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Mitología. Ciencia y espiritualidad (1/2)

Autor: Sandra C Rogel B
Curso:
|486 alumnos|Fecha publicación: 19/01/2011
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Capítulo 23:

 Espiritualidad y Mitología de los pueblos antiguos. Griegos

…En una mañana primaveral ateniense, un grupo de niños de tres años, con flores en el pelo, están junto a la puerta de un templo de la Acrópolis. Sus padres esperan cerca de ahí. La puerta se abre y salen sacerdotes y flautistas con blancas túnicas. Los sacerdotes dan a los niños jarritas de arcilla, de las que toman su primer sorbo de vino. Esta ceremonia de los “choes” o jarras era parte del Antesterión, un festival en honor de Dioniso, dios del vino. Cuando los niños bebían, celebrando la primavera y el vino nuevo, terminaban simbólicamente su infancia.

         Pero, los rituales religiosos marcaban otra etapa en las vidas de los niños: A los 12 ó 13 años, las niñas ofrendaban en los templos sus juguetes a la diosa Artemisa, en una ceremonia que celebraba el paso de la pubertad. A veces este ritual ocurría en vísperas de la boda de las niñas, que se casaban tan pronto como sus padres les conseguían marido, que generalmente les duplicaba en edad.

         Un escritor anónimo describe así esta ceremonia: “Señora, a ti te ofrenda Timareta, antes de su boda, su gorro, su pandero y su pelota favorita, tal y como se requiere. Oh, Artemisa, la joven te trae sus muñecas, sus juguetes de la infancia, todo”.

Junto a las ruinas de los templos se han encontrado caballitos y muñecas y en tumbas de niños se encontraron otros juguetes, tal vez dejados por sus padres como trágicos símbolos de los juegos que sus hijos no disfrutaron en vida.

         En las bodas debía invocarse a Hera y Zeus, patronos del matrimonio. La novia debía tomar un baño de purificación y el agua que se usaba para éste había sido llevada por niños pequeños desde fuentes especiales. En el día de la boda se acostumbraba que la novia se cortara un mechón de pelo, lo enrollara en un huso y lo pusiera en un altar. Esto era seguido por un sacrificio y banquetes en las casas del novio y de la novia. El novio llevaba a la novia a su nuevo hogar en un carro de caballos o mulas. La novia era recibida en la casa por su suegra, que portaba una antorcha con la que conducía a la pareja desde el pórtico hacia el fogón de la cocina. Ahí la pareja se arrodillaba y se les echaban nueces y frutas (en lugar del arroz que se usa actualmente), símbolos de prosperidad.

 

Favor de los dioses

 

Para el griego común, la religión era más una cuestión de rituales que de moralidad. La comunidad creía en la importancia del buen comportamiento, de acuerdo con elevadas normas morales, pero los motivos de este comportamiento eran, sobre todo, sociales: la gente se comportaba bien para el provecho de los dioses.

Los sacrificios y rendir culto eran considerados casi como un contacto obligado con los dioses y como una forma de ganarse el favor divino. Por lo tanto, el rasgo dominante de la religión griega era la correcta realización de un ritual para lograr el efecto deseado.

Muchas de las ceremonias eran conducidas por el pueblo en la privacidad de sus casas. Se creía que Hestia, diosa del fogón, protegía el mismo centro de la vida hogareña. Así, mantener ardiendo el fuego era en sí un acto religioso.

La mayoría de las casas tenían un “herma”, pilar de piedra con cabeza y falo humanos, que estaba dedicado al dios Hermes y que se colocaba a la entrada de la casa como símbolo de protección. Era común tener en el patio altares a Zeus y Apolo, en los que el jefe de familia ponía diariamente ofrendas de comida. En el campo, se adoraba a Pan, el de patas de cabra, y cada localidad, fuente y arroyo tenía su propia ninfa de la guardia. Se elevaban plegarias a Atenea para levantar buenas cosechas de aceitunas, mientras que las uvas eran un regalo de Dioniso y Demeter aseguraba la cosecha de grano. Se creía que todos esos dioses vivían en el monte Olimpo y que su cima tocaba el cielo.

Aunque situaron el hogar de sus dioses y diosas en una montaña lejana, los griegos pensaban que influían sobre los asuntos humanos y que con frecuencia intervenían en las vidas de ciudades e individuos.

 

Dioses, templos y sacrificios

 

Se pensaba que los dioses eran semejantes a los humanos, tanto en apariencia como en carácter, aunque diferían en un aspecto fundamental: eran inmortales. El supremo entre ellos era Zeus, rey de los cielos. Los escultores y pintores lo mostraban como un hombre maduro y con barba, a veces portando un rayo y sentado en un trono, para enfatizar su soberanía. Hera, hermana y esposa de Zeus, era la diosa de las mujeres y el matrimonio.

         Poseidón, hermano de Zeus, regía sobre el mar. Físicamente era parecido a Zeus y portaba un tridente o lanza de pesca y a veces se le retrataba acompañado de delfines. Otras deidades eran Ares, dios de la guerra; Afrodita, diosa del amor y la belleza; Hermes, dios mensajero: Hefestos, dios de la herrería; Atenea, diosa de la sabiduría; Demeter y su hija Perséfone estaban relacionadas con la fertilidad de la tierra; Apolo era el dios de la salud y la música. Todas estas deidades tenían templos y santuarios, centro de los rituales comunitarios y ciertos dioses estaban asociados con una ciudad en particular.

         Los hermosos templos, construidos como si fuesen la vivienda de los dioses, demuestran el importante papel de la religión en la vida diaria griega.

El esplendor de la arquitectura del templo era una forma de honrar al dios y al mismo tiempo demostraba la riqueza y el prestigio de la comunidad que lo había erigido. Los templos eran también tesorerías de ofrendas de oro, joyería  y otros objetos valiosos que se ofrecían a los dioses.

         En un recinto interior se alzaba una estatua del dios, a veces adornada con oro y marfil. No estaba a la vista del público y sólo los sacerdotes y el personal del templo podían mirarlo, no se permitía a los plebeyos entrar al santuario interior, considerado dominio privado de la deidad. El recinto no tenía ventanas y se le iluminaba únicamente con lámparas de aceite.

         Todas las ceremonias públicas importantes, como los sacrificios estatales, se llevaban a cabo al aire libre, fuera del templo. Las presidía un sacerdote en un altar, que era un terreno sagrado marcado con una piedra o, en el caso de santuarios más prósperos, con una imponente estructura de mármol, generalmente colocada tras la parte este del templo. El sacerdote, cuando ofrecía el sacrificio, vestía una larga túnica y daba la espalda al templo, cuyas puertas estaban abiertas para que el dios presenciara la ceremonia. Se sacrificaban vacas, corderos, cerdos o cabras adornados con guirnaldas y con los cuernos dorados. Se degollaba a los animales y luego se partía el cuerpo: Una parte se ponía en el altar para incinerarla ritualmente y la otra se asaba para la comida ritual del sacerdote y los fieles.

 

Festival para Atenea

 

Cada población celebraba anualmente un festival en honor de su deidad patrona. Atenas rendía tributo a Atenea cada cuatro años, con un festival de una semana de duración, llamado Gran Festival Panateneo.

         En él, una procesión ascendía por la cuesta de la Acrópolis llevando un nuevo “peplos” (túnica), para vestir a la antigua estatua de madera de la diosa, puesta en un altar cercano al Partenón.

         En un friso (elemento decorativo), los dioses del Olimpo ocupaban tronos o bancos esperando la llegada de la procesión, presidida por mujeres que portan vasijas de vino. Tras ellas, los hombres conducen ovejas y vacas al sacrificio. Un sacerdote y un niño sostienen el peplo que ofrecen a la diosa, sentada plácidamente, indiferente a los actos de los mortales.

 

Música, vino, mujeres y filosofía

 

A pesar de su interés por el conocimiento, al pueblo griego le gustaba divertirse. Tenía mucho tiempo libre gracias a los esclavos y sirvientes y los ciudadanos (especialmente los hombres)  lo aprovechaban al máximo.

         La principal diversión hogareña era el “simposion” (reunión para beber), a la que asistían los hombres. Se tenía en alta estima la buena conversación y los simposios se iniciaban con una plática acerca de política o filosofía. La reunión se hacía menos seria con la influencia de la comida y la bebida. También participaban cantantes, bailarinas con espadas, bufones, músicos y acróbatas. Generalmente se trataba de esclavas, casi siempre capturadas en las guerras y elegidas como animadoras por su talento y belleza. Los hombres se enamoraban de ellas y tenían hijos con ellas, pero no se les permitía desposarlas.

