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Capítulo 6:

 Juego y sociedad

La actividad lúdica es expresión de la cultura en un cierto contexto de tiempo y espacio.  Aun cuando el juego es una constante antropológica, adopta formas y soportes determinados por el nivel científico-técnico. Como representación de la realidad, el juego la reproduce mediante símbolos con los que se juega para acceder a ella. En el mundo cibernético actual, la computación está resultando vehículo insuperable para la generación de alternativas lúdicas que, cuando están convenientemente sustentadas en proyectos educativos, resultan muy adecuadas como vías no formales de educación y formación virtual.

Como resultado de sus posibilidades técnicas, la computadora brinda a la acción lúdica dos cualidades esenciales: la interactividad y la expresión audiovisual. Ambas permiten simular una realidad virtual con una indudable eficacia psicológica.

Por otra parte, los juegos tradicionales forman parte del patrimonio cultural local, nacional e incluso universal de la Humanidad. Los etnólogos podrían conocer cómo vivían los pueblos de todos los tiempos estudiando a qué y cómo jugaban sus niñas y niños.

No está bien contraponer los juegos tradicionales a los digitales en la búsqueda de la mejor oferta. De lo que se trata es de combatir la alienación que, en virtud de una desenfrenada competición por el consumo, provocan juguetes concebidos para potenciar mucho más los aspectos formales llamativos que los contenidos provechosos.

Tampoco se trata de imponer, en las condiciones de la infancia en el siglo XXI, formas de jugar que caracterizaron a tiempos pasados.      El denominado rescate de juegos tradicionales, más que su puesta en práctica con una intención que sobrepase lo puramente etnológico e historiográfico, debe potenciar la necesidad de rescatar la tradición de jugar, aquella que antaño reunía a abuelos, padres e hijos en torno a la mesa familiar para dedicarse a juegos de sociedad, contribuyendo al diálogo y al mejor entendimiento intergeneracional, o propiciaba rondas favorecedoras de las relaciones sociales en condiciones de absoluta igualdad entre niños y niñas, tomados de las manos en un círculo de fraternidad y amor.

Todