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María de Magdala. Historia

Autor: Agustín Fabra
Curso:
10/10 (11 opiniones) |1015 alumnos|Fecha publicación: 12/07/2010
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Capítulo 7:

 María Magdalena. Su final

La tradición del huevo de Pascua

Existe una antigua tradición cristiana de pintar huevos de Pascua. Estos huevos simbolizan la nueva vida y a Cristo emergiendo de la tumba, de hecho, los cristianos ortodoxos acompañan esta tradición con la consigna: !Cristo ha resucitado!

Una tradición ortodoxa relata que tras la Ascensión, María Magdalena fue a Roma a predicar el evangelio. En presencia del emperador romano Tiberio, y sosteniendo un huevo de gallina, María exclamó: !Cristo ha resucitado! El emperador se rió y le dijo que eso era tan probable como que el huevo se volviera rojo. Antes de que acabara de hablar, el huevo se había vuelto rojo.

Desde el Siglo II d.C. comenzaron a difundirse diversas leyendas sobre el paradero final de María de Magdala. Ello demuestra que el personaje de esta mujer no se perdió en la historia, como muchos otros de aquella época de inicios del cristianismo, sino que contaba mucho para la tradición oral y, sin duda alguna, se la consideraba como una persona de gran importancia simbólica.

Desde el punto de vista estrictamente histórico, las huellas de María Magdalena se pierden casi de inmediato. De ella no se vuelve a hablar en los evangelios después del episodio de la Resurrección. Su figura desaparece y no se sabe si vivió muchos años más ni dónde murió.

Una antigua leyenda, la más digna de crédito, sitúa a María de Magdala en Asia Menor, concretamente en Éfeso, en la actual Turquía. En esa ciudad habría pasado sus últimos años. El patriarca de Jerusalén, Modesto, que murió el año 634 d.C., describió la llegada de la Magdalena a Éfeso con estas palabras: “Después de la muerte de Nuestro Señor, la Madre de Dios y María Magdalena se reunieron con Juan, el discípulo amado, en Éfeso. Fue allí que la portadora de mirra concluyó su carrera apostólica mediante el martirio, al rehusar hasta el último momento separarse del apóstol Juan y de la Virgen” (LXXXVI; cols. 3273-3276).

Según la tradición ortodoxa, María Magdalena se retiro a Éfeso con la Virgen María y el apóstol Juan el Apóstol, y murió allí. En 886 sus reliquias fueron trasladadas a Constantinopla, donde se conservan en la actualidad. Gregorio de Tours (De miraculis, I) corrobora la tradición de que se retiro a Éfeso.

La importancia de este texto es evidente. En aquel tiempo, los diferentes patriarcas de las iglesias más importantes tenían la categoría que hoy tienen los papas. Modesto era patriarca de Jerusalén y habla de la carrera apostólica de María Magdalena, confirmando que ella había formado parte del grupo privilegiado de apóstoles, a la par de los varones.

Por otra parte, aunque sea imposible probar el martirio de la Magdalena, es importante que el patriarca de Jerusalén le conceda el privilegio que tuvieron los otros doce apóstoles: haber dado su sangre por la fe.

Pero, ¿dónde están los restos mortales de María de Magdala? Sus reliquias estarían dispersas por medio mundo. En el siglo XIII existían cinco tumbas que supuestamente guardaban los despojos de la Magdalena. A esos cinco túmulos hay que añadir los innumerables brazos, huesos y otros miembros y partes de su cuerpo que unos y otros aseguraban poseer. En la Edad Media las reliquias de los santos poseían una enorme importancia, no sólo religiosa, sino como símbolos de poder. No se podía levantar una iglesia si no se poseía una reliquia importante del cuerpo de un santo o de una santa. De ahí que surgiera un floreciente tráfico internacional de reliquias, con compraventas, cesiones, préstamos, pagos, etc.

De María de Magdala existían y siguen existiendo supuestamente innumerables reliquias, tanto de su cuerpo como de objetos relacionados con ella, y tiene gran cantidad de iglesias dedicadas a ella y puestas bajo su protección.

En la Edad Media la importancia de un personaje santo se reflejaba en la cantidad de reliquias que los templos poseían. Eso originó un furor por las reliquias, con algunas actitudes más bien dudosas. Por ejemplo, la Iglesia permitió que se descuartizaran los restos mortales de algunos beatificados, para así multiplicar los presuntos beneficios milagrosos de aquellos restos mortuorios. Pero algunas órdenes religiosas hacían todo lo posible para conservar intacto el cuerpo de sus fundadores. Así, en el siglo XIII, el cuerpo de Santo Tomás de Aquino, fue hervido y preservado para que los monjes de la Abadía de Fossanuova, en el que murió, no perdieran sus reliquias.

Varios países se disputan la autenticidad de los restos de María Magdalena y en todos ellos se les atribuyen milagros. En la ciudad de Roma, en la Basílica de San Juan de Letrán, existió siempre un altar que supuestamente contenía el cuerpo de la santa, sin cabeza. En Francia se dice que los restos de María de Magdala están en Vézelay, donde se erigió el primer santuario dedicado a maría Magdalena (1120-1132). En el año 1004 el diácono Ermenfroi patrocinó una iglesia en Verdún, Francia, y fue puesta bajo la advocación de la santa de Magdala. A ella le siguieron las de Bayeux (1027), Bellavault (1034), Le Mans (1040), Reims (1043) y Besançon (1049).

Incluso antes de la construcción de esos templos, los primeros occidentales que reivindicaron la autenticidad de las reliquias de la Magdalena fueron alemanes e ingleses. En una cripta del Monasterio de San Esteban, en la baja Sajonia (Alemania), y en Exeter (Inglaterra), se aseguraba en la segunda mitad del Siglo X que poseían restos de la santa. En la catedral de Exeter, concretamente, decían que poseían un dedo de la Magdalena. También a España llegaron las reliquias de santa María Magdalena. En Oviedo (Asturias), en el catálogo de reliquias del Siglo XI aparece un mechón del cabello con el que supuestamente María Magdalena le enjuagara los pies a Jesús.

Después de las reliquias relacionadas con Jesús (Sábana Santa, lanza de Longinos, espinas de la corona, paños y telas fúnebres, los clavos, el lignum Crucis, pañales infantiles, pajas del pesebre, etc.) y las de la Virgen María (algunos templos aseguran poseer algodones con gotas de leche del período de lactancia de Jesús), de pocos santos y santas existen tantas reliquias como de la Magdalena. Ello significa sólo una cosa: que desde muy temprano su personalidad y su cuerpo fueron objeto de culto en la Iglesia universal.

Los fieles, a fuerza de leyendas o relatos, mantuvieron vivo ese sentimiento más o menos inconscientemente: María Magdalena fue una de las mujeres más importantes en el ministerio de Jesús y merecía veneración.

Veinte siglos después empieza a hacerse justicia a María Magdalena. Lo que falta es vencer las resistencias de la organización patriarcal de la mayoría de las Iglesias cristianas, y recuperar en la práctica la tradición del movimiento de Jesús como discipulado de iguales, aunque no idénticos.

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