Las pinturas en vasijas muestran a estas jóvenes bailando y abrazando a los comensales y echando viento a hombres que yacían ebrios en divanes. El escritor Jenofonte describe gráficamente una reunión típica: “La joven comenzó a bailar acompañada por la música de flautas. Entonces se trajo un aro en cuyos bordes había espadas, sobre las que la joven hacía piruetas, entrando y saliendo del aro, mientras los comensales la miraban, asombrados y temiendo que sufriera una herida. Pero ella, temeraria, terminó ilesa su espectáculo”.

         Los acertijos eran populares. Si un invitado no podía resolverlos, tenía que tomar vino con salmuera. Al beber se cantaba canciones, llamadas “skolia”, acompañadas con liras. Los temas de la skolia frecuentemente eran políticos.

         Vino, música y danza iban juntos. En el festival anual para Dioniso, dios del vino, cada una de las diez tribus enviaba un coro de cincuenta niños a una competencia en las que cantaban, bailaban y actuaban mientras sus familias los miraban, orgullosas. Se consideraba que ningún festival estaba completo sin música. Se contaba que Pan, el dios con patas de cabra, hizo su flauta o “sirinx” con cañas de distintos largos, unidas con cera y cuerdas. Las liras constaban de siete cuerdas fijadas con clavijas o correas de cuero, con las que se afinaba el instrumento: “Pasaron entonces junto a los refugios y los barcos donde encontraron a Aquiles, que deleitaba su corazón  con una lira de claro sonido, de espléndida y cuidadosa factura, dotada de un puente de plata que tomó de entre los restos de la ciudad de Eción cuando la destruyó. Con este instrumento Aquiles se daba solaz y cantaba la gloria de sus soldados”.

 

***

 

…Por la madrugada, multitudes de hombres y niños caminaban por los olivos rumbo a la pista y al gimnasio de Olimpia. El sol de agosto y septiembre sería sofocante a mediodía, por lo que valía la pena encontrar un lugar con sombra en las laderas.

Al salir el sol sonaba una trompeta. Los jueces vestidos con túnicas rojas tomaban sus posiciones, los competidores se desnudaban y se untaban el cuerpo con aceite, echaban suertes para las posiciones de arranque y se iniciaba la carrera.

         Cada cuatro años los griegos declaraban una tregua en sus constantes guerras y se reunían en Olimpia, junto al río Alfil, en el Peloponeso. Para los 50.000 espectadores que miraban a los atletas desnudos que competían en las pistas de carreras o en las luchas, los Juegos Olímpicos eran algo más que un alarde de fuerza muscular: Eran también una celebración religiosa en honor de Zeus, padre de los dioses, acompañada de plegarias, himnos y sacrificios.

         Los heraldos visitaban todas las ciudades griegas e invitaban a los ciudadanos a participar en los juegos. Se competía individualmente; las mujeres no participaban, ni siquiera como espectadoras. Los atletas llegaban a Olimpia con un mes de anticipación, para entrenarse luego del viaje. El tercer día de los juegos coincidía con la segunda o tercera luna llena, luego del solsiticio de verano; esto significaba que siempre se celebraba en agosto o septiembre.

El sofocante sol de estos meses no era el mejor para los atletas, pero significaba que las cosechas se habían levantado y que los espectadores, la mayoría campesinos, no podía descansar.

Los primeros juegos duraron un solo día, pero ya en la época clásica se extendieron a cinco. En el primer día se ofrecían votos sagrados. Los competidores prometían no hacer trampas y los jueces juraban ser justos. En el quinto y último día los vencedores recibían sus trofeos: coronas de ramos de olivo, cortadas de un árbol sagrado que crecía junto al templo de Zeus. Después se ofrecía un banquete en su honor.

En sus pueblos de origen esperaban más honores para los atletas victoriosos: se les eximía de pagar impuestos, recibían comidas gratuitas en el salón municipal y se les permitía usar túnicas moradas.

 

 

Los héroes

 

Con su ascendencia mitad humana y mitad divina los héroes o semidioses se erigen en tema de los mitos más populares de la antigua Grecia.

