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Mitología. Ciencia y espiritualidad (1/2)

Autor: Sandra C Rogel B
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|486 alumnos|Fecha publicaciýn: 19/01/2011
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Capýtulo 20:

 Espiritualidad y Mitología de los pueblos antiguos. Egipcios

La religión tenía un papel vital en todos los aspectos de la vida egipcia. Había dioses de la tierra, del aire y del agua y deidades responsables de todas las etapas de la vida, del nacimiento a la muerte. Los dioses más poderosos, como Amón, Hator y Osiris, eran adorados en todo el país y tenían enormes templos en sus ciudades “sede”. Otros, como Meretseguer, que vivía en la cima oeste desde la que se denomina el Valle de los Reyes, tenían cultos locales en los distintos distritos.

         Había dioses menores relacionados con aspectos domésticos y acontecimientos como un nacimiento. Estas deidades no tenían templos, pero las adoraba gente de todas las clases y se les rendía culto en los altares que había en cada lugar. Así, muchas de las plegarias de los egipcios no se dirigían a los dioses de los templos, sino a las estatuillas de las deidades favoritas que tenían en casa.

Dos deidades populares eran Bes, dios de la familia y de los recién nacidos y Taweret, diosa de las mujeres embarazadas, que tenía la forma de un hipopótamo hembra preñado y a ella se le pedían partos sanos.

         Los numerosos dioses y diosas egipcios tenían varias formas. Algunos eran representados como humanos, pero vestían un atuendo y ornatos característicos. Otros tenían la forma de los animales o aves asociados con ellos o cuerpo humano con cabeza del animal sagrado. Sobek, el dios del agua, estaba representado por un cocodrilo y Anubis, dios de los momificadores, tenía cabeza de chacal.

 

La casa de los dioses

 

Los templos egipcios eran la casa terrena de la deidad, donde los dioses hacían contacto con los humanos por medio de estatuas, cuidadas por leales sirvientes.

Junto al templo, donde estaba el santuario (pues ahí vivía el dios), había oficinas, estaba la “casa de la vida”, donde se copiaban y guardaban los libros y había talleres y un estanque sagrado, del que se extraía agua para las ceremonias. Un alto muro rodeaba todo el conjunto.

         Los templos eran administrados por los sacerdotes, pues podían casarse y ocupar puestos seglares. Los templos más grandes tenían un sumo sacerdote residente y varios ayudantes. En los templos regionales, a veces campesinos y artesanos actuaban como sacerdotes. El sacerdote servía durante un mes, tres veces al año. Al cumplir su función, debía mantenerse totalmente puro. Se afeitaba todo el vello del cuerpo, se bañaba varias veces al día, evitaba vestirse de lana y se abstenía de comer ciertos alimentos. Cuando no oficiaban en rituales, los sacerdotes cumplían labores como dirigir las propiedades del dios y sus talleres y organizar empresas comerciales y mineras.

Algunos sacerdotes eran especialistas en materias como astronomía y astrología o interpretación de los sueños.

         El templo tenía otros empleados: sacerdotisas que cantaban himnos y tocaban cascabeles de metal llamados “sistra”, durante las ceremonias y también músicos profesionales, así como cantantes y bailarines. Había panaderos, vinateros, carniceros y cocineros que preparaban los alimentos que se ofrecían al dios.

En los talleres trabajaban los artesanos; el trabajo manual era desempeñado por empleados de limpieza y un ejército de esclavos.

Las sumas para pagar sueldos, impuestos y mantenimiento provenían, en su mayor parte, de las rentas que pagaban los campesinos por cultivar las tierras del templo. Los egipcios comunes entraban al templo sólo en ocasiones muy especiales, para las cuales tenían que purificarse ritualmente. Por lo general, rezaban en la entrada del templo, desde donde dirigían sus plegarias a enormes estatuas del faraón reinante, quien, como hijo de los dioses, actuaba de intermediario entre éstos y su pueblo. Incluso los devotos más humildes confiaban en que los grandes dioses escucharían y accederían a sus peticiones. Era común que pusieran en las paredes del templo una piedrecilla decorada con asas: era una ofrenda al dios y, al mismo tiempo, un recordatorio.

