CONSECUENCIAS
Por consecuencias entendemos toda serie de alteraciones en el
funcionamiento individual, familiar y social de las víctimas de
maltrato, siendo los aspectos más conocidos la reproducción del
mismo y las alteraciones en el rendimiento académico, en el ajuste
psíquico individual y en el tipo de relaciones en las que el sujeto
participa.
Independientemente de las secuelas físicas que desencadena
directamente la agresión producida por el abuso físico o sexual,
todos los tipos de maltrato infantil dan lugar a trastornos
conductuales, emocionales y sociales. La importancia, severidad y
cronicidad de las estas secuelas depende de:
- Intensidad y frecuencia del maltrato.
- Características del niño (edad, sexo, susceptibilidad,
temperamento, habilidades sociales, etc.).
- El uso o no de la violencia física.
- Relación del niño con el agresor.
- Apoyo intrafamiliar a la víctima infantil.
- Acceso y competencia de los servicios de ayuda médica,
psicológica y social.
Los malos tratos que se llevan a cabo sobre los niños pueden
provocar daño o consecuencias negativas a dos niveles:
somático y psicológico.
Consecuencias somáticas:
- Abandono físico: retraso pondo - estatural,
cronificación de problemas por falta de tratamiento físico,
vitaminopatías, eritemas de pañal, aplanamiento del occipucio,
aparición de ciertas enfermedades prevenibles mediante vacunación y
producción de quemaduras y otras lesiones por accidentes familiares
debidas a una falta de supervisión.
- Maltrato físico: lesiones cutáneas, quemaduras, lesiones
bucales (que pueden afectar a la posición de los dientes), lesiones
óseas (que pueden afectar el crecimiento y la movilidad articular),
lesiones internas (traumatismos craneales y oculares) entre las que
destacan aquellas que producen edemas cerebrales puesto que pueden
tener secuelas neurológicas.
Consecuencias psicológicas:
Estas consecuencias se refieren a la variedad de comportamientos
que pueden aparecer, sean alterados o como ellos los llaman
"excesos conductuales" y también los retrasos o déficit en ciertos
repertorios que se esperarían en los niños en función de sus edades
respectivas. Estas consecuencias pueden manifestarse a corto, a
mediano y largo plazo, es decir, en la infancia, adolescencia y
edad adulta.
En los primeros momentos del desarrollo evolutivo se observan
repercusiones negativas en las capacidades relacionales de apego y
en la autoestima del niño, tales como pesadillas y problemas del
sueño, cambios de hábitos de comida, pérdidas del control de
esfínteres, deficiencias psicomotoras, trastornos
psicosomáticos.
En escolares y adolescentes encontramos: fugas del hogar, conductas
autolesivas, hiperactividad o aislamiento, bajo rendimiento
académico, deficiencias intelectuales, fracaso escolar, trastorno
disociativo de identidad, delincuencia juvenil, consumo de drogas y
alcohol, miedo generalizado, depresión, rechazo al propio cuerpo,
culpa y vergüenza, agresividad, problemas de relación
interpersonal.
Diversos estudios señalan que el maltrato continúa de una
generación a la siguiente. De forma que un niño maltratado tiene
alto riesgo de ser perpetuador de maltrato en la etapa adulta.
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