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Mitología. Ciencia y espiritualidad (1/2)

Autor: Sandra C Rogel B
Curso:
|486 alumnos|Fecha publicación: 19/01/2011
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Capítulo 15:

 Espiritualidad y Mitología de los pueblos antiguos. Africanos

Africanos

África es un mundo muy diverso, en el que las creencias varían con las formas de civilización. Sin embargo, cabe hablar de religiones africanas tradicionales en la medida en que la relación con la tierra domina el sistema del pensamiento y de creencias.

La religión contempla, sobre todo, la permanencia y la renovación de la vida. La sociedad está formada por la sucesión entre los antepasados, los vivos y los hijos que han de nacer y se entiende como continuidad.

Al igual que en la naturaleza las plantas se desarrollan, de estación en estación, sobre la podredumbre del humus vegetal, así reemplaza una generación a la otra en un movimiento cíclico. Por eso los grandes ritos asocian muerte y vida nueva.

Los mitos sobre el origen del mundo indican que su nacimiento es una muerte y que su desaparición será un retorno a la vida en el “vientre” de Dios.


El poder de la naturaleza

Al contrario de lo que a veces se piensa, los africanos no tienen varios dioses. El Dios único (que los “bantú” llaman “Zambé”), se alejó de los hombres, desde el principio de la creación, a consecuencia de haber transgredido éstos la prohibición inicial. Aquella falta, cometida por las primeras criaturas, dejó al hombre en una situación ambigua. No es el señor de la naturaleza; debe someterse a unos seres invisibles que pueblan el agua, la tierra, las selvas, las rocas.

Para sobrevivir, tiene que pactar con las “presencias” ocultas, a las que se suman los difuntos, ellas proporcionan al hombre su subsistencia, en la medida en que éste las tenga satisfechas. Es una especie de trueque, la prosperidad se paga con dones y sacrificios, sin que jamás se sepa si serán aceptados.

         Se llama “animismo” a esta creencia en que los elementos de la naturaleza están como dotados de propósitos y poderes, de los que el hombre es tributario. Y el término “fetiche” se aplica a las representaciones materiales de los espíritus que pueblan la naturaleza.

         La religión africana no está dirigida por sacerdotes; cualquiera puede ofrecer un sacrificio, pero hay especialistas que practican la adivinación, organizan los cultos a los diversos genios, dirigen la iniciación, dominan el complejo proceso de la curación, son responsables de la lluvia y de la fecundidad de las cosechas, etc.

En la cara oculta del mundo se esconden, además, seres humanos, vivos, capaces de desdoblarse y de oponerse a los valores sociales. Se aprovechan de su clarividencia en el seno del universo nocturno para acumular poder y bienes. Esta creencia en la hechicería tiene singular fuerza. Permite atribuir las desdichas (enfermedad, muerte prematura, esterilidad, accidentes, malas cosechas, etc.) a estos “señores de la noche”, contra los cuales están indefensos los “inocentes”.


Orden del mundo

 

Los africanos reconocen un orden en el mundo. El hombre tiene un puesto en ese orden; no debe tratar de escapar, ni por arriba, abusando del poder como lo hace el hechicero, ni por abajo, comportándose como los animales.

         Los ritos ponen diques al desorden, conviene respetar las reglas de dependencia con relación a los antepasados y a los seres invisibles. La salvación es fruto de una lucha constante contra todas las fuerzas a los señores de la fecundidad; hay que averiguar si se ha cometido algún error en el mantenimiento del orden cósmico; hay que expulsar de sí todo cuanto es extraño, todo cuanto aleja de los antepasados.

 

Movimientos religiosos nuevos

 

Desde finales del siglo XIX, en las regiones cristianizadas de África han surgido múltiples movimientos religiosos nuevos, constituidos generalmente en Iglesia, a imitación de las misiones.

Este hecho es el resultado de la aparición de personajes carismáticos, hombres o mujeres, formados por el cristianismo, que aportan un mensaje de liberación frente a la dominación del “mundo de los blancos”.