 

Amuletos y oráculos

 

Los egipcios usaban amuletos para protegerse de daños en esta vida y en la venidera. Eran de distintos materiales y representaban deidades o símbolos sagrados. Algunas de las piedras semipreciosas con las que se hacían los amuletos, como el lapislázuli, tenían propiedades curativas. Los egipcios también usaban la magia en forma de hechizos para proteger a sus hijos o para atraer a la persona amada.

         Todo egipcio consultaba oráculos, era una forma de resolver problemas familiares y de trabajo, así como de dirimir disputas legales cuando ninguno de los bandos cedía. En la puerta del templo, un escriba anotaba las preguntas, formulándolas cuidadosamente para que fueran respondidas con un sí o un no. Un sacerdote llevaba la pregunta ante la estatua del dios del santuario y, posteriormente, el dios la “respondía”…

         Otros preferían consultar un animal sagrado. Si una deidad estaba estrechamente relacionada con un animal o ave, se conservaba en el templo un ejemplar vivo de la especie. Las respuestas a las preguntas se interpretaban a partir de sus movimientos.

Los sacerdotes veían “objetivamente” los problemas del devoto y en los templos locales conocían a la gente involucrada y el trasfondo del caso. Algunos sacerdotes aceptaban sobornos, pero la mayoría eran creyentes honestos que oraban y ayunaban y se purificaban antes de cumplir su deber. Cuando daban consejos, creían que sus movimientos y gestos eran inspirados por los dioses.

 

 

Festivales para ganar puntos

 

En los festivales, la estatua del dios era sacada del templo y puesta en una barca, para que todos le hicieran una pregunta. La respuesta era dada por medio de vaivenes de la barca, que a veces iba tan pesada que los pasajeros se mojaban hasta las rodillas.

         Los festivales religiosos proporcionaban una salida espiritual y emocional, así se tratara de asuntos locales o de los ritos de grandes dioses del Estado, que atraían peregrinaciones de todo Egipto.

El pueblo participaba en procesiones, adoraban al dios festejado, le hacían ofrendas y tal vez consultaban al oráculo. Asistir al festival significaba un punto a favor en el otro mundo y en el caso de los enfermos, siempre existía la posibilidad de una cura milagrosa.

 

La muerte y el juicio

 

Los egipcios dedicaban mucho tiempo, esfuerzo y recursos a prepararse para el otro mundo. Para ellos, la vida terrena solamente era un sueño fugaz y pasajero, en tanto que la vida en el oeste (el reino de Osiris, dios de los muertos) era eterna.

         Para gozar de la eternidad, el cuerpo debía sobrevivir. Cuando moría un egipcio, los embalsamadores recogían el cuerpo y lo llevaban en bote a su taller, donde lo trataban. Estos extirpaban el cerebro y los órganos internos y los guardaban en vasijas. Secaban el cuerpo rellenándolo con una sal, llamada natrón, o lo untaban con conservadores. Preparaban el cuerpo para la tumba rellenándolo con lino, lo embellecían y lo envolvían con vendas.

         Se ponían en la tumba comida y bebida y las pertenencias personales del difunto, para asegurar su comodidad en el otro mundo. La tumba podía ser una simple fosa en la arena, un elaborado edificio de piedra o un conjunto de habitaciones talladas en la roca viva y decoradas con escenas de la vida diaria, del funeral y del mundo venidero. Estas escenas daban mágicamente al difunto lo necesario para satisfacer sus necesidades en el otro mundo. El funeral era una gran labor ritual destinada a que el difunto partiera con bien al otro mundo. Mientras tanto, el fallecido era llevado sobre el río de la muerte y debía pasar por el inframundo, enfrentando peligros y demonios en el camino.

Para que pudieran sortearlos, los difuntos usaban los hechizos e instrucciones de “El libro de los muertos” que se depositaba en su tumba. Quienes convencían a los 42 asesores de que no habían cometido ninguno de los 42 “pecados mortales”, podían entrar a la sala de juicios de Osiris. Ahí se comparaba el peso del corazón del difunto con el de la Pluma de la Verdad y finalmente se dictaba la sentencia.

