12.170 cursos gratis
8.776.024 alumnos
Facebook Twitter YouTube
Busca cursos gratis:

Mitología. Ciencia y espiritualidad (1/2)

Autor: Sandra C Rogel B
Curso:
|486 alumnos|Fecha publicación: 19/01/2011
Envía un mensaje al autor

Capítulo 13:

 Mitos y símbolos de la tradición hebrea

Parejas bíblicas: ¿Historias paralelas?

En toda interpretación del origen y configuración del universo (cosmogonía) que merezca esa denominación, hay una serie de variables entrecruzadas, producto de las generaciones, que han ido sumándose y a menudo contradiciéndose en el intento de desvelar la más oscura y enigmática interrogante al que se haya enfrentado la conciencia humana: los orígenes de la creación y los enigmas que conlleva esa esencial pregunta sobre la naturaleza de la vida y la muerte, la aparente arbitrariedad de los destinos, la posible existencia de otros mundos, etc.

Es así que observamos en las distintas culturas una interesante gama de posibilidades que intentan explicar estas preguntas mediante mitos y símbolos. El “Génesis” -palabra griega que significa “origen”-;   es una de estas posibilidades.

En los primeros capítulos del Génesis ya observamos la existencia de una serie de relatos ordenados, de hondo contenido simbólico, que llevan la huella del tiempo y de la cultura en que fueron escritos. Por eso, al leer estos textos, es imprescindible distinguir entre “la verdad revelada por Dios” y su expresión literario-mitológica, que refleja el fondo cultural común a todos los pueblos del Antiguo Oriente.

Sucede que el libro del Génesis no pretende explicar científicamente el origen del universo ni la aparición del hombre sobre la tierra, sino que con las expresiones literarias y simbólicas, esos textos nos invitan a reconocer a Dios como el Creador, según la espiritualidad hebrea.

La Creación, Adán y Eva

En el mito de la Creación se observa la aparición del hombre en el “sexto día”, situado como cumbre de todo el desarrollo, posterior a la creación de la vida animal (reptiles y mamíferos) en la tierra. Con respecto al hombre, lo que el mito pone de relieve es la posibilidad de nuestra especie de evolucionar más allá del desarrollo mamífero. Esto se indica mediante la idea de que el hombre es creado en último término y a imagen y semejanza del propio “Elohim”. Este nombre hebreo es un término “neutro” y “plural”, a diferencia del término “Dios”, que es “masculino” y “singular”, lo cual nos pone en alerta sobre la interpretación corriente que habitualmente se hace de este mito.

También se muestra la “superioridad humana” en el hecho de que todo lo demás que ha sido creado se pone al servicio del hombre, que pasa a “dominar” a todos los otros seres por mandato de Elohim.

El término “hombre” corresponde a la palabra hebrea “adám”, que tiene un significado genérico y designa a toda especie humana. El texto hebreo utiliza dos expresiones semejantes “adám” y “adamá” que significan respectivamente “hombre” y “suelo”, para poner de relieve la estrecha relación que existe entre el hombre y el medio donde habita.

El nombre “Eva”, en hebreo, tiene cierta semejanza con el verbo que significa “vivir”.  Fue Adán quien le asignó este nombre a la mujer, por ser ella la madre de todos los vivientes.

No olvidemos que el “nombre”, en la mentalidad antigua, no era una simple designación exterior, sino que determinaba de alguna manera la naturaleza íntima del ser o la persona que lo llevaba. Un cambio de nombre implica, por eso mismo, un cambio de función o de destino.

Una vez creados el cielo y la tierra, Dios modeló al hombre con arcilla del suelo y sopló en su nariz un aliento de vida. Así el hombre se convirtió en un ser viviente. Él mismo se denominó Adán, porque había sido creado de “adama”, la tierra. La mujer, por su parte, fue creada de una de las costillas del hombre, tras caer sobre él un profundo sueño. El lugar vacío de su cuerpo se cerró con carne.

Todas estas imágenes indican que el hombre y la mujer participan de un mismo destino y de una misma condición y explican la íntima relación que los une y que se funda en el atractivo mutuo.

