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Mitología. Ciencia y espiritualidad (1/2)

Autor: Sandra C Rogel B
Curso:
|486 alumnos|Fecha publicación: 19/01/2011
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Capítulo 26:

 Espiritualidad y Mitología de los pueblos antiguos. Incas

…Amanece en las cumbres andinas y la “Procesión de los muertos vivientes” camina solemnemente por la Plaza Sagrada de Cuzco (Perú), la ciudad de los incas, en el altiplano.

Llevados en andas desde palacios cercanos, los cuerpos embalsamados de los emperadores llegan al patio frontal del majestuoso Templo del Sol. Una vez ahí, los acomodan en unas bancas, frente a la procesión de emocionados devotos… Es el mes de junio, o de Inti Raimi, Festival del Sol. Diariamente, los sacerdotes visten a las momias con lujosas galas, pues esos cuerpos sagrados son el centro de la celebración.

Frente a los muertos vivientes, cien llamas de prístino color blanco, con arneses dorado y escarlata, son consagradas y sacrificadas al Sol. Posteriormente, su carne será asada para alimentar a los asistentes. Miles de jarras de chicha recién destilada se beben en la plaza pública; se canta y se baila hasta el oscurecer. Luego, colocan las momias en nichos del templo, listas para las festividades del día siguiente.

         En esta solemne ocasión, preside el festival el Sapa Inca (supremo inca o emperador), quien rara vez se deja ver en público. Los ciudadanos comunes tienen prohibido verle el rostro y cuando los nobles de la ciudad lo visitan en palacio cargan canastas sobre la espalda para demostrarle que ante él son humildes.

         Cuando un emperador muere, se embalsama el cadáver: la momia será luego dispuesta sobre el trono, en el palacio repleto de tesoros que habitó en vida y que (según la creencia inca) sigue habitando después de la muerte. Con el tiempo, se le unirá el cuerpo petrificado de la “coya”, o emperatriz, que generalmente era también su hermana.

El emperador inca podía tener cientos de concubinas, muchas de ellas parientes cercanas; otras provenían de familias nobles de los territorios conquistados. Pero la esposa principal debía ser una mujer de su mismo rango y sólo su hermana podía tenerlo. Ya muerta, la emperatriz yace obediente junto al emperador.

 

La ciudad inca

 

La palabra “inca” designó, en primer lugar, a una tribu; se aplicó luego a la aristocracia y a la clase dirigente y correspondió al jefe, al monarca. El inca era el representante sagrado, el hijo incluso, del dios-sol convertido en divinidad suprema a partir de Pachacutec.

El imperio incaico fue una monarquía teocrática, cuyos inicios se remontan a la visión del dios-sol que tuvo Manco Capac, el primer inca. En su apogeo, se extendió desde Quito (Ecuador) a Valparaíso por Chile, sobre un territorio mucho mayor que el del actual Perú.

Originalmente los incas eran una tribu montañesa que surgió en los Andes hacia el año 1000 d.C. Culturalmente alcanzaron la cúspide con el emperador Pachuti y su hijo sucesor Topa, quienes rigieron el imperio en expansión durante casi todo el siglo XV.

Ambos lograron conjugar decenas de tribus (que a veces hablaban dialectos o lenguas distintos) en una sociedad estable y muy organizada, de unos 12 millones de habitantes. El monarca era adorado como Hijo del Sol, un dios viviente cuya palabra era la ley.

         En la Antigüedad, la ciudad de Cuzco (“ombligo”), era una aldea fluvial de chozas de barro, pero llegó a convertirse en una metrópolis con magníficos palacios y templos. Los albañiles incas construían los edificios principales con masivos bloques de roca, ensamblados con tanta precisión que ni siquiera un cuchillo podía entrar en las uniones.

         La capital inca tenía la forma de un puma o león de montaña. La cabeza estaba representada por la imponente fortaleza de Sacsahuamán, en el norte de la ciudad, la cola estaba formada por los alargados jardines públicos en el sur, el corazón del felino era Huacapata, la Plaza Sagrada donde se erguía en Templo del Sol. Dentro del puma había una red de estrechas calles pavimentadas, cada una dotada de un canal de piedra por donde corría agua fresca de las montañas. Esto dotó a Cuzco de un drenaje de primera clase, así que los ciudadanos observaban una estricta higiene en sus hogares. Además, los habitantes también se bañaban regularmente en los ríos Huatanay y Tullumayo.

