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Mitología. Ciencia y espiritualidad (1/2)

Autor: Sandra C Rogel B
Curso:
|486 alumnos|Fecha publicaciýn: 19/01/2011
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Capýtulo 24:

 Espiritualidad y Mitología de los pueblos antiguos. Hebreos

Ángeles, profetas, rabinos y reyes no son los únicos personajes de las narraciones, mitos y leyendas del pueblo judío. También hay patriarcas y princesas, sabios y santos, hasidim y zadikim, héroes y heroínas, pícaros y pecadores y muchos otros, todos los cuales constituyen la literatura tradicional y popular que se ha convertido en parte integrante de la herencia judía. Y el hilo dorado, es el monoteísmo, la fe en un solo Dios.

         Los relatos de la Biblia hebrea, se refieren a la historia de la creación y a los inicios de la historia de la humanidad. Abarcan un período de casi dos mil años y narran la Alianza de Dios con Abraham, Isaac y Jacob y sus descendientes, a quienes se conoce como hebreos, hijos de Israel o israelitas.

Se trata, en esencia, de la historia de cómo Israel conquistó, perdió y volvió a recuperar su tierra. Paralelamente a la posesión y a la pérdida de su territorio, sus grandes dirigentes se esforzaron por mantener al pueblo unido a través de las leyes y del código de comportamiento recogido en el texto de los Diez Mandamientos.

         El patriarca Abraham y su familia salieron de la ciudad caldea de Ur, en Mesopotamia (en la actualidad el sur de Irak), y se encaminaron hacia el oeste en dirección a Canaán, que más tarde se denominaría tierra de Israel y Palestina a partir de la época romana. Allí fue donde Isaac, hijo de Abraham, Jacob, nieto de este último y los descendientes de los doce hijos de Jacob formaron las doce tribus de Israel, cada una de las cuales poseía su propio territorio. Más tarde, el hambre los obligó a salir de la tierra de Canaán e ir a Egipto, donde fueron recibidos por José, que ocupaba un alto cargo en la corte del monarca de Egipto o Faraón. El Faraón les pidió permiso para sentarse en su reino y al principio prosperaron, pero con el correr del tiempo los israelitas tuvieron que padecer la crueldad y el despotismo de algunos faraones que los oprimieron y esclavizaron.

         Dirigidos por Moisés, a quien Dios inspiraba, guiaba, los hijos de Israel huyeron a Egipto y anduvieron errantes durante cuarenta años por el desierto, donde Dios les dictó sus Diez Mandamientos.

Finalmente, regresaron a la tierra prometida de Canaán. Las doce tribus se independizaron unas de otras, lo que las hizo vulnerables a los ataques de otros pueblos vecinos, tales como los filisteos. Gracias a los esfuerzos del profeta Samuel, las tribus se unieron para formar un solo reino y Saúl fue elegido primer rey de Israel. A éste sucedió David, quien consolidó el reino e hizo de Jerusalén su capital. Fue tan famoso por su música y su poesía como por sus victorias militares.

         A David sucedió si hijo Salomón, en cuya época alcanzó el reino su máximo esplendor. Salomón mandó construir en Jerusalén el primer Templo, un imponente edificio que se convirtió no sólo en el principal lugar de culto, sino también en un centro de peregrinación durante las grandes celebraciones religiosas. En la literatura tradicional judía existen numerosísimas historias que hacen referencia a las hazañas de David y a la sabiduría de Salomón…

 

La Creación

 

El primer libro de la Biblia hebrea se llama Génesis, palabra que significa principio, creación u origen.

El Libro del Génesis se remonta al principio de los tiempos y narra cómo Dios creó el mundo, el primer hombre y la primera mujer. En seis días Dios creó el universo entero: primero la luz y las tinieblas, a las que llamó día y noche. Luego el cielo y después el mar y los continentes, a los que llamó Tierra. Luego creó árboles y plantas de todas las especies, creó el sol, la luna y las estrellas, los peces y los pájaros, los mamíferos, los insectos y reptiles y, por último, a su imagen y semejanza, Dios creó al hombre.

El hombre fue modelado de la arcilla de la tierra y Dios sopló en su nariz su aliento de vida para convertirlo en ser vivo. Todo quedó terminado en seis días y el séptimo, cuando la gran tarea estuvo concluida, Dios descansó y llamó a este día el Día del Sabbat y lo consagró y lo declaró día de fiesta.

         La gran tarea de Dios, narrada en el Génesis, dio lugar a un rico acervo de literatura popular y la “Midras”, un compendio de textos judíos que recoge estas narraciones, está llena de relatos fantásticos que aportan detalles a las distintas etapas de la narración y explican diversos aspectos de la fe y las costumbres judías.

