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María de Magdala. Historia

Autor: Agustín Fabra
Curso:
10/10 (11 opiniones) |1015 alumnos|Fecha publicaciýn: 12/07/2010
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Capýtulo 3:

 La marginada

Desde los primeros siglos del cristianismo María Magdalena fue relegada al olvido y también se rebajó o se tergiversó su importancia en la iglesia primitiva, e incluso se ignoró el papel decisivo que había tenido en la difusión de la Resurrección de Jesús. La Iglesia de Jesús se convirtió en una institución jerárquica completamente masculina y una persona de la importancia de María de Magdala fue calumniada y rebajada para restarle todo el mérito e importancia que como discípula directa de Jesús se ganó.

El grupo de mujeres que siguieron a Jesús hasta el Calvario fueron, teóricamente, las cristianas más antiguas. En principio ellas no dependieron de Pedro ni de los Doce, sino que emergieron como cristianas autónomas. No se puede hablar de potestad o de dominio de Pedro sobre ellas.

En vista de lo anterior podemos decir que al inicio del cristianismo la Iglesia tuvo varios puntos de partida y no solo el que propugnaron Pedro y los apóstoles varones. Junto a ese principio masculino del cristianismo hubo una corriente eminentemente femenina, liderada por María Magdalena y otras mujeres. Este doble punto de partida debería ser un dato irrenunciable de la Iglesia, aunque posteriormente lo hayan silenciado hasta hace poco tiempo, dejando en la penumbra la situación de las mujeres que en aquel entonces seguían y servían a Jesús.

Si meditamos en la labor de las mujeres que acompañaban a Jesús a lo largo de su ministerio y, sobre todo, si analizamos las distintas reacciones de las mujeres y de los apóstoles durante y después de la Crucifixión, podemos afirmar sin ningún temor que sin ellas muy posiblemente no existiría el cristianismo como tal, sino que se hubiera diluido antes de la Resurrección de Cristo.

Esta aseveración, aunque fuerte en sí misma, es fundamental. Sin María Magdalena y sin las demás mujeres posiblemente no existiría la Iglesia como tal ya que los apóstoles, los varones, ya habían desistido, atemorizados y desilusionados al constatar la persecución judía y la romana, así como la muerte violenta y prematura de Jesús, quien les había prometido un nuevo Reino en el cual ellos ya se estaban disputando los mejores puestos: todos huyeron y se escondieron, menos Juan.

Sin María Magdalena, que les convenció de que Jesús estaba vivo, es impredecible pronosticar qué habría podido ocurrir y en qué habría quedado el cristianismo. Posiblemente si no se hubiera relegado y anulado la función de las mujeres en el cristianismo inicial, la Iglesia sería menos aristotélica y más mística.

Desde el principio María Magdalena aparecía no como un apóstol más, sino como el apóstol de los apóstoles. Así la consideró San Hipólito, uno de los primeros comentaristas cristianos. Bruno de Asti, abad de Montecasino, ve en María Magdalena el símbolo de la Iglesia de los gentiles. También la Iglesia oriental, desde el principio, consideró a María Magdalena como el primero de los apóstoles y la veneraba como santa. Por eso, la tradición de la Iglesia la ha llamado en Oriente isapóstolos (igual que un apóstol) y en Occidente apostola apostolorum (apóstol de apóstoles).

Pero el papel masculino de entonces aún seguía en auge y en el Siglo III d.C. se afirmó el liderazgo primordial de Pedro y de los apóstoles masculinos, a los que se adjudicó categoría exclusiva de apóstoles y desde ahí se creó la sucesión apostólica, sólo masculina, que continúa hasta el día de hoy con los obispos.

Teóricamente la Iglesia nunca negó que María Magdalena fue la enviada por Jesucristo para dar la buena nueva de la Resurrección a los apóstoles varones. Sin embargo esa distinción fue diluyéndose y relegándose a algo simbólico y carente de poder. Más aún: a partir del siglo IV, cuando el cristianismo deja de ser perseguido y sale de la oscuridad de las catacumbas para convertirse en la religión del Imperio Romano por medio del emperador Constantino, la suplantación adquiere mayor relevancia.

Para arrebatarle a María Magdalena su papel original como uno de los pilares en la fundación de la nueva religión, se la convierte en la pecadora arrepentida, en la ex prostituta a la que Jesús perdonó sus pecados de sexo y de la que había arrojado siete demonios impuros, y le adjudicó el dudoso honor de ser la patrona de las prostitutas.

Así fue como la Iglesia, en los primeros siglos del cristianismo, rebajó y humilló la importancia decisiva de María Magdalena. La estuvo considerando así en la liturgia de su festividad, el 22 de julio de cada año, hasta hace pocos años, cuando el Concilio Vaticano II le devolvió su verdadera identidad. Desde entonces se cambiaron los textos litúrgicos anteriores, reemplazándolos por los del Evangelio de Juan, en los que María Magdalena aparece no ya como ex prostituta, que nunca lo fue, sino como el primer testigo ocular de la Resurrección de Jesús y la primera anunciadora de tal prodigio a los demás apóstoles.

Y en el 305, en el Concilio de Elvira celebrado en Granada, se exige a todos los que ejercían funciones sacerdotales abstenerse de sus mujeres so pena de perder el cargo. Y en el año 352, en el Concilio de Laodicea, se prohibió a las mujeres ejercer como sacerdotes. Por fin en el año 401, durante el quinto Concilio de Cartago al que asistió San Agustín, se decretó que los clérigos debían separarse de sus mujeres definitivamente o serían apartados de la religión.

A la mujer se la fue separando paulatinamente del servicio en el altar, a pesar de que en los primeros años del cristianismo había colaborado sirviendo en las celebraciones eucarísticas (Romanos 16:1 y Colosenses 4:15) y en expandir el mensaje de Jesús. Y así, a María Magdalena le fue arrebatado su puesto en el cristianismo primitivo, haciendo valer por encima de todo la labor de aquellos hombres que junto a ella habían sido discípulos del Maestro.

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