 

 

Visón de mundo

 

Los incas dividían al universo en tres planos o niveles intercomunicables: El “Janan Pacha”, que equivalía al cielo y era el lugar de residencia del sol, la luna, las estrellas y los astros restantes; el “Kay Pacha”, que era la Tierra, donde residía el hombre, los animales, los vegetales y los espíritus terrestres; y, por último, el “Ucju Pacha” o el subsuelo, lugar de residencia de los muertos, los espíritus malignos y los gérmenes de las enfermedades.

 

Los dioses

 

Los incas desarrollaron una verdadera religión del estado. Se trajeron de sus conquistas ídolos que veneraron en la capital como divinidades inferiores. Sin embargo, dentro de este sistema teocrático, persistieron una religión popular y ciertas religiones étnicas.

         Las divinidades eran: Inti, dios-sol, a quien remonta su origen la familia imperial inca y que durante mucho tiempo fue el dios principal, y Viracocha, “el dios” por antonomasia, el ser supremo, que dominó el panteón a partir de Pachacutec y que, si bien facilitó la integración religiosa del imperio, era inaccesible para el hombre corriente.

 

Sobre el oro, Viracocha y el Coricancha

 

Los incas se distinguieron por su arte ornamental en oro, al que llamaban “el sudor del sol” y en plata llamada “lágrimas de la luna”. Una de sus creaciones más destacadas, el Templo del Sol, se halla en el Coricancha (Cuzco).

Tenía un jardín hecho enteramente de oro y plata, con figuras de aves y llamas en tamaño natural y réplicas de maizales con tallos de plata y granos de oro. Para subrayar la importancia del sol como deidad máxima, el inca Pachacuti hizo construir este Templo del Sol.

         Viracocha (o Huiracocha), cuyo nombre significa “espuma del mar”) era una gran deidad inca; emergió del lago Titicaca después de haber creado el cielo y la tierra, luego de lo cual dio a la luz a dos humanidades. La primera, fue destruida por él mismo y convertida en piedra.

La figura del dios Viracocha surge, en la religión incaica, envuelto en un halo de misterio como creador, héroe civilizador, formador y transformador. Se le solía denominar Viracocha Pachayachachic, “creador universal”, o Apu-Kon-Tiki-Viracocha, “la divinidad superior a todas las demás”.

En la cosmogonía incaica es dios primordial del líquido elemento y creador del sol, de la luna y las estrellas, aunque no del hombre, que ya existía. No obstante, creó después menos hombres, tallándolos en piedra dentro de las cavernas, para tener un ejército que conquistara el valle de Cuzco, donde fundó la ciudad.

La tradición indica que, por último, al regresar de varios combates contra las mismas criaturas, que se rebelaron, se encaminó al mar y desapareció bajo las aguas, prometiendo su regreso.

 

 

Creencias, prácticas y cultos

 

Los incas adoraban al sol y a una multitud de dioses y eran muy supersticiosos. Creían que cada persona tenía un “huaqui” o espíritu de la guarda, que cuidaba su bienestar.

Igualmente veneraban objetos y lugares sagrados llamados “huacas” que podían ser guijarros, piedras, cuevas, llanos y manantiales, así como estructuras artificiales, como puentes y casas.

En 1530, una serie de augurios predijeron la caída de imperio. Tres años después Atahualpa, el último emperador inca, fue capturado y mandado matar por el conquistador español Francisco Pizarro. Así terminó casi un siglo de poder y prosperidad.

Los sacerdotes incas también eran médicos y cirujanos, diestros en amputar miembros gravemente lastimados o gangrenados; sabían cauterizar las heridas para evitar infecciones.

Poseedores de conocimientos anatómicos desconocidos en Europa, al igual que los aztecas, los médicos incas practicaban trepanaciones en cráneos fracturados accidentalmente o en acciones de batallas.

En operaciones de este tipo, se extraían las astillas del hueso roto, anestesiaban a los pacientes con drogas a base de coca o con grandes cantidades de chicha, hasta obtener la inconsciencia. También recurrían a la hipnosis. Perforaban el cráneo con filosas hojas de obsidiana montadas en un mango, que giraban mediante un mecanismo semejante a un arco con cuerda. La incisión tenía unos 2,5 cm. de diámetro, lo cual permitía la extracción del hueso roto, para aliviar así la presión sobre el cerebro. Luego volvían a colocar cuidadosamente el cuero cabelludo y se vendaba la herida con material de fibra.

