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Estás aquí: mailxmail > Cursos de Cultura y humanidades > Religión > Misterios de las religiones > El libro de los vigilantes o la rebelión de los satanes - parte 1ª

Misterios de las religiones

Autor: Felipe Rodríguez Martínez
Curso:  4,17/5 4,17/5 (3 opiniones) |6223 alumnos|Fecha publicación: 13/04/2005

Capítulo 3:

 El libro de los vigilantes o la rebelión de los satanes - parte 1ª

La figura o la idea del diablo y el nombre de Lucifer o de Satanás se hallan con frecuencia inseparablemente unidos. Y asociamos su maldecida esencia a la fracasada rebelión que protagonizó contra Dios y que le convirtió para siempre en un ángel caído.

También se nos ha enseñado que fue este mismo diablo llamado Satanás el que tentó con éxito, bajo la forma de una serpiente, a nuestra madre Eva en Edén, precipitando su inmediata expulsión -y la de su seducido partenaire- del cuestionable paraíso en el que vivían.

No bien habitaba ya el diablo en aquel maravilloso jardín, la rebelión angélica de la que fue protagonista debió de tener lugar en algún momento anterior a la creación del hombre por Dios al séptimo día de su inspirada semana. ¿Pero en cuál de esos seis días previos pudo haberse desarrollado tan insólita contienda? El Génesis guarda silencio al respecto. Ahora bien, este mismo libro relata en otro pasaje un episodio extraordinario que se desarrolló en los albores de aquella humanidad aún recién creada -aunque ya hubieran transcurrido seis generaciones longevas desde el destierro del paraíso-, atañente asimismo a una rebeldía y posterior caída de los ángeles del cielo.

Génesis, 6, 1-8

«Cuando comenzaron a multiplicarse los hombres sobre la tierra y tuvieron hijas, viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron de entre ellas por mujeres las que bien quisieron. Y dijo Yahvé: «No permanecerá por siempre mi espíritu en el hombre, porque no es más que carne. Ciento veinte años serán sus días». Existían entonces los gigantes en la tierra, y también después, cuando los hijos de Dios se unieron con las hijas de los hombres y les engendraron hijos. Estos son los héroes famosos muy de antiguo. Viendo Yahvé cuánto había crecido la maldad del hombre sobre la tierra y que su corazón no tramaba sino aviesos designios todo el día, se arrepintió de haber hecho al hombre en la tierra, doliéndose grandemente en su corazón, y dijo: «Voy a exterminar al hombre que creé de sobre la haz de la tierra; y con el hombre, a los ganados, reptiles y hasta las aves del cielo, pues me pesa de haberlos hecho». Pero Noé halló gracia a los ojos de Yahvé.

En este pasaje tan condensado del primer libro de la Biblia se relatan una serie de hechos que, por sí solos, apenas tienen sentido para el lector piadoso que se aproxima a ellos con un vano intento de reflexionar sobre la fe en que sustenta su piedad.

Para situarnos en el contexto temporal, nos hallamos ante sucesos antediluvianos, en el sentido más exacto del término, y es precisamente a partir del final de la cita cuando da comienzo la historia archiconocida de Noé y el relato del diluvio universal.

Los acontecimientos narrados como de pasada y brevemente en el pasaje genesíaco -o genético- evidencian, entre otras cosas, el abismo existente entre la concepción del hombre predicada en el libro introductorio del Antiguo Testamento, de corte animalesco y de índole creacionista pero des-afiliada, y el sentido absolutista y transcendente que Jesús nos ofrece en el Nuevo, donde al hombre se le atribuye la cualidad espiritual de «hijo de Dios». No así en el relato que estoy comentando, donde los hijos de Dios no son exclusivamente sino los seres celestiales, los ángeles -caídos o no-, o los vigilantes que, desde las alturas, desde las altas bóvedas extraterrenas, tienen la tarea de custodiar el desarrollo de su creación, de uno más entre el resto de los animales que pueblan la tierra, de manera no menos prosaica y alejada de lo espiritual que si estuviéramos hablando de una especie de inmenso zoo planetario. No es de extrañar, no obstante, si tenemos en cuenta que el significado que actualmente damos a la palabra «espíritu» (el de Yahvé que permanecía en el hombre en los días de Edén) se aleja bastante del sentido que podría tener originariamente en hebreo, donde la palabra «ruakh», o espíritu del que el hombre estaría investido, se traduciría por «aliento» o por «viento», en sinonimia con la originaria acepción del pneuma griego.

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