Con el fin de que sus explicaciones resulten accesibles para el público, los escritores personifican conceptos abstractos. La Torá (Ley del pueblo judío) se convierte en un ser vivo dotado de palabra, mientras que la Tierra, el Sol, la Luna (e incluso las letras del alfabeto) hablan y se comportan de forma muy humana.

         Se dice que al principio fueron creadas siete cosas. La Torá, escrita con fuego negro sobre fuego blanco, descansaba en el regazo de Dios y el infierno a su izquierda; el Santuario Celestial, con una joya en su altar en la que estaba grabado el nombre del Mesías, estaba situado frente a Dios y había una voz que gritaba “Arrepentíos, hijos de los hombres”. Cuando Dios decidió crear el mundo consultó, en primer lugar, la Torá y ésta le aconsejó lo siguiente: “Dios Todopoderoso, un rey sin cortesanos ni sirvientes y desprovisto de ejército no merece ser llamado rey, pues no tiene a nadie que pueda concederle el honor que se merece”.

A Dios le agradó este consejo y a partir de ese momento enseñó a los reyes de la Tierra a no tomar decisiones importantes sin antes consultar a sus consejeros, siguiendo su propio ejemplo. Consciente de que los hombres eran pecadores, intuyó que seguramente ignorarían sus mandamientos. Sin embargo, el propio Dios ahuyentó sus dudas. Mediante el arrepentimiento, los pecadores tendrían la oportunidad de enmendarse. El “Paraíso” y el “Infierno” servirían de recompensa y castigo y se designó al Mesías para llevar la salvación y poner fin al mal.

 

Los ángeles

 

En las tradiciones y el folclor judíos, los ángeles son seres sobrenaturales que viven en el Cielo y actúan como mensajeros de Dios, llevando sus mandatos divinos de recompensa y castigo.

El ángel Akatriel permanece junto al hombre para oír sus pensamientos más profundos que luego transmite a Dios.

Sandalfón, teje coronas celestiales con las oraciones de los hombres.

La mayoría de los ángeles ministros tienen una vida corta, pero otros, entre ellos los siete arcángeles, gozan de larga vida. Estos últimos se llaman Miguel, Rafael, Gabriel y Uriel, que tienen lugares especiales reservados en torno al Trono Celestial de Dios, y Metatrón, Sandalfón y Akatriel, que en cambio quedan ocultos.

Miguel, cuyo nombre en hebreo “¿quién como Dios?”, es el sumo sacerdote de los ángeles y se halla a la derecha del Trono Celestial.

El nombre de Gabriel significa “fuerza de Dios” y este arcángel se encuentra a la derecha del Trono. Se ocupa de los asuntos de la justicia divina y castiga a los malvados.

Uriel, cuyo nombre significa “chispa de Dios”, se sitúa enfrente del Trono; mientras que Rafael, cuyo nombre quiere decir “Dios cura”, se sitúa por detrás.

Metratrón mantiene el orden en el mundo. Es un personaje deslumbrante, con venas de fuego y carne de llamas. Se le dotó con setenta y dos alas, treinta y seis a cada lado de su cuerpo. Tiene cientos de ojos, cada uno tan luminoso como el sol. Dios le mandó proteger el Trono de la Gloria y antes de que nadie pueda entrar en el palacio de las siete moradas en el que habita Dios debe pasar ante Metatrón, al que todos temen, incluso Samael, príncipe de las tinieblas.

         Al principio Samael reconocía a Dios como su superior, pero más tarde otros ángeles se unieron a él para rebelarse contra el Todopoderoso. Hubo una terrible guerra entre los ejércitos de Samael y las fuerzas del arcángel Miguel, guerra que concluyó con la derrota de Samael. Ėl llevó la muerte a la raza humana. Samael siempre es el primero que aparece en escena dondequiera que haya muerte y destrucción.

Para que los hombres recibieran debida recompensa o castigo por sus acciones, Dios concedió al hombre el libre albedrío, por lo que permitió intencionadamente a Samael que los indujera a la tentación. Cuando Samael lo consigue, aparece ante la Corte Celestial, donde actúa como acusador y demandante. Pero afortunadamente para el hombre, los poderes de Samael están controlados en última instancia por Dios.

 

***

 

En la semana de su decimotercer aniversario, el adolescente judío hace su “bar-mitsva”, con la que sella su entrada en la comunidad religiosa de los adultos. Por ella se transforma en “hijo de la buena acción” (que es lo que significa bar-mitsva). Demuestra así su conocimiento de la Ley y su capacidad para leer los textos, adquiridos ambos desde la edad de siete años en el Talmud Torá.