 

Osiris, Isis y Horus

 

Osiris era un dios más alto que los humanos. Tomó por esposa a su hermana Isis, diosa de la Luna. Juntos enseñaron a Egipto la fabricación de utensilios agrícolas y la elaboración de pan, vino y cerveza. Osiris edificó los primeros templos y esculpió las primeras imágenes divinas, enseñando de este modo a los seres humanos lo que eran los dioses. Le llamaban “el bueno” porque era enemigo de la violencia. Pero no transcurrió mucho tiempo antes de que Osiris fuera víctima de un complot por parte de su malvado hermano menor, Set, que estaba celoso de su poder. Set era salvaje, había provocado su salida prematura del vientre de su madre y estaba determinado a gobernar el mundo en lugar de Osiris. Invitó a Osiris a un banquete y después lo asesinó, encerrando el cadáver en un arca que después arrojó al Nilo. Cuando Isis oyó la noticia de que Osiris había sido asesinado, quedó abrumada por el dolor. Se cortó el cabello, rasgó sus vestiduras y, de inmediato, se lanzó  a la búsqueda del cofre. Este había sido llevado mar adentro y arrastrado por las olas hasta Biblos, yendo a parar bajo las ramas de un tamarisco.

El árbol creció tan rápidamente que el cofre quedó totalmente rodeado por el tronco. Mientras tanto, el rey Biblos había ordenado que el árbol fuera talado para que sirviera de soporte al techo de su palacio.

Una vez ejecutada la orden, el maravilloso árbol esparció un aroma tan exquisito que su reputación llegó a oídos de Isis. Ésta, de inmediato comprendió su significado. Sin demora, se puso en camino de Biblos, sacó el cofre del tronco y lo llevó de regreso  a Egipto, pero Set, conociendo lo que se estaba tramando, fue en busca del arca al pantano donde Isis lo había escondido, lo abrió y descuartizó el cadáver de su hermano en catorce pedazos, esparciéndolos por todas partes.

Isis no se sintió desalentada. Buscó los preciados fragmentos de su esposo y los encontró todos, excepto el falo, que se lo había tragado un pez del Nilo. Como bruja poderosa, la diosa reconstruyó el cuerpo de Osiris uniendo todos los fragmentos y haciendo un nuevo falo de arcilla. Después realizó los ritos de embalsamamiento para que el dios asesinado pudiera regresar a la vida eterna. Mientras este dormía aguardando su renacimiento, Isis se acostó con él y concibió al divino hijo Horus, quien al nacer fue comparado con un halcón cuyos ojos brillaban con la luz del sol y la luna.

 

***

 

La Esfinge… Su cuerpo de león y su cabeza de hombre (¿o de mujer?) forman un conjunto extraordinario, mientras sus ojos miran sin descanso hacia el Este, hacia el horizonte de esas tierras milenarias, acentuando el contraste con el bullicioso Cairo que late a pocos kilómetros de su maltrecho cuerpo… Para unos, su significado debiera relacionarse con la motivación religiosa que le dio existencia, dentro del contexto del culto al sol de los antiguos egipcios y sus creencias sobre la vida del más allá… ¡Quién sabe! Lo único seguro pareciera ser que la gran Esfinge aún no ha terminado de proponernos su último acertijo…

         Su capacidad de fascinación viene de muy lejos y, como el aroma de los buenos vinos,  parece incrementarse con el paso irrefrenable de las centurias. Cuando empezó a considerarse que era un dios, fue el único a quien el pueblo egipcio pudo ver, puesto que el resto de sus dioses, escondidos en lo más profundo de sus templos, sólo se dejaba visitar por los sacerdotes.

 

Los siete sabios

 

El enigma sobre los constructores de la Esfinge se multiplica por la existencia en el templo de Edfú, de unos jeroglíficos grabados en las paredes y conocidos como Textos de la Construcción. En ellos se habla se siete sabios misteriosos que llegaron a Egipto huyendo de una isla destruida por una gran inundación. Ellos planificaron e iniciaron los trabajos de construcción en un gran montículo identificado por los especialistas como la roca natural de Giza sobre la que se erigió la Esfinge. Según estos mismos jeroglíficos, la cultura que estos sabios poseían fue transmitida de generación en generación a través de una sociedad secreta llamada los Señores de la Luz.

         La historia mítica de los “siete sabios” ha servido para alentar la arriesgada tesis de que la antigua civilización egipcia fue directa heredera de los supervivientes de la Atlántida, el continente mítico.

         Los faraones egipcios creían ser una encarnación de un dios solar y elegían por ello la forma de esfinge para representar alegóricamente la naturaleza divina de sus ser. Existen de hecho otras muchas esfinges en Egipto, similares a la de Giza, cabeza humana y misteriosa mirada, aunque con cuerpo de león alado (algo que induce a pensar que la Esfinge también pudo tener alas en un principio…) cuyos rostros pertenecen a distintos faraones y representan el poderío soberano, implacable con los enemigos y benevolente y protector con sus seguidores.

         El rostro barbudo de muchas de ellas indica también que simbolizan dioses o reyes solares dotados físicamente de los mismos atributos que el león, animal poderoso y pronto a combatir, asociado a la fuerza irresistible de la materia enardecida por el espíritu; mientras que la cabeza humana significaría la fuerza intelectual que habría de controlar ese vigor físico. En este sentido cabe señalar que los egipcios solían representar a sus divinidades con la forma del animal al que estaban asociadas, aunque al ir evolucionando la religión, las imágenes de los dioses, al contrario que en la Esfinge, adquirieron cuerpo humano y conservaron la cabeza de animal.

         Es el caso del toro asociado a Apis, del halcón unido a Horus, del macho cabrío asociado a Ra y Osiris, o de la serpiente emblema de Seth y de Horus a la vez.

Por otro lado, en el caso del león, se sabe que este animal estaba asociado a las primigenias divinidades femeninas de Sekmet, Tefnet y Metí, llamadas también las diosas leonas y queda la duda de que la Esfinge representara en realidad a una de ellas, una incertidumbre que aumenta al no haber podido determinar si el rostro de la estatua fue originariamente de hombre o mujer.

 

 

El Molino de Hamlet

 

Existe la antigua creencia que en un tiempo muy remoto, el Nilo estaba dominado por los Shemsu-Horus o Compañeros de Horus, seres semidivinos que poseían conocimientos avanzados heredados por los sacerdotes egipcios y que para la imaginación de ciertas personas bien podrían haber sido descendientes de los supervivientes de la Atlántida.

El caso es que, en los templos como Edfú o Dendera, existen jeroglíficos que indican que fueron construidos sobre otros elevados anteriormente por los Shemsu-Horus y que estaban orientados hacia Sirio y Orión, constelaciones adoradas por estos seres.

Probablemente influidos por datos y creencias y basándose en otros supuestos observatorios astrológicos ancestrales, no han sido pocos los investigadores que han querido ver en todo el conjunto arquitectónico de Giza un reflejo del mapa celeste existente en el momento en que fue planificado. Entre ellos cabe citar al profesor Giorgio Santillana y la doctora Hertha von Dechend.

En los años sesenta ellos señalaron en su obra “El Molino de Hamlet” que las pirámides y la Esfinge encierran, en un lenguaje simbólico matemático, las claves de la danza estelar y su influencia sobre la humanidad. Dentro de este contexto, la Esfinge tendría el contenido de recordar que la obra arquitectónica de Giza fue erigida aproximadamente hace diez mil años, cuando el Sol aparecía durante el primer día de primavera, entre las constelaciones de Leo y Virgo, por ello la estatua miraría hacia el Este, tiene el cuerpo de león y su rostro sería el de una joven virgen. Ambos eruditos también argumentan en su obra que si las construcciones de estos monumentos quisieron legarnos de forma tan imperecedera sus conocimientos astronómicos fue para avisarnos de las grandes catástrofes que, según las hipotéticas creencias de aquellos constructores,  antecederían y sucederían a cada cambio estelar.

 

Mitos y leyendas sobre las pirámides

 

Existen muchos mitos y leyendas que hablan del origen de las pirámides y de los dioses egipcios. Uno de ellos es el que puede leerse en un texto del historiador árabe Maqrizi, nacido en 1360, titulado “De las Adveterncias”.

Un fragmento de ese texto dice que el faraón Surid ben Sahlung tuvo un sueño que fue interpretado por los sacerdotes como presagio de un diluvio asolador, por lo cual el faraón ordenó que se construyeran las pirámides, trazando en ellas corredores que serían inundados por las aguas del Nilo, hasta un determinado punto y luego derivarían hacia otras zonas del oeste. Después, el faraón ordenó también que las pirámides fueran llenadas de toda clase de riquezas y talismanes y que fueran depositados en ellas los cuerpos de los reyes. Estas órdenes fueron seguidas por los sacerdotes, que hicieron escribir por todos los lugares las ciencias conocidas por los egipcios y así se escribieron los nombres de las estrellas, las drogas y sus propiedades y efectos nocivos, las fórmulas matemáticas, la ciencia de la arquitectura… En definitiva, todas las ciencias conocidas.

