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Mitología. Ciencia y espiritualidad (1/2)

Autor: Sandra C Rogel B
Curso:
|486 alumnos|Fecha publicaciýn: 19/01/2011
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Capýtulo 17:

 Espiritualidad y Mitología de los pueblos antiguos. Asirio-babilónicos

Durante largos siglos, de la antigua Mesopotamia, donde se alzaron las ciudades de Sumer y los imperios de Babilonia y Asiria, sólo se conservaban unos cuantos datos o imágenes extraídos de la Biblia: la torre de Babel y la ciudad de Babilonia con sus prostitutas sagradas. Pero a partir de 1850-1860, con medio siglo de retraso respecto de Egipto, se entró en una fase de descubrimiento sistemático, con el hallazgo de numerosos objetos de culto, estatuas y grabados de todo tipo. Los arqueólogos tuvieron serias dificultades para explorar y reconstruir sus monumentos, pues sus muros de ladrillo estaban desmoronados y convertidos en polvo. Pero, en cuanto aprendieron a descifrar la escritura cuneiforme, se vieron abrumados por una ingente masa de documentos. Conservados en decenas de miles de tabletas de arcilla, reproducían textos litúrgicos, plegarias, exorcismos  y oráculos, textos administrativos y contables referentes a la vida cotidiana en los templos, junto a fragmentos de obras maestras de la literatura, como el relato de la Creación o la epopeya de Gilgamesh.

En apenas unas décadas de investigación, los estudiosos pudieron discernir la presencia de varias grandes civilizaciones. A la de los sumerios sucedieron las culturas semíticas, cuyo papel en la formación de las religiones del antiguo Oriente fue primordial.

 

Principales dioses

 

Si se cuentan las divinidades adoradas en Mesopotamia, se llega a cifras impresionantes de entre 3000 y 4000. Al igual que en Egipto, cada aldea tenía sus propios dioses, lo que no impidió que, al unificarse el país, emergieran grandes personalidades divinas.

         Tres dioses estuvieron presentes a lo largo de los milenios que van desde Sumer al final de la Antigüedad: Anu, dios del cielo, cuyo principal santuario estaba en Uruk; Enlil, señor del destino y del poder real; Ea, señor de las aguas, representado por una quimera con cuerpo de cabra y cola de pez.  A ellos sumaban los fieles otras divinidades antes secundarias: Adad, presente en el rayo, dios de la Tempestad, responsable del Diluvio; Samas, el dios sol que cada mañana emergía del suelo y se abría paso con su sierra, dios de la Luz y a la vez de la Justicia. Y estaba también Marduk, el dios de Babilonia, representado como un dragón.

Tras cobrar importancia cuando Hammurabi, rey de Babilonia, dominó Mesopotamia, Marduk sobrevivió al imperio y, poco a poco, servido por un clero notable, se encaramó a la cabeza del panteón; en vano tratarían los asirios de suplantarlo por Azur, su dios nacional.

         Las diosas eran casi tan numerosas como los dioses. Ninguna tenía un poder equivalente al de Astarté, diosa guerrera del Amor y de la Fecundidad. Simbolizada por el planeta Venus, próxima al sol, se le representaba alada, acompañada de un felino y, con frecuencia desnuda, portando armas o, sobre todo, espigas y vasijas de agua.

         Todas estas divinidades tenían rostros y pasiones humanas; disputaban, mentían y luchaban entre sí. Pero la gente los concebía inmortales, sublimes, todopoderosos. Frente a ellos, el hombre era “una caña que curva la tempestad”. Todos le era debido: templos magníficos, sacrificios ricamente provistos. Y había que inclinarse humildemente ante la manifestación de su cólera: la guerra, el hambre, la enfermedad, de las que eran artífices los demonios y los genios maléficos desencadenados. Porque en ellas había que ver la ira divina, la consecuencia de una falta, consciente o ignorada. En Mesopotamia surgieron los primeros salmos penitenciales, en los que el fiel imploraba perdón.

 

Ritos, templos, sacrificios

 

No existió un reino de Osiris para los difuntos. En los infiernos reinaba el terrible Nergal y allí vivían eternamente a oscuras las almas de los muertos, alimentándose de polvo y de barro.

El tema de la Epopeya de Gilgamesh, rey de Uruk, inconsolable por la muerte de su amigo Enkidu, es la búsqueda de la inmortalidad que, en definitiva, se le niega. Y siguiendo sus huellas, todos los hombres han de someterse a su destino y esperar sólo una larga vida no turbada por la cólera de los dioses.

En Mesopotamia, los templos eran tantos y tan grandes como en el antiguo Egipto. A la imagen del dios, venerada en la cámara más recóndita, se le presentaban ofrendas diarias de alimentos, perfumes, oraciones y cánticos. Y, al igual que en Egipto, los sacerdotes eran personas especializadas que habían pasado un largo período de formación y que, en particular, dominaban la escritura: todos habían sido escribas.

Entre tales especialistas había dos grupos que llaman nuestra atención: el de de los exorcistas, que conocían las palabras capaces de poner en fuga a los demonios (y expulsarlos de los cuerpos enfermos; los mejores de entre ellos eran médicos); y el de los adivinos, que discernían las señales usadas por los dioses para hablar a los hombres: entrañas de animales sacrificados y fenómenos celestes (la posición de los astros, por ejemplo).

Al final de la Antigüedad, Mesopotamia desarrolló la astrología, y en adelante, las palabras “caldeo” y “mago” se consideraron sinónimas.

 

Amuletos babilonios y asirios

 

Los sumerios y más tarde los babilonios ocuparon a Mesopotamia por varios miles de años. Ellos fueron pueblos muy sabios en cuanto a la magia y la practicaron en todo tipo de formas en su vida cotidiana. Vivían con un constante miedo hacia los espíritus malignos y utilizaban innumerables sortilegios y encantos para protegerse contra esas fuerzas. Dentro de las cosas que utilizaban estaban una gran cantidad de amuletos diseñados para rechazar el mal de ojo.

         Los amuletos más arcaicos generalmente eran de forma animal. La rana, símbolo de fertilidad, fue un amuleto popular representado usualmente en arcilla pulida. El toro también fue símbolo de fertilidad y virilidad, así como lo fueron el cerdo, el carnero y el caballo. Los leones fueron símbolos de fortaleza y se emplearon para vencer al enemigo. Cuando se utilizaban figuras animales como amuletos, se reforzaba el poder mediante el grabado de algunos diseños protectores.

         Los sellos cilíndricos también fueron amuletos muy populares. Estaban hechos de piedras preciosas y semipreciosas, tales como el jade, jaspe, ágata, topacio, lapislázuli y amatista. Se creía que cada piedra tenía el poder de proteger a su dueño contra el mal y de traerle buena suerte. Por ejemplo, se pensaba que un sello fabricado con lapislázuli “poseía un dios y que el dios se regocijaría” mientras que un sello de cristal de roca haría que un hombre prosperara en todos sus asuntos y le traería riqueza.

         El sello cilíndrico no sólo se utilizaba como sello, sino también como amuleto. Cuando se utilizaba como sello, se presionaba contra la arcilla mojada y, al secarse, quedaba inscrito el nombre del dueño y el diseño del sello sobre la tableta. Estos elementos se utilizaron en negocios y para firmar contratos. Cuando no se empleaba para firmar, el sello se cargaba como un amuleto.

         Los sellos cilíndricos algunas veces se grababan con oraciones y escenas religiosas, de las cuales la más común fue la que representaba a Gilgamesh y Enkidu, “peleaban las bestias”. Para crear este tipo de amuleto, se cortaba el bosquejo y luego se utilizaba un taladro para producir piezas dentadas. El material más utilizado en la fabricación de los sellos fue la piedra caliza

         Otras formas de amuletos que emplearon los sumerios y babilonios fueron las figuras profilácticas de dioses, hombres, animales y reptiles. Algunos de los más famosos de estos amuletos son las figuras humanas con cabeza del león y alas elaboradas en terracota.

         Los asirios eran aficionados a enterrar en sus casas las figuras de perros de varios colores. La creencia que hay detrás de esta costumbre era que los espíritus de los perros prevenían la entrada de personas o espíritus malignos. Generalmente se enterraban diez figuras, cinco a cada lado de la casa.

         En Ur de Caldea había estatuas de dioses en la entrada de las casas. Cada estatua estaba guardada en una pequeña cada acompañada de trozos de comida, tales como granos o pájaros pequeños. Las figuras se hacían de arcilla horneada y se cubrían con una capa delgada de cal, sobre la cual se hacían grabados con tinta negra.

         De todos los espíritus temidos por los babilonios, el más terrible era una mujer-demonio porque se apegaba a las mujeres embarazadas y a niños pequeños. Su nombre era Lamashtu o Labartu y era la hija del dios Anu. Ella está representada en placas de metal y de piedra. Los babilonios emplearon piedras especiales en forma de cilindro para contrarrestar los poderes malignos de Lamashtu. Estas piedras se ataban con cuerdas de colores a varias partes del cuerpo y algunas veces tenían que permanecer en su posición hasta por cien días.

 

Talismán Tierra de Ur

 

La antigua ciudad de Ur, es la tierra sagrada que pisaron el “primer hombre y la primera mujer”.       En Ur los sumerios rendían culto y adoraban a la luna; así, el talismán Tierra de Ur, encierra todo el poder de la luminaria luna, además de las virtudes naturales de la tierra de las antiguas civilizaciones mesopotámicas, sumerias y caldeas, alcanzando su máxima energía en dirección sur.

         En sus entrañas, la ciudad estado de Ur, escondía un preciado tesoro, piedras preciosas, joyas y objetos de arte fabricados con oro, plata y bronce, que llevaba oculto aproximadamente desde el año dos mil seiscientos, antes de nuestra era, y se descubrió en la primera mitad del siglo veinte. De este modo, el talismán Tierra de Ur guarda en su interior el tesoro más preciado, los poderes y virtudes que socorren del infortunio, libran de la desgracia, apartan de la calumnia y la mentira, alejan la envidia, la avaricia y el odio, eliminan las vibraciones negativas, tanto las que provienen del exterior como aquellas que están alojadas en el interior de la propia mente.

Bibliografía:

Ø “Amuletos y talismanes”, Migene González-Wippler, Editorial Llewellyn Español, USA

Ø “Magia, hechizos y ceremonias”, Migene González-Wippler,  Llewellyb Español, 2000, U.S.A.

Ø “Mesopotamia y el antiguo oriente medio”, Vol. I y II, Ediciones Folio, 1993, España

Ø Enciclopedia Temática Universal, Editorial Larousse, 2001, Colombia

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