Tales “profetas” predican una revolución respecto de la religión tradicional, el abandono de los fetiches y de la magia, ineficaces en comparación con el Dios de los blancos y otra revolución respecto de las misiones cristianas, el negro puede acceder por sí mismo, sin ayuda de los blancos, el contenido de la Biblia y a la palabra de Dios. En su mensaje profético no falta cierto milenarismo, es decir, la espera a plazo fijo de una salvación. Y no es raro que adopte una forma mesiánica en la medida en que el profeta, por propia iniciativa o más frecuentemente influenciado por sus fieles, suplante al Mesías blanco, a Cristo, y se presente como el Salvador propio de los negros.

Los movimientos proféticos más conocidos son el “harrismo” de Costa de Marfil, fundado hacia 1910 por William Wade Harris y el “kimbanguismo” de Zaire, predicado por Simon Kimbangu a principios de la década de los treinta. El harrismo cuenta hoy sus adeptos por centenares de miles; el kimbanguismo, por millones.


Sincretismos

 

Los sincretismos son una manifestación de los procesos de aculturación y principalmente del encuentro entre la cultura occidental y las sociedades tradicionales. Se han desarrollado sobre todo en el ámbito de la religión. Existen numerosos ejemplos de sincretismos religiosos, a veces asociados a fenómenos de cultos de posesión, de mesianismos o de profetismos.

 

a) El “buiti fang” en Gabón: Los “Fang” forman parte de un conjunto cultural que engloba etnias del sur de Camerún y del norte de Gabón. Practican un culto a los antepasados conocido como “bieri”.

En los años veinte, algunos fang coincidieron en Libreville y en Port-Gentil con trabajadores del centro del país, que los iniciaron en su culto: el “buiti”. Cristianizados ya en parte, aquellos fang forjaron una religión sincrética en la que se mezclan elementos del bieri, del buiti y de la Biblia. Esta religión, a la vez tradicional y moderna, se llama “buiti fang”.

         Los adeptos pasan por una iniciación consistente en la absorción de una raíz alucinógena, el “eboga”. Esta experiencia les permite encontrarse con sus antepasados y descubrir la “casa” de “Nzambia-Pongo” (Jesucristo). Anticipan así su propia muerte y eliminan de su cuerpo y su espíritu todo rastro de hechicería.

El ritual complejo, aunque se reconozcan en él las características de diversas ceremonias iniciáticas, se desarrolla en tres noches consecutivas, que celebran el nacimiento, la muerte y la vida en el más allá. A la entrada del templo, un pilar perforado representa el “agujero del nacimiento”, a la vez que reingresa en el seno de su madre, el fiel entra en el vientre de Dios, del que salió y al que volverá. Las mujeres participan en el culto en pie de igualdad con los hombres. En el ritual juegan un papel importante los símbolos ligados  a la sexualidad.

         Como los demás movimientos religiosos modernos, el “buiti fang” se opone a las ambiciones “sacrílegas” del mundo occidental y tiende a erradicar el poder de la hechicería.

 

b) El Islam: A partir del siglo XII, con los primeros comerciantes norteafricanos que cruzaron el desierto, comenzó la penetración del Islam en el África negra. Los primeros musulmanes negros fueron  los jefes de los reinos e imperios del antiguo Sudán y del Chad (reino de Kanem), que arrastraron a la conversión a sus pueblos. Maestros llegados del norte y del este formaron discípulos africanos en las cortes reales y los iniciaron en el conocimiento de los textos.

La islamización avanzó poco a poco, pero se sostuvo durante los siete u ocho últimos siglos y su frontera, a la vez  física y cultural, fue la selva tropical y ecuatorial. Es difícil atravesarla, porque más allá prevalece un sistema social fundado en el linaje que se muestra particularmente apegado a las creencias animistas.

         El Islam negro se organizó preferentemente en comunidades o hermandades dirigidas por un guía espiritual, un santón (“marabuto”, morabito). Cuenta hoy con unos cien millones de creyentes, es decir, alrededor de una octava parte de la “umma” (comunidad) mundial. La religión de Mahoma se compagina bastante bien con las culturas negras, no modifica su estructura familiar (parentesco extendido y poligamia); se propaga por la predicación del “marabuto” (más que por la lectura del Corán), cuyo papel es parecido al de los tradicionales maestros de la iniciación y aporta, con la fe, una civilización superior.

 

c) El cristianismo: Dejando aparte los veinte millones de cristianos ortodoxos etíopes, el cristianismo africano negro, fruto de la evangelización misionera, abarca a un tercio de la población, con algunos millones más de protestantes que de católicos. En la mayoría de los países, la acción misionera es ya centenaria. Suelen citarse los contactos con Angola desde el siglo XV y con el Congo desde el siglo XVIII, pero aquellas primeras conversiones no tuvieron continuidad. Algunos países, como Liberia, Sierra Leona y Nigeria, fueron evangelizados por negros americanos liberados. Pero las congregaciones misioneras europeas empezaron a enviar el grueso de sus efectivos después de la “pacificación” del continente, en las últimas décadas del siglo XIX. Su táctica fue crear un espacio nuevo destinado a atraer a los niños a las escuelas y a los catecúmenos a la misión.

El paganismo, cada vez más aislado, debía desaparecer por sí solo, a la vez que el “salvajismo”. El misionero “civilizaba” al tiempo que llevaba la fe.

         Respecto al cristianismo africano actual, podemos decir que los africanos con mayor o menor entusiasmo, según las etnias, abrazaron la nueva fe. En algunas regiones fueron bautizados casi todos. Pero la conversión tenía un alto nivel de exigencia, el abandono de la poligamia y de todas las prácticas “idólatras”.

A partir de la segunda guerra mundial, las misiones cristianas se vieron acusadas de “connivencia” con los poderes coloniales. Y ese argumento político promovió la formación de iglesias independentistas. El concilio Vaticano II ha contribuido a promover el clero indígena y la autonomía de las iglesias locales. Se desarrollan una liturgia y una teología africanas, respetuosas de sus culturas ancestrales. La cristiandad africana crece poco a poco, a la vez que conquista la plenitud de su personalidad como iglesia.


٭٭٭


En África existe una canción para cada tipo de trabajo: hay canciones de caza, de labranza, de tallar madera, de transportar cargas, de construir cabañas. También hay proverbios, más de mil en cada idioma. Las canciones y los proverbios forman parte integral de las narraciones africanas. Los proverbios se siguen empleando en la conversación para ejercer control social o para expresar indirectamente una opinión, sin herir los sentimientos de nadie.

         El arte de la narración es una de las más importantes. En África sólo hay electricidad en las ciudades.

En el campo oscurece alrededor de las seis de la tarde; poca gente tiene lámparas y, por supuesto, no hay televisión. ¿Qué hacen entonces? Se cuentan historias. Un buen narrador sigue apreciándose mucho. Será una persona experta en muchas cosas, que ha visto y oído cosas asombrosas, de ningún modo un novato recién salido del cascarón. El narrador tiene abiertos los ojos y los oídos, conoce a la gente y la disfraza de animales para no herir los sentimientos de nadie. Conoce las costumbres de la tribu y la importancia de transmitir los valores de los animales y los espíritus.


Dioses y espíritus


La línea divisoria entre dioses y espíritus es muy arbitraria. Por lo general, los dioses son más sobrehumanos que los espíritus, tienen más personalidad y se manifiestan de un modo más universal. Muchos pueblos africanos creían que en la naturaleza todo tiene un espíritu. Algunos espíritus eran fuertes y poderosos, como la mente voluntariosa de un gran caudillo o de un león. Otros eran más débiles y difusos, como los espíritus de los árboles. Pero aún así, cada árbol tenía su espíritu y podía matar al hombre que lo talara sin llevar a cabo la ceremonia adecuada. Esta era necesaria para que el espíritu del árbol pudiera sobrevivir en la madera, aún después de usarla para construir una buena cabaña, una canoa o un tambor. Sin la cooperación del espíritu no se podría construir una buena cabaña, la canoa se hundiría y el tambor no sonaría.

         La idea básica que hay tras todo esto es el poder. Todo lo que existe tiene un cierto poder. Un león, una serpiente, un rayo y un río son capaces de matar a las personas, por lo que tienen que poseer espíritus muy fuertes. Entendiendo la palabra “espíritu” en el sentido de “energía”, también nosotros sabemos que los árboles, los animales, el rayo y los ríos contienen grandes cantidades de energía que los científicos ven como una fuerza mecánica, pero que para mucha gente es una fuerza religiosa.