Apachito es una denominación incaica de las ofrendas. El apachito era un montículo de piedras colocado en un sitio peligroso del camino. Allí los viajeros hacían un alto y oraban por su seguridad, sumando otra piedra al montículo y depositando en ocasiones algo de escaso valor, por ejemplo: un trozo de género usado, un poco de coca o un puñado de paja.

 

Vida de ultratumba

 

Los aborígenes peruanos admitían la esencia inmortal del alma y una vida de ultratumba. Cuando moría un inca o un personaje de abolengo, con él habían de morir, sus mujeres y esclavos, a fin de acompañarle al más allá, generándose en ocasiones, enormes sacrificios humanos.

En determinados aniversarios, se exhibían vasijas llenas de alimentos y bebidas, consagrados a los espíritus errabundos. Se suponía que los difuntos gozaban de una placentera segunda vida, alimentándose y paseando por regiones etéreas imprecisas. Según algunos indígenas, los muertos moraban en Upamarca o el país del silencio, tras cruzar un ancho río a lo largo de un estrecho puente o con la ayuda de unos perros negros sacrificados para ello en los funerales.

Los cadáveres no eran inhumados, sino momificados, depositándoselos en criptas o capillitas. Las doctrinas incaicas estatuían que las almas de los incas ascendían al sol, las de los poderosos al mundo superior y las del vulgo a los espacios intermedios. Tenían una segunda vida como provisoria, confiando en una resurrección terrena. Por tal circunstancia, se conservaban los cadáveres.

El número cuatro tuvo significación litúrgica y misteriosa para los aborígenes peruanos. Su mundo se componía en cuatro partes y el Perú, de cuatro calles, nobles y plebeyos y la población, las cuatro nacionalidades de antis, cuntis, chinchas y colas; se celebraban cuatro fiestas mayores y por la luna nueva, una fiesta de cuatro días.

 

٭٭٭

 

Inti, Pachacamac y otros dioses

 

Machu Picchu

 

Desde que fuera redescubierta el 24 de julio de 1911 por el norteamericano Hiram Bingham, Machu Picchu (Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO en 1983) ha sido considerada, por su asombrosa magnificencia y armoniosa construcción, como uno de los monumentos arquitectónicos y arqueológicos más importantes del planeta.

         Resulta relativo indicar la época del primer poblamiento de estos territorios, pues no se puede hablar de fundaciones sino más bien de ocupaciones. Muchos exploradores antes de Hiram Bingham trataron de descubrir este Santuario Histórico, ya que habían oído hablar de él, sin embargo no alcanzaron el éxito que posteriormente tuvo el norteamericano. En la fecha indicada arribó Bingham con especialistas de la Universidad de Yale en topografía, biografía, geología, ingeniería y osteología.

Ellos fueron conducidos hasta el lugar por Melchor Arteaga, un habitante de la zona quien le dio derroteros de cómo llegar hasta lo que hoy se considera la octava maravilla del mundo.

         Posteriormente, en 1914, Bingham vuelve a Machu Picchu con apoyo económico y logístico de la propia universidad y la Sociedad Geográfica de los Estados Unidos al frente de un equipo especializado y con una publicación que ya circulaba por el mundo: “La Ciudad Perdida de los Incas”.

         En el plano original, Bingham sectoriza Machu Picchu de acuerdo a la orientación cardinal. Algunos nombres conservan su originalidad, pero luego de varias décadas de descubrimiento, los estudios científicos realizados por el patronato de arqueología del Instituto Nacional de Cultura han llegado a valiosas conclusiones sobre el uso y las funciones de los edificios en base a las excavaciones y relación arquitectónica con edificios similares del amplio estado inca.

Localizada a dos mil cuatrocientos metros sobre el nivel del mar en la provincia de Urubamba, departamento de Cuzco, Machu Picchu (“cumbre mayor”) sorprende por la forma en que las construcciones de piedra se despliegan sobre una loma estrecha y desnivelada, en cuyos bordes se camina y se puede observar que a cuatrocientos metros abajo está el río Urubamba, entre otras fascinaciones.

         Es una ciudadela rodeada de misterio, porque hasta ahora los arqueólogos no han podido descifrar la historia y la función de esta pétrea ciudad de casi un kilómetro de extensión, erigida por los incas en una mágica zona geográfica, donde confluyen lo andino y lo amazónico. Los turistas que visitan esta reliquia natural quedan convencidos de que quizás el misterio nunca sea develado del todo porque hasta ahora, sólo existen hipótesis y conjeturas.