         Como los adultos que lo rodean, entre los que se hallan el rabino (el oficiante) y el “hazan” o cantor, el muchacho lleva en los hombros el “telleth” y se cubre con la “kippa”. A la simbólica luz del candelabro de siete brazos (“menorah”), y ayudándose de una mano de plata para no perder el punto, se esfuerza en leer en voz alta y sin equivocarse, en una atmósfera de recogimiento, pues la Palabra de Dios no debe repetirse ligeramente. En adelante podrá formar parte de un “minyan” (grupo de diez judíos, necesario para la validez de cualquier ceremonia religiosa.

         El sábado siguiente a la ceremonia propiamente dicha, en la sinagoga, el muchacho, ahora ya adulto en la esfera religiosa, tiene el gran privilegio de subir al pupitre que está delante de la vitrina de la Torá. Una vez fuera de su estuche sagrado, los rollos de la Ley (“Séller Tora”) son llevados procesionalmente por la sala. Luego los depositan sobre el pupitre, les quitan la funda ricamente bordada que los cubre y son abiertos por la “parasha” del día, el pasaje de la Torá que corresponde, ya que a lo largo del año ha de leerse la totalidad de la Ley.

 

Otras ceremonias, fiestas y ritos

 

Los múltiples rituales del año judío pueden reagruparse en tres ciclos a lo largo del año. Salvo el “sabbat” (sábado), las fechas de celebración son móviles.

Todas las festividades judías se inician y concluyen en la caída del sol, según el orden de la creación. El sabbat es la fiesta semanal, a imagen del séptimo día de la creación: “Y bendijo Dios el día séptimo y lo declaró santo, porque ese día descansó Dios” (Génesis II,3). Por eso está prohibida en ese día toda creación, material o intelectual.

La celebración del sabbat incluye oficios que reúnen a la comunidad en la sinagoga, así como plegarias en familia, en las que se bendice el pan y el vino.

Ritos que recuerdan la historia de Israel antes de su llegada a la Tierra Prometida, son muy antiguos y se insertan en una antigua periodización estacional de las fiestas (de primavera, de otoño). En primavera, la Pascua (“Pesah”) evoca el éxodo de los judíos en el desierto del Sinaí. En recuerdo del apresuramiento y el caminar sin rumbo, los judíos se abstienen durante una semana de tomar cualquier alimento fermentado o con levadura. Siete semanas después, la fiesta de las Semanas (“abu’ot”) santifica las primicias de las cosechas y conmemora la entrega de la Ley en el monte Sinaí.

En otoño se celebra la fiesta de las Tiendas (“Sukkot”) o de las Cabañas o de los Tabernáculos. A lo largo de una semana se santifican las cosechas y se rememora la vida pasada bajo tiendas durante los cuarenta años que duró la huída por el desierto egipcio.

         Tres festividades remiten a la historia del judaísmo posterior al exilio: La fiesta de la Suertes (“Purim”), que conmemora el aniversario de la milagrosa liberación de los judíos de Persia, salvados del exterminio gracias a la reina Ester. Es una fiesta muy popular y con disfraces.

También es alegre la fiesta de la Dedicación o de las Luces (“Hanuká”), a comienzos de diciembre. Dura una semana y está ungida de religiosidad; conmemora la purificación del Templo por Judas Macabeo. Por el contrario, el “Tisa’á be-Ab” (el 9 del mes de Ab, a principios de agosto) es un día de aflicción y de luto, pues recuerda la destrucción de los dos Templos.

         El Año Nuevo, en otoño, debe abordarse en paz con Dios. Se dedican diez días al examen personal, que comienza el primero del año y acaba con una de las fechas más destacadas del año litúrgico judío, el “Yom Kippur”, día de la Expiación o del Gran Perdón. El individuo y la comunidad se purifican por el ayuno, la oración continúa y el reconocimiento de los propios pecados. Cuando el “sofar” resuena, anuncia el tiempo nuevamente virgen.

 

Bibliografía:

Ø “Ángeles, profetas, rabinos y reyes de las leyendas del pueblo judío”,José Patterson,Anaya,1991, Madrid,España

Ø “Hábitos y costumbres del pasado”, Reader’s Digest, 1996, Bogotá, Colombia

Ø “Larousse temático universal”. Tomo 2, 2001, Bogotá, Colombia

Ø “Los hebreos”, Beatrice K. Rattey, Fondo de Cultura Económica, 1995, México D.F.

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