El mar como divinidad


El mar era la divinidad tutelar del reino de Saka, situado en la costa de Marfil, en África. El rey de este país enviaba todos los años, hacia el mes de septiembre, una canoa llena de cierto número de súbditos, los cuales estaban encargados de ir a la Costa de Oro a ofrecer al mar un sacrificio. Este consistía en viejos andrajos, astas de  macho cabrío llenas de pimientas y piedras de muchas especies. Con estas ofrendas creían obligar al mar a que favoreciera el comercio y la navegación. Cuando la canoa estaba de vuelta, partía otra para la misma misión y así sucesivamente hasta fines de abril. Al partir alguna canoa, los comerciantes acostumbraban a hacer marchar muchas otras, persuadidos de que no podía sucederles ningún contratiempo yendo en compañía de la canoa sagrada.

         En el cabo Lorso, en la costa de Guinea, se inmolaba todos los años una cabra sobre una roca que avanzaba hacia el mar y era tenida como el principal fetiche de la comarca. El sacrificador comía una parte de la víctima y arrojaba lo restante al mar, invocando la divinidad con exageradas posturas y contorsiones. Anunciaba en seguida a los asistentes la estación y los días más favorables para la pesca, asegurando que el fetiche se los había dicho con su propia boca. Ningún pescador dejaba de pagar este aviso con un regalo.

         Los habitantes de los reinos de Benín y de Ardra, en África, acostumbraban a jurar por el mar o por su soberano.

 

Maramba, tu servidor ha venido…

 

Era la divinidad adorada por los habitantes de Maiamba, provincia del reino de Loango (antiguo reino del bajo Congo) y a la cual se consagraban desde la edad de doce años. En el momento que los cumplían se presentaban al jefe de los sacerdotes, éste les encerraba en un lugar oscuro y le hacía observar un largo ayuno, después les ponía en libertad y les mandaba que permanecieran algunos días en un profundo silencio bajo pena de no ser admitidos a las ceremonias. Cuando habían sufrido felizmente esta prueba, eran conducidos delante del ídolo por el sacerdote, quien hacía dos incisiones en forma de media luna en las espaldas de los pretendientes, exigiéndoles juramento, por la sangre que se derramaba, de guardar una fidelidad inviolable al ídolo. Luego, les mandaba en su nombre que se abstuvieran de ciertos manjares y les prescribía muchas prácticas que observaban escrupulosamente, persuadidos que el ídolo castigaría su desobediencia con alguna enfermedad peligrosa. Para señal de su iniciación les colgaban del cuello una cajita que les caía debajo del brazo izquierdo, en la cual había encerradas algunas reliquias del mismo ídolo.

         Los hombres de color de Angola y Congo, en África, también adoraban esta divinidad. Estaba colocada junto al templo dedicado a su culto en un canastillo en forma de colmena. Cuando iban de caza, pesca o a curar enfermedades, se dirigían a esta divinidad. Los sospechosos de un crimen estaban obligados a refugiarse ante ella. El acusador se postraba a los pies del ídolo, los abrazaba respetuosamente y pronunciaba estas palabras: “Maramba, tu servidor ha venido a justificarse delante de ti”. Si era realmente culpable, los negros estaban persuadidos que moría repentinamente. Acostumbraban a llevar imágenes de Maramba, alrededor del cuello o del brazo izquierdo. Esta divinidad marchaba siempre a la cabeza de sus ejércitos y se le presentaba el primer bocado y la primera copa de vino que se servía en la mesa del rey.

 

       El oráculo, la consulta a los dioses  

 

Cuando un hombre de color de la Costa de Oro quería consultar a uno de sus dioses, se dirigía al sacerdote y le rogaba que lo interrogara en su presencia.

Generalmente había delante del ídolo un tonel lleno de tierra, cabellos, huesos humanos y animales y otras basuras. El sacerdote tomaba unos veinte pedazos de cuero, con algunos de los ingredientes contenidos en el tonel, de los cuales unos eran de buen agüero y los otros de mal presagio; los ataba juntos y a modo de manojo los tiraba al aire varias veces consecutivas. Cuando los augurios favorables se encontraban en el aire era un indicio feliz para el consultante. Algunas veces el modo de consultar el ídolo consistía en tomar al azar cierto número de nueces y arrojarlas a tierra, luego se contaban y el presagio era favorable o siniestro según el número, si era par o impar. En otros pueblos de Guinea, el sacerdote conducía al pie del árbol fetiche rodeado de collares de paja, a los que se presentaban a consultarle. Después de  haber hecho las conjuraciones de costumbre, fijaban la vista en un perro negro que estaba junto al árbol. Este perro, que estaba mirando como el diablo, era el que creían que había de contestar al sacerdote.