Adán y Eva tuvieron a su primer hijo llamado Caín, quien fue agricultor y a su segundo hijo llamado Abel, quien fue pastor de ovejas. Ellos simbolizan los efectos de la desobediencia de sus padres, quienes habían comido el fruto del árbol prohibido del jardín del Edén, que estaba en el medio. Después de la desobediencia del hombre hacia Dios, se desencadena la lucha del hombre contra el hombre y a causa del primer crimen (de Caín hacia Abel) la muerte hace su entrada en el mundo.

Lilith y Samael

El mito dice que el profeta Isaías da una de las versiones más desoladoras respecto a Lilith como mujer demonizada y convertida en el símbolo del deshonor, precisamente por haber sido la primera que quiso ser mujer amante y no sólo mujer procreadora.

Fue la segunda (o tal vez la primera) mujer de Adán.  Se la creía habitando un lugar lúgubre y ruinoso habitado por sátiros, perros y gatos salvajes, incubadora  de serpientes y paradero de buitres, por haber actuado contra lo previsto en los designios celestiales.

Lilith aparece en la tradición heterodoxa bíblica como la enemiga de Eva, a quien su marido abandona por ella tras el nacimiento de Abel y previo al de Caín (engendrado, dice el mito, por el demonio Samuel antes del regreso de Adán, lo que justificaría la posterior trayectoria del asesino de su virtuoso hermano).

Los sutiles intérpretes de la ley talmúdica dan una vuelta al mito, en la medida en que sugieren que Lilith fue acaso la primera mujer de Adán, a la que éste repudió, porque no se sometía al arquetipo (símbolo) de la buena esposa, obediente y sumisa, razón por la cual Dios no tuvo más remedio que recurrir a la costilla adánica para crear una sustituta idónea: la previsible Eva, madre primordial de la especie y hembra a la medida de la monótona resignación que se esperaba de su género. Pero, erotismo y maternidad, parecían poco conciliables, y regresó a Lilith para gozar de su incomparable cuerpo, dispuesto siempre a la lujuria, relegando a Eva a las funciones oficiales de madre

Por su parte, aquí también es preciso mencionar la participación de Samael (conocido también como Samamiel o Semmazai), el presumible marido de Lilith, con los cuales se constituiría la otra pareja imprescindible en el desarrollo del drama del Edén.

Así el mito paralelo cuenta que tras la separación de Adán y Eva, mientras su mujer consolaba al hombre primordial, él habría hecho lo propio con la

madre de la especie humana y se afirma que engendró en ella nada menos que a Caín, fundador y origen de la estirpe de los réprobos.

El drama del Edén

La tradición hebrea representa una de las tantas posibilidades de entender el funcionamiento de la condición humana. Los distintos pueblos antiguos ofrecen también la alternativa de un Dios o de varios dioses, múltiples versiones de paraísos, distintos génesis y diluvios, epopeyas y metáforas; configurando respuestas o variables dinámicas y creativas. Constituyen, sin duda, en su diversidad y totalidad mitológica-simbólica, la más alta propuesta poética que haya sido concebida por el género humano, como si fuese una tensión extrema o tendida como un puente, entre los límites del conocimiento y el vértigo de lo desconocido.

En este capítulo veremos cómo se introduce la noción de “pecado” en la humanidad, como resultado simbólico de no escuchar la voz divina.

El relato mítico del Edén es muy simple e ilustrativo: Un árbol del que no hay que comer (del que no hay que apropiarse). Una voz (que no es la de Dios) que invita a comer (a hacer propio) lo que Dios le había prohibido comer al ser humano. Y este ser humano que oye la otra voz, la que no es de Dios, la que lo hace dudar, elegir equivocadamente y probar.

En estas breves líneas se impone la visión arquetípica (simbólica)  del pecado, pues así se llama a este acto libre del que vive de cara a Dios, del que reconoce su voz, pero finalmente escucha otras voces y elige su vida desoyéndolo.

