasaje de la niñez a la pubertad, de la juventud a la madurez, de la vida a la muerte, una enfermedad, una crisis, el enfrentamiento del “ánima” o de la “sombra” [Abraham Haber: “Jung y el principio de sincronicidad. Arquetipos y símbolos”, Ed. Rueda, Buenos Aires, 2005].


[1]José Luis Oyarzún (Fundación MuseoVivo): “Estos aborígenes se llaman a sí mismos ‘selknam’ para diferenciarse de sus vecinos de menor talla y de los blancos. Ellos mismos consideraban este nombre como propio, por lo tanto, no hay palabras de significado común que puedan derivar de este nombre ni tiene una traducción de tipo literal. Fueron llamados también ‘onas’, por Thomas Bridges, lo que corresponde a la traducción del idioma yámana de la denominación ‘indios de a pie’ o del vocablo ‘aona-yamana’ que significa ‘gente del norte’.”

La Diosa Oscura, una desconocida

Un ejemplo que graficará claramente el tema del arquetipo es visualizar a los héroes míticos que matan bestias y rescatan princesas o se apoderan de un tesoro. Si nos detenemos en esto, estamos observando características que son universales y asumidas por los héroes de todos los tiempos. En la actualidad los mitos heroicos pueden ofrecer algunas variantes en sus imágenes, pero no en su sentido.

En el arquetipo femenino clásico mitológico se ve, en repetidas veces, a las mujeres como creadoras de vida, siendo la tierra misma, la hija pródiga, le hermana guerrera, la madre omnisciente; y, en un otro plano, (escondido en las profundidades del sótano) como la representante de la muerte o la tumba, o como la erótica, la glotona insaciable; en fin.

En ambos casos son experiencias numinosas; pero, en el segundo caso, se convierte en nosotros en un golpe afectivo, porque esta impostura consciente choca con el inconsciente colectivo. Esta hecatombe del inconsciente arrastra la milenaria imagen de la experiencia de la mujer dadora, la mayoría de las veces. Es precisamente sobre este segundo caso (el de la polaridad femenina oscura arquetípica) de la cual nos estamos refiriendo al conocer los mitos en los que están desarrollados Xalpen, la selk’nam; Ix chel, la maya; Ereshkigal, la sumeria; Lilith, la hebrea; Lamia, la greco-romana; Lamias, las africanas.

Xalpen

Los selk'nam (uno de los pueblos originarios de la Patagonia Chilena-Argentina), veían como “bueno” a las alturas del cielo (de hecho sus personajes tienen comportamientos benevolentes) y “malo” a las profundidades de la tierra, relacionado con personajes femeninos como Xalpen, quien corresponde a un tipo de espíritu femenino ctónico[1] que expresa actitudes y cualidades sociales reprochables para la moral selk’nam; como: la infidelidad, crueldad, libido extremo, agresividad. Así,  dilucidamos que las fuerzas masculinas asociadas al Sol estaban en oposición a las fuerzas femeninas asociadas a la Luna.

Xalpen era un ser espiritual femenino con poder abrumador, sobre hombres y mujeres. Vivía bajo la tierra junto a Shoort, un espíritu que representa al Sol; controlador del poder femenino nocturno de Luna que es capaz de instalar el matriarcado.

A Xalpen se la representaba bajo la forma de una efigie no antropomorfa; unos cueros gigantes de líneas anchas transversales de color blanco sobre un fondo rojo oscuro, que abarcaban unos 6 metros de largo colocados en el suelo de la choza. Su figura se transformaba en un cilindro que evocaba una ballena, según la descripción del misionero etnólogo  Martín Gusinde[2][“Los indios de Tierra del Fuego”, Tomo II, Vol. II, Buenos Aires, 1990].

 “Se trata de un ser extremadamente peligroso, irritable, caprichosamente imprevisible, que con gran placer causa a los hombres[3] las molestias más diversas. Los alterna para satisfacer con ellos sus deseos sexuales, sin tener en cuenta que bajo la tierra, están permanentemente a su disposición los iniciados del Kloketen[4]. En el término de un brevísimo lapso y como resultado de estas uniones, da a luz a un hijo llamado Keternen[5], por lo que se la considera una mujer de gran fuerza procreativa. Se hace visible dos o tres veces como máximo durante la ceremonia, bajo la forma de una ballena que se desliza un muy corto trecho por el suelo. A causa de sus arbitrariedades es odiada por las mujeres, sin embargo, éstas deben esforzarse para calmarla por consideraciones hacia sus esposos e hijos” [Gusinde 1990].

El antropólogo social francés Claude Lévi-Strauss[6] habla sobre este tipo de suceso como eficacia simbólica; también podríamos verlo como eficacia mágica. Pero aquí entraríamos en la esfera de la magia imitativa u homeopática, según la denominación del antropólogo británico sir James Frazer,[7] en la que no nos detendremos.

Nos enfocaremos en que a Xalpen se la veía como un ente atroz que permitía personificar y controlar a una terrible divinidad femenina, análoga a la Luna. Parecía que estos dos personajes sobrenaturales son la imagen y su reflejo invertido de un solo símbolo, el de una hembra-monstruo, que amenaza con aniquilarlos a todos. Los atributos complementarios de ambas, logran dotar al símbolo siniestro femenino de más fuerza y mayor credibilidad. Probablemente los rituales dedicados a Xalpen y Luna tenían la creencia de que un peligro inminente, de aniquilación, por lo que se debía unir la sociedad en su propia defensa [Julia Lauzon: “El poder mítico de la mujer en la historia aborigen de los selk’nam de Chile austral”, Santiago, 2005]


[1]Perteneciente al mundo subterráneo. Culto a los dioses de las profundidades, principalmente en los ritos órficos, que por extensión se adjudicó luego a los muertos y en particular al purgatorio, desde un enfoque más actual teológico,

[2]Martín Gusinde fue un sacerdote y antropólogo  nacido en Alemania (1886) y muerto en Viena (1969). Vivió con los fueguinos.

[3]Los hombres se sentían presionados no sólo por tener que cazar para saciar su glotonería y no ser devorados, sino también por el estrés de pensar de que Xalpen fuera capaz de masacrar a sus mujeres.

[4]Como parte de la ceremonia los Klóketen son deseados por Xalpen quien con su larga y filosa uña destripa a los que tuvieran relaciones con ella. Con los dolores del parto, arroja un arco en señal que anticipa la muerte. Su hijo Keternen será llevado con ella a ultratumba.

[5]El hecho de la existencia de Keternen evidencia la ambivalencia de Xalpen como polaridad femenina; en su frialdad, por un lado, por su creación, del otro lado; lo que valida su postura al querer controlar las fuerzas lunares femeninas.

[6]Lévi-Strauss (1908), uno de los principales exponentes del estructuralismo.

[7]Frazer (1854-1941). Analizó la evolución histórica del pensamiento humano mediante el estudio comparativo del folclor, la mitología y las religiones

Ereshkigal

Ereshkigal, hermana de la diosa sumeria del cielo y de la tierra Inanna, vivía en el “Gran Abajo”, un submundo donde reinaba la sequedad y la oscuridad, otorgado por los dioses. En este lugar esta diosa se alimentaba abundantemente de inmundicias, viviendo su sexualidad compulsiva e insaciablemente [Diane Wolkenstein y Samuel Kramer: “Inanna: Queen of Heaven and Earth”, Rider, London, 1994]

Ix  chel

La principal diosa maya tenía características relacionadas directamente con la función que los mayas  le adjudicaban a la Luna.

Según el mito cuando la Luna estaba tejiendo atrajo al Sol que se convirtió en su esposo; ellos fueron los primeros en tener relaciones sexuales, después de que se formaran los órganos sexuales de ella. La Luna tenía conducta licenciosa y engañó al Sol con Venus y después se fugó con el rey buitre. Esta Luna también tiene una fuerte asociación con el agua subterránea, así como fuentes y lagos y también con la oscuridad, con la tierra y con el crecimiento [Yolotl González: “Mitología y religión de Mesoámerica”, Larousse, México D.F., 1995].

Lilith

Fue el profeta Isaías quien la manifestó como mujer demonizada, convirtiéndola en el arquetipo del oprobio femenino al ser la primera en resistirse a ser solamente un útero procreador.

El profeta decía que ella habitaba entre las zarzas, ortigas y cardos, siendo también la morada de los chacales. Residencia en ruinas húmedas y lúgubres compartidas con sátiros, perros y gatos salvajes; incubador de serpientes y paradero de buitres. Todo el ambiente constituye los horrores que Yahvé suele acumular cuando se enfada. Así es el ambiente que la Biblia imagina como natural residencia de “la mujer de Adán”, por haber actuado contra lo previsto en los designios celestiales.

Era la demonia de la tempestad en el panteón babilónico y llamada “Lajil”, que significa noche, por los cananeos. Lilith aparece en la tradición heterodoxa bíblica como la enemiga de Eva, a quien su marido abandona por ella tras el nacimiento de Abel y previo al de Caín, engendrado supuestamente por el demonio Samael, antes del regreso de Adán, lo que justificaría la actitud asesina en contra de su virtuoso hermano.

Los intérpretes de la ley talmúdica sugieren que Lilith fue la primera mujer de Adán, a la que éste repudió porque no se sometía al arquetipo de la mujer dadora y sumisa, razón por la cual Dios no tuvo más remedio que recurrir a la costilla adánica para crear alguien más idóneo: Eva. Y como erotismo y maternidad no son muy conciliables que digamos, Adán -que es el prototipo de macho-  regresó a Lilith para gozar de su incomparable cuerpo, dispuesto siempre a la lujuria, relegando a Eva a las funciones oficiales dadoras familiares. Esto explicaría por qué Lilith acabó siendo la reina de los súcubos[1], la obsesión nocturna de las pesadillas eróticas de los hombres, la demonia por excelencia (Alberto Couste: ”De los nombres del diablo”,  Ed. Océano, 2001, Barcelona, España).