Hay tres especialmente célebres: el ateniense Teseo, vencedor del Minotauro, monstruo con cabeza de toro; Jasón, príncipe de Tesalia, organizador de la expedición de los Argonautas que partió a la conquista del Vellocino de Oro y finalmente, Edipo, rey de Tebas, de funesto destino: mató a su padre, se casó con su madre y se cegó en penitencia.

 

 

La Ilíaday la Odisea

 

Redactadas en el siglo VIII a.J.C., la Ilíada y la Odisea están compuestas de distintos poemas elaborados oralmente en los cuatro o cinco siglos anteriores.

El tema común es la guerra de Troya: la expedición de los griegos, mandados por Agamenón, contra el reino de Príamo y su capital, Troya, defendidos por el valiente Héctor, el hijo del rey.

Se trata de vengar la afrenta infligida a los griegos por el troyano Paris, otro hijo de Príamo, el rapto de Helena, la joven esposa de Menéalo, hermano de Agamenón. De esta lucha, la Ilíada narra las hazañas del mejor de los griegos, Aquiles, el héroe que da muerte a Héctor, con lo que anticipa la caída de la ciudad asediada. Los dioses intervienen apasionadamente: Hera y Atenea del lado griego; Afrodita y Ares, del troyano. Zeus no interviene, ama a Héctor y desea salvarlo, pero debe inclinarse ante el destino y permitir el triunfo de Aquiles.

Tras la ruina de Troya, los griegos que han sobrevivido vuelven a su patria. Ulises, rey de Itaca, tarda diez años en regresar. El relato del viaje es la Odisea. Se reúne al fin con su hijo Telémaco y su esposa Penélope, que ha rehuido el acoso de los pretendientes. La intervención de los dioses explica las dificultades del viaje: sobre Ulises pesan la cólera de Apolo y la venganza de Poseidón. Aunque un Zeus benigno y casi bonachón consiente en que Atenea, por su valor y su ingenio, le proteja.

 

 

Medicina

 

Los griegos consideraban la enfermedad como un mal enviado por los dioses, a quienes les pedían la cura.

Desde el siglo V a. C., se difundió en el mundo griego el culto a Asclepio, dios de la medicina. Los peregrinos acudían a los santuarios en la isla Cos, en Pérgamo (Asia menor) y en Epidauro, donde se conservan un templo, un teatro y edificios rituales. El dios se aparecía a los peregrinos en sueños que eran interpretados por los sacerdotes, que recetaban tratamientos como dietas, gimnasia y baños. A partir de estos tratamientos, se desarrolló un sistema basado en la observación científica, que sigue siendo fundamento en la medicina moderna.

El juramento de Hipócrates de Cos, que definió los deberes del médico hacia su paciente, es la base de la ética médica. La medicina y la cirugía progresaron gracias al estudio del funcionamiento del cuerpo humano. La medicina perdió sus elementos mágicos; la anatomía y la investigación tuvieron más importancia.

 

Vida después de la muerte

 

Los griegos creían en la vida después de la muerte, pero la consideraban inferior a la vida terrena. Ellos creían que el alma del difunto llegaba a los infiernos, vasto dominio subterráneo en el que reinaban Hades y Perséfone. Para ello el cuerpo se consumía en el fuego, dejando libre el alma. Conducida ésta por Hermes, franqueaba el umbral de los infiernos que guardaba el monstruoso perro Cerbero y llegaba al Estigia, río de aguas negras que Caronte le ayudaba a atravesar en su barca; un óbolo (moneda de poco valor), introducido en la boca del difunto, le servía para pagar al barquero. Luego era juzgado por un tribunal que presidían Minos, Eaco y Radamantis, a cuyo término le aguardaban dos posibilidades: verse precipitado al abismo del Tártaro para sufrir espantosos suplicios, o ser admitido a vivir eternamente en los Campos Elíseos, un lugar donde la brisa era suave y donde el alma podía vagar entre las praderas.

         A veces los cuerpos eran sepultados, pero generalmente se cremaban y se enterraban las cenizas con las posesiones que usarían en la vida siguiente. Un banquete seguía al funeral.

 

La piedad de los griegos

 

En la vida diaria, los griegos veneraban a una multitud de divinidades secundarias: ninfas o diosas de las fuentes, divinidades de prados y de bosques, nereidas o diosas del mar, etc. Le pedían buenas cosechas y protección contra las pequeñas y grandes desgracias de humano vivir. Asimismo, rendían culto a uno o varios dioses principales: a Apolo en un lugar, a Atenea o a Hera en otro y a Zeus casi invariablemente. Los imaginaban semejantes a los hombres, pero poco a poco dejaron de verlos como unos grandes señores hedonistas y pendencieros.

Los dioses y sobre todo Zeus, se convirtieron en los garantes del bien y de la justicia, castigaban al malvado y recompensaban al virtuoso.

         Sin embargo, nada justificaba la desdicha y la muerte. Como Isis y Osiris en Egipto, los dioses consoladores, los que prometían la inmortalidad, fueron objeto de un culto creciente. Uno de ellos era Dioniso, asociado a Demeter, quien participaba en los ritos de su santuario de Eleusis, cerca de Atenas, podía escapar de la muerte. Otra fuente de esperanza era Orfeo, el legendario músico, el inconsolable esposo de Eurícide, muerta por una serpiente, tras bajar en su busca a los infiernos, la había perdido para siempre por haber desobedecido a los dioses, que le habían prohibido volverse hacia ella. Su ejemplo de héroe sufriente, por un instante vencedor de la muerte, era también una promesa de inmortalidad.

 

Talón de Aquiles

 

El mito nos ofrece una gran cantidad de historias sobre la relación padres e hijos. Desde las jocosas peleas de los dioses del Olimpo a los trágicos destinos de las dinastías reales, la imaginación humana ha encontrado siempre solaz e iluminación en crear relatos sobre madres, padres e hijos y el misterio de lo que nos une a todos por medio de indestructibles hilos emocionales.

No hay conflicto padre-hijo que no tenga una contrapartida mítica y una solución que no se halle reflejada en las narraciones míticas. Como por ejemplo, Tetis, la diosa madre que desea que su hijo sea divino como ella, en lugar de mortal como su padre, es también una imagen de una cierta actitud hacia el cuidado excesivo. Si una madre desea poseer a su hijo totalmente y no desea o no es capaz de compartir el amor de su hijo, pueden derivarse muchos problemas.

La expresión “el talón de Aquiles” tiene relación con las ideas arriba mencionadas y se remonta a la historia de Tetis, la gran diosa del mar. Gobernó sobre todo lo que se movía en sus profundidades, pero al llegar el tiempo de casarse, Zeus, el rey de los dioses, había recibido una profecía que le advertía de que si Tetis se casaba con un dios, tendría un hijo que sería más grande que el propio Zeus.

Preocupado por no perder su posición, Zeus casó a la diosa del mar con un hombre mortal llamado Peleo. Este matrimonio mixto no resultó mal y ambos se adaptaron con relativa facilidad aunque, a veces, Peleo se quejaba de los poderes sobrenaturales de su esposa, y ésta, a veces sentía que su casamiento no había estado a la altura de su condición. A su debido tiempo, Tetis tuvo un hijo a quien puso por nombre Aquiles.

Por ser hijo de padre mortal, también era mortal y la duración de su vida fue establecida por las Parcas, como ocurría con todos los seres mortales. Pero Tetis no estaba satisfecha con esta situación. Como era inmortal, no deseaba permanecer eternamente joven mientras veía a su hijo envejecer y morir. Así es que decidió llevarlo en secreto a la laguna Estigia, en cuyas aguas se halla el don de la inmortalidad.

Una vez allí, sostuvo al niño por un talón y lo sumergió en las aguas creyendo que de este modo lo haría inmortal. Pero el talón por donde lo había sujetado no tuvo contacto con el agua de la Estigia y, como consecuencia, el cuerpo de Aquiles quedó vulnerable en ese preciso lugar. Cuando alcanzó la edad adulta y tomó parte en la guerra de Troya, Aquiles recibió una herida mortal causada por una flecha en el talón. Aunque Aquiles alcanzó una gran gloria y fue recordado para siempre, Tetis no puso engañar a las Parcas ni convertir lo que es humano en sustancia divina.

 

Bibliografía:

Ø “Dioses mitológicos”, Edimat Libros, 1999, Madrid, España

Ø “Hábitos y costumbres del pasado”, Reader’s Digest, 1996, Madrid, España

Ø “Historia de la mitología griega”, Jean Richepin, Edicomunicación, 2002, Barcelona, España

“Las metamorfosis”, Ovidio, Edicomunicación, 1999, Barcelona, España

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