Para algunos, fue un puesto de avanzada de las proyecciones expansionistas incaicas; otros creen que fue un monasterio, donde se formaban las niñas (“acllas”) que servirían al Inca y al Willac Uno (sumo sacerdote). Esto se presume porque de los ciento treinta y cinco cuerpos encontrados en las investigaciones, ciento nueve fueron de mujeres.

         La sorprendente perfección y belleza de los muros de Machu Picchu (construidos uniendo piedra sobre piedra, sin cemento ni pegamento) han hecho surgir mitos sobre su edificación. La tradición oral cuenta que un ave llamada Kak`aqllu, conocía la fórmula para ablandar las piedras, pero que por un mandato, quizás de los antiguos dioses incaicos, se le arrancó la lengua. También se dice que existía una planta mágica que disolvía la roca y podía compactarla. Junto a estos mitos hay que destacar sus plazas, sus acueductos y torreones de vigilancia, sus observatorios y su reloj solar; conjunto de evidencias de la sabiduría y técnica de los constructores andinos.

         También está el Huayna Picchu que está ubicada en lo alto de la montaña joven con un camino difícil y con pequeños templos. En este punto es donde se logra la mejor vista de la ciudadela. Otros atractivos son el Grupo de la Roca Sagrada, Las Puertas, Las Fuentes y el Mausoleo o Tumba.

         Existen tres formas conocidas para llegar a Machu Picchu. La primera de ellas es la tradicional (en un tren “un poco” antiguo), con una duración de tres ó cuatro horas dependiendo de cómo esté “su ánimo”; la segunda para quienes gustan del turismo aventura es la ruta del Camino del Inca, caminata que requiere de gran esfuerzo durante cuatro días como mínimo. Y la más novedosa (¡y cara!) es llegar hasta el pueblo de Aguas Calientes en helicóptero.

 

Intihuatana, piedra que captura el sol

 

Uno de los lugares más extraños y fascinantes de todo Machu Picchu es la famosa Intihuatana, una estructura monolítica que se encuentra al oeste de la plaza central de la urbe, en una colina conformada por varias terrazas y andenes, donde se llega luego de subir 78 delgados escalones finamente labrados (y que bajarlos requiere de buen estado físico... o de los amables brazos del guía).

Se dice que el Intihuatana cumplió las funciones de medición del tiempo (solsticio y equinoccio) por efecto de luz y sombra y como roca altar.

Rolf Muller, profesor de Astronomía en la ciudad americana de Postdam, a lo largo de sus estudios realizados a mediados de los años ochenta, encontró pruebas convincentes para demostrar que la ciudad peruana fue elegida con un marcado carácter  astronómico. Muller decía que si prolongamos los lados largos de esta Intihuatana daríamos con el lugar exacto sobre el cual se sitúa el sol el día del solsticio de verano. Según estos cálculos a los que hay que sumar otros relacionados con diferentes lugares de Machu Picchu, Muller llegó a la conclusión de que la ciudad debió ser construida en algún momento entre el 4000 y el 2000 a. C, retrasando así en casi cuatro mil años la fecha propuesta por la historia tradicional.

         También sobre célebre Intihuatana realizaron sus trabajos los investigadores Dearborn y White. La presencia en lo más alto del monumento de un curioso “gnomon” (un ingenio pensado para medir las horas solares) pareció demostrar que esta construcción fue realizada para situar el punto más alto del sol en el cielo. El lugar conocido como el Torreón posee una gran pared de forma semicircular, en donde podemos encontrar dos ventanas y otra recta con la llamada puerta de la serpiente.

El investigador Jesús Galindo, contradiciendo las exageradas cronologías de Muller, ha demostrado que una de las ventanas de el Torreón mira hacia la constelación de las Pléyades según su ubicación hacia el 1500 de nuestra era. De la misma forma, esta ventana está alineada con un pequeño altar existente en la parte del Torreón señala al punto de salida del sol en el solsticio de invierno en la misma época.


Bibliografía:

Ø “Mitos y leyendas de los incas”, R.R. Ayala, Edicomunicación, 1999, Barcelona, España

Ø “Diccionario mitológico americano”, Héctor Morel, Editorial Kiev, Buenos Aires, Argentina

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