El mito de los árboles sagrados

Dios plantó un jardín en Edén (en hebreo “huerto delicioso”), al oriente, y puso allí al hombre que había formado para que lo cuidara y lo cultivara. Dios hizo brotar los árboles y los hizo apetitosos he hizo crecer el Árbol de la Vida en medio del jardín y el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal que también es conocido como el Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal.

Al ser humano le ordenó no comer los frutos del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal o la muerte llegaría a ellos.

La existencia de Adán y Eva en ese paraíso fue de completa felicidad hasta que aparece una astuta serpiente sugiriéndole a Eva que tomara un fruto prohibido del Árbol de la Ciencia. Cuando ella se negó a esto explicándole que moriría si lo hacía, la serpiente le dijo que eso no sucedería y que aprendería a discernir entre el bien y el mal, adquiriendo una sabiduría a nivel de Dios. La tentación se impuso a Eva comiendo la fruta y luego compartiéndola con Adán. Al término de esto, ambos tenían nuevos ojos y sintieron vergüenza de su desnudez, al punto que se hicieron unos taparrabos.

Dios condenó a la serpiente a arrastrarse sobre su vientre, a comer polvo todos los días de su vida, a tener enemistad entre ella y la mujer; a Eva, a dar a luz con dolor y a ser dominada por el marido; a Adán, a sacar el alimento con fatiga, a ganarse el pan con el sudor de su frente hasta que vuelva a la tierra de donde fue sacado.

Finalmente, los expulsó del Jardín del Edén para que no se tentaran también con el Árbol de la Vida deseando vivir para siempre. Y después de expulsarlos puso al oriente del Jardín del Edén a los querubines y la llama de la espada zigzagueante, para custodiar el acceso al Árbol de la Vida.

Simbolismo

El hombre es mortal por naturaleza y debe retornar al suelo de donde fue sacado. Pero Dios lo introdujo en el “Jardín del Edén”, símbolo de la amistad divina, concediéndole el acceso al “Árbol de la Vida”, símbolo de la inmortalidad, hace referencia al conocimiento simbólico. El mandamiento impuesto por Dios muestra que la amistad con Él y el don de la inmortalidad estaban condicionados por la respuesta libre del hombre.

Del mismo modo, el “jardín” simboliza la existencia de un orden o Cosmos en el que la fertilidad, el crecimiento y la belleza de la vida vegetal y animal se encuentran ya ordenadas bellamente. El jardín puede entenderse como un símbolo de la posibilidad de cultivar la propia humanidad en el sentido individual.

Y que el hombre “cuide” el jardín, indica que el plano humano es el guardián de lo completo, o santo, o íntegro, o sagrado. Es la indicación de que el hombre pertenece a ese orden, pero que lo debe cultivar y así alcanzar y conservar con su esfuerzo.

El “Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal” es una realidad representada por este símbolo que no puede ser simplemente el discernimiento moral (prerrogativa que Dios no niega al hombre), sino la facultad de decidir por sí mismo lo que es bueno y malo, independientemente de Dios. Al desobedecer el mandato divino, el hombre reivindica para sí una autonomía que no se conforma con su condición de criatura y usurpa un privilegio exclusivo de Dios. En este árbol destaca la bipolaridad, la representación del conocimiento binario. Este conocimiento fragmenta, delimita, especializa

Los “árboles” simbolizan el periplo de nuestra vida: hunden sus raíces en la tierra y se extienden y abren hacia el cielo.

Por su parte, el culto de la serpiente estaba extendido por todo el Oriente Antiguo. Por su forma y comportamiento singulares, este animal tenía un simbolismo polivalente: se lo asociaba tanto a las fuerzas de la vida y la fecundidad, como a las representaciones del caos y de la muerte, del misterio y de la ciencia oculta.

El texto bíblico describe a la “serpiente” como un ser hostil a Dios, a quien acusa de mentira y envidia y hostil también al hombre, a quien seduce deliberadamente e induce a transgredir el mandato divino.

Además, pone de relieve la astucia de la serpiente y la presenta como conocedora de la propiedad misteriosa escondida en el fruto del árbol. Estos indicios hacen suponer que el autor del relato tiene en vista ciertas formas de adivinación y de magia practicadas en Canaán y asociadas con la serpiente, símbolo de la sabiduría y de los poderes ocultos.

Al condenar a la serpiente se condena la religión cananea, que pretendía conseguir con esas prácticas una sabiduría sobrehumana: la reflexión posterior identificará a la serpiente con el demonio y con Satanás.

La enemistad puesta por Dios entre los dos principales culpables (la mujer y la serpiente seductora) proseguirá entre la descendencia de una y otra.

El linaje de la mujer es toda la especie humana en lucha contra los poderes del mal, que intentarán precipitarla a la ruina.

El que Adán y Eva hayan vivido la tentación demuestra, según la antropóloga Migine González-Wippler, la tristeza de Dios “por la destrucción de la inocencia del Hombre y su Mujer…”.

Purificación por el agua

Como los símbolos mitológicos del Mito del Diluvio son tan extensos, no pudimos incluir el relato original, pero sugerimos hacer la lectura desde el Génesis 6 al 9 de la Biblia. Tampoco pudimos incluir el simbolismo del arco iris como Alianza.

Simbolismo del Mito del Diluvio

El “diluvio” de la mitología hebrea hace referencia a la necesidad de una “regeneración y purificación”. La idea en este caso parece ser que cuando reina un estado de cosas que responde a formas ya agotadas, o bien cuando las conductas más salvajes y crueles son las habituales entre los hombres, se hace necesario un diluvio (o alguna catástrofe cósmica) que reintegre a la humanidad al camino evolutivo.

El diluvio es semejante al bautismo de proporciones gigantescas para la Tierra, actuando como un ritual cósmico que “permite un cambio de nivel y, por consiguiente, la germinación de algo nuevo”. Es como si el destino de todas las formas fuera a disolverse en esas grandes masas de agua a fin

de que pueda aparecer una nueva forma, mejor que la anterior o, en otros casos, a fin de que todo comience nuevamente a partir de la persistencia de lo mejor.

En el diluvio está también implícita la idea de “ciclo”. El diluvio no es presentado como un final definitivo, sino como una transición a otro ciclo.

En la narración hebrea de este acontecimiento hay un énfasis muy marcado en la idea de “castigo”; las amenazas previas buscan provocar un “arrepentimiento”, pero como éste no se produce, el diluvio será la respuesta de Dios ante los actos abominables de la humanidad. El castigo es al estado general de la humanidad. Sin embargo, no se da el aniquilamiento de todos los seres humanos, sino que hay un reconocimiento de uno de ellos y de su familia, para quien Dios tendrá una especial consideración: “Noé”.

Noé proviene de la descendencia que se origina en Caín, hijo directo de Adán y Eva, pero es posterior a aquél en varias generaciones. Y de este mismo tronco familiar, al cual pertenece Noé, descenderán, en generaciones posteriores los llamados “patriarcas”: Abraham, Isaac y Jacob. Este último dará lugar, a través de sus hijos, a las doce tribus del pueblo de Israel.

El arca

El “arca” es una nave que permite sortear la catástrofe que marca la “transición de un ciclo al siguiente. Viajan allí los elementos necesarios (animales) para que pueda reiniciarse el ciclo evolutivo. “Es una síntesis de toda la riqueza de la vida”. Si trasladamos el mito al momento actual diríamos que lo que carga Noé en el arca es el código genético de todos los seres vivos de la Tierra.

El arca también es una “imagen de la Tierra” misma, ya que ésta es una “nave” en la que habitan tal cantidad de formas de vida que la mayoría aún son desconocidas. En este sentido este mito expone un respeto notable por todas las formas animales. Noé y sus hijos, alimentan a todos los animales.

Los animales

Por otra parte, los “animales” en un sentido simbólico, hacen referencia a los planos sobre los cuales descansa la vida humana y que podemos resumir en el “reptil” y el “mamífero”. Tenemos entonces una indicación acerca de que una de las funciones del plano humano es “el cuidado y protección de sus propias funciones mamíferas y reptiles”, expuestas como protección de estos mismos niveles de la vida en lo externo. No cambiamos de nivel evolutivo sino “llevando puestos todos los niveles previos de la evolución”.

La edad de Noé

Cuando se produce el diluvio la edad de Noé es de “seiscientos años”. Los patriarcas hebreos originarios son varias veces centenarios. Las “centenas”, en su significación cualitativa mitológica, hacen referencia a “procesos de gran amplitud y al plano de lo colectivo”, con lo que se quiere decir que cada uno de los patriarcas simboliza un proceso a descifrar en la evolución humana o, al menos, del pueblo hebreo. Eso es lo que tenemos que tener en cuenta con respecto a Noé. Las “decenas” simbolizan las pruebas y las realizaciones, pero en medidas más compatibles con una vida humana individual. No son los tiempos colectivos de las decenas.

Por otra parte, si prestamos atención al número “seis”, éste corresponde a Virgo desde la simbología del Zodíaco, la fase que hace referencia al ser humano individual completo, integrado y al trabajo que conlleva desarrollar lo propiamente humano en el contexto de la comunidad.

 

“El cuarenta” es una cifra que indica un estancamiento, una espera. Puede tratarse de una pausa necesaria como una etapa de preparación para iniciar algo en un nuevo orden de acción

Los hijos de Noé

Los tres hijos de Noé llamados Sem, Cam y Jafet representan a la tres grandes familias en que los antiguos hebreos dividían el mundo habitado. El punto esencial del relato es la bendición de Sem y la maldición de Canaán. El primero es el antepasado de Israel; el segundo, personifica a los habitantes de Palestina, que fueron despojados y subyugados por los israelitas. La maldición alcanza a una cultura, cuya religión era para los israelitas sinónimo de corrupción e inmoralidad.

Las Pléyades, la Osa Mayor y el 7

Dice el mito que Dios abrió las compuertas para producir el diluvio, separando dos Pléyades y cerró las compuertas, tomando dos estrellas de la Osa Mayor.

Las Pléyades (también llamadas las Siete Hermanas) se asemejan a un racimo compuesto por siete estrellas y están ubicadas sobre el lomo del toro de la constelación de Tauro.

Pero podemos destacar también en las Pléyades el simbolismo del “siete”, un número relacionado con la integridad y perfección del ciclo. Mencionar a las Pléyades en el instante de inicio del diluvio puede ser un llamado a recordar nuevamente la cualidad de la “integridad”. Las Pléyades, en relación al siete, significan el acabamiento de un ciclo. De modo que el diluvio hebreo se inicia y se cierra con un mensaje relativo al tema de la integridad, cualidad que también resaltamos como lo más distintivo de Noé.

Por último, si observamos bien, reaparece nuevamente el número siete, como el período óptimo para echar a volar “la paloma”. Ésta es el ave que traerá en su boca la “rama de olivo”, símbolo de la paz, que Dios vuelve a sellar con la humanidad ya pasado el diluvio. Es un símbolo del amor,  el ave sagrada de las diosas del amor, como la Ishtar babilónica, la Astarté semítica o la Afrodita griega.

Nuestras novedades en tu e-mail

Escribe tu e-mail:



MailxMail tratará tus datos para realizar acciones promocionales (vía email y/o teléfono).
En la política de privacidad conocerás tu derechos y gestionarás la baja.

Cursos similares a Mitología. Ciencia y espiritualidad (1/2)



  • Vídeo
  • Alumnos
  • Valoración
  • Cursos
1. La mitología. Ciencia y espiritualidad (2/2)
En este curso de mitología aprenderemos el concepto literario e histórico de... [19/01/11]
279  
2. Mitología. Introducción a la historia del fenómeno mitológico
La mitología , en la historia de la cultura , muestra los intentos ancestrales... [21/12/09]
2.159  
3. Mitología griega
Todas las civilizaciones necesitan mitología, y muchas inventan las suyas propias.... [17/07/02]
50.771  

Capítulos del curso


¿Qué es mailxmail.com?|ISSN: 1699-4914|Ayuda
Publicidad|Condiciones legales de mailxmail