Este arquetipo de la “hetera”[2] es la idea que los textos sagrados nos legaron de la mujer y de su supuesta fascinación natural por el desenfreno y el “pecado”, sólo corregible bajo el sometimiento y el rigor. Por ello fueron privadas de la honra las vestales órficas, las sacerdotisas de Dioniso y las bacantes romanas y quemadas las brujas de las aldeas y los bosques.

Robert Graves[3] y Raphael Patai[4] escribieron “Los mitos hebreos”. En este libro encontramos el origen detallado de Lilith.  La mitología dice que Dios creó al hombre y la mujer a su semejanza en el sexto día. Adán dio nombres a todos los seres vivientes, contando cada uno de los con sus respectivas parejas. Él sintió celos y Dios creó  a Lilita para él, utilizando suciedad de la tierra. Adán se unió a ella y a otra demonia llamada Naamá. Las generaciones que engendraron juntos se presentaron ante el tribunal de Salón disfrazadas como rameras de Jerusalén.

Como amantes Adán y Lilith tuvieron problemas, ya que él quería mantener la postura física sobre ella. Ella se consideraba igual a él, por lo que rechazó la arbitrariedad masculina, pronunciando el nombre mágico de Dios, elevándose y abandonándolo.

Dios envió a tres ángeles para que la persuadieran de regresar, pero ella se negó, porque estaba en el Mar Rojo, lugar donde habitaban demonios con los cuales procreaba diariamente y abundantemente; estos seres eran aún más lascivos y se llamaban “lilim”. Por lo demás, originariamente, se le había designado hacerse cargo de los recién nacidos hasta el octavo día de vida; también de las niñas hasta el vigésimo día y de la circuncisión varonil. Ella negoció con los ángeles que si alguna vez un niño portaba un amuleto con sus nombres, no los dañaría. Dios la castigó con la muerte diaria de sus propios hijos. Si ella no podía matar a un niño que llevase el amuleto descrito, se volvería en contra de los propios.

Según la antropóloga Migene González-Wippler en su libro “Angelorum”, la tradición cabalística la posesiona finalmente con Samael, en su identidad infernal. Se dice que es la entidad demoníaca que rige los viernes y se representa como una mujer desnuda, cuyo cuerpo termina en serpiente.


[1]Demonia de apariencia femenina que seduce a los hombres y tiene relaciones sexuales con ellos.

[2]Fue el nombre dado a un tipo de mujer dentro de la sociedad griega. Significa “cortesana” o “musa”. Dentro de la cultura griega las heteras eran mujeres cultas, educadas y libres. Inspiraban a los poetas, los pintores, los músicos de la época (ver Revista “Conspirando” Nº 36, Stgo. De Chile, 2001).

[3]Robert Graves (1895-1985) fue un novelista, poeta y crítico literario británico. Recreó en sus obras la antigüedad clásica y los grandes mitos occidentales.

[4]Raphael Patai (1910-1996) fue un húngaro judío, etnógrafo y antropólogo.

Lamia

Según los estudios del escritor argentino Alberto Couste, Lamia fue víctima de la venganza de Hera, quien, celosa de sus amores con Zeus, mató  a todos los hijos que ella había concebido con el dios. Por esto, Lamia y sus pares dañaron a los niños y a sus padres, vampirizando a los pequeños y seduciendo hasta la demencia a los mayores, en represalia por sus hijos perdidos y por despecho hacia la deidad que la gozó el  lecho, pero no fue capaz de defenderla más tarde de la cólera celeste.

“Empusa” era el nombre que tenía en los romanos, la característica central con la que su “sombra” ha llegado hasta nosotros. Es la enemiga típica del género masculino, al que hace responsable del mal trato y de la discriminación que en general padecen las mujeres.

Fue conocedora como la devoradora de hombres, ya que su historia mítica la acusa literalmente de comérselos, luego de encandilarlos con una belleza que nunca otorga lo que promete y de atraerlos para consumar sus propósitos a lugares desiertos. La simbología ha querido ver en esta singular demonia el arquetipo del terror ancestral de los varones ante el misterio de lo femenino.

Por otra parte, Jerónimo del siglo IV identificó a Lilith con la griega Lamia, una reina Libia abandonada por Zeus que, junto a él, concibió a la Sibila. Ella era de gran hermosura y vivía en una cueva. Su carácter era feroz y por eso fue convertida en una gran bestia [Jean-Francois Noël[1]: “Mitología Universal”, Tomo II, Edicomunicación, Barcelona, 1991]


[1]Lexicógrafo francés (1755-1841).

Lamias

Espectros africanos que tenían el rostro y el pecho de mujer y cuerpo de serpiente o dragón. Se ocultaban en las matas cerca de los caminos. No hablaban, pero su silbido era tremendamente seductor, atraía a los hombres y se los devoraba. Probablemente estos seres tengan relación con la Lamia grecolatina [Noël 1991]

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