En otras comarcas, cuando un habitante quería aclarar alguna duda se colocaba cerca del árbol, que honraba como a su fetiche particular y, en vez de sacrificios le presentaba algunos manjares y vino de palmera; llamaba luego a un sacerdote para que interrogara al árbol y le devolviera su respuesta. El sacerdote levantaba con ceniza una especie de pirámide, en la cual clavaba una rama del árbol; tomaba después un jarro lleno de agua de la que derramaba una parte y con la otra rociaba la rama pronunciando algunas palabras misteriosas. Hacía todavía otra aspersión sobre la rama y concluía frotándose el rostro con un puñado de aquellas cenizas; después de todas estas ceremonias, el fetiche respondía a lo que se le pedía.

         En el reino de Loango había una maga llamada Ganga-Gomberi, que por lo regular era sacerdotisa del ídolo Mokiso, a la cual consultaban en el país, como a otra Pitonisa. Habitaba en una caverna subterránea, donde daba oráculos muy semejantes a los de Trofonio.

         Los habitantes del reino de Anziko consultaban sus empresas importantes al diablo, de quien no faltaba la respuesta.

         Para conocer el futuro, los sacerdotes del reino de Benin hacían tres agujeros en una olla, golpeaban luego en ella y por el sonido que hacía juzgaban lo que debía acaecer; esta memoria se llama el Oráculo de Dios, que el pueblo consultaba con gran veneración. El gran sacerdote de Loebo era respetado en todo el reino como un profeta y los habitantes estaban persuadidos que nada se le ocultaba de lo futuro, ni aún los más impenetrables secretos; así es que cuando se acercaban a este hombre divino estaban sobrecogidos de un santo temor. Los mismos enviados del rey temblaban y no se atrevían a tocarle la mano sin su permiso.

 

Transmigración de las almas

 

La doctrina de la transmigración de las almas se halla tan bien establecida entre los hombres de color de Issini, que no esperando nada de real y permanente en este mundo ni en el otro, limitan todos sus deseos a gozar cuanto pueden del  poder, de las riquezas y de los placeres. Están persuadidos que el mundo es eterno y el alma inmortal y, después de la muerte, el alma debe pasar a otra región que ponen en el centro de la tierra, para recibir un nuevo cuerpo en el seno de la mujer; que las almas de esta región pasan del mismo modo a la nuestra, de suerte que hay entre ambos mundos un cambio continuo de habitantes.

         Los hombres de color de los países interiores de Guinea creen que las almas de sus padres pasan a los lagartos, comunes en su país. Cuando los ven aparecer alrededor de sus casas, dicen que son sus parientes que vienen a “folgar”, es decir, a divertirse y danzar con ellos y tendrían en gran escrúpulo, matarlos. Otros de la costa de Oro, se imaginan que después de su muerte, sus almas irán a habitar estos cuerpos y serán trasladados al país de los blancos.

         En torno a la resurrección los habitantes del antiguo reino de Ardra, en la costa occidental de África, están en la creencia de que los que mueren en el campo de batalla salen de su tumba al cabo de unos días y vuelven a tomar nueva vida; invención ingeniosa de la política que sirve para animar a los combatientes.

 

Bibliografía:

Ø “Amuletos y talismanes”, Migene González-Wippler, Llewellyn Español, 2000, Minnesota, U.S.A.

Ø “Magia, hechizos y ceremonias”, Migene González-Wippler, Llewellyn Español, 2000, Minnesota, U.S.A.

Ø “Reyes, dioses y espíritus de la mitología africana”, Jan Knappert, Editorial Anaya,

1998, España

Ø Diccionario de Mitología Universal, J.F.M. Noel, Edicomunicación, S.A.,1991, España

Ø Enciclopedia Temática Universal, Editorial Larousse, 2001, Colombia

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