         En la pirámide de Keops se construyeron estancias para representar el Sol y las estrellas y en ellas se guardaban todas las realizaciones de estatuas, los libros, el mapa de las estrellas fijas, la lista de los acontecimientos de épocas remotas influidos por las estrellas y el momento en que se deben examinar para prever el porvenir. Además, se quemaban perfumes para los planetas y se depositaban los pilones para contener el agua mágica.

En el interior de la pirámide pintada fueron colocados los cuerpos de los sacerdotes, dentro de sus féretros de granito negro y junto a cada sacerdote había un libro detallando las maravillas del arte que habían practicado, los hechos de su vida, lo que había sido y será desde el principio de los tiempos hasta el final. El relato de Maqrizi, describe también que en cada una de las caras de las pirámides se representaron los personajes que realizaban los distintos trabajos, situados por orden de importancia y dignidad.

La representación de estos personajes iba acompañada de la descripción de los distintos oficios, de sus herramientas necesarias y de todo lo relacionado con ellos. Así, sin omitir ninguna ciencia, todas fueron dibujadas y descritas. En la pirámide fueron depositados los tesoros de los planetas, lo que había sido dado a las estrellas y los tesoros de los sacerdotes. El conjunto constituía una incalculable fortuna material y de saber.

Todo se hizo en cada una de las tres pirámides y a cada una se le asignó un guardián. En una se colocó una estatua como custodia, que tenía en la mano una especie de lanza o jabalina y como casco tenía una víbora enrollada que se lanzaba sobre cualquiera que se acercara a la estatua, enredándose en el cuello hasta matarlo, para volver después a su sitio. En otra, la estatua que la custodiaba tenía manchas blancas y negras, con ojos muy abiertos y brillantes; se mantenía sentada en un trono y sujetaba también una jabalina. Si alguien se aproximaba y la miraba, la estatua profería un gruñido terrorífico que hacía caer muerto al intruso. Y la tercera pirámide estaba guardada por una estatua que representaba un águila; si alguien la miraba, era atraído fuertemente por ésta hasta quedar pegado a ella y cuando ya estaba muerto, se desprendía. Después de cumplir todas estas órdenes, las pirámides fueron rodeadas de espíritus y se hizo una ceremonia para degollar víctimas con el fin de proteger las pirámides de todo aquel que quisiera llegar a ellas; sólo podían hacerlo los iniciados, que llevaron a cabo las órdenes del faraón.

 

Iniciaciones sagradas

 

En aquellos tiempos tan remotos, no era fácil poseer la sabiduría de los sacerdotes. Era necesario pasar por muchas y difíciles pruebas, por lo que se trataba de personas elegidas por su fortaleza moral, su inteligencia, su nobleza y su deseo de aprender los misterios del más allá, de la vida y de la muerte. Los altos dignatarios de la sabiduría eterna únicamente transferían los conocimientos a los que eran muy capaces de asimilarlo y esto se hacía mediante un filtro, naturalmente secreto y hermético.

         Algunos indicios de esas pruebas han llegado hasta nuestros días y puede verse que tenían que atravesar muchos obstáculos, el último y el más difícil era la Cámara Funeraria del Rey.

Consistía en que debía permanecer en ella encerrado durante siete días y siete noches, sólo con un poco de agua y muy poca comida, permaneciendo solo y en silencio sepulcral y en medio de visiones fantasmagóricas producidas por su propio miedo. Si vencía este miedo durante los siete días, los sabios sacerdotes lo recibían y empezaban a transmitirle todos sus secretos sobre el más allá.


Bibliografía:

Ø “Dioses, mitos y héroes orientales”, Editorial Humanitas, 1992, Barcelona, España

Ø “Antiguo Egipto”, Paul Jonson, Editorial Vergara, 1999, Buenos Aires, Argentina

Ø “Misterios de la arqueología”, Nº7 y Nº8, 2000, Barcelona, España

Ø “Larousse temático universal”, 2001, Bogotá, Colombia

“Hábitos y costumbres del pasado”, Reader’s Digest, 1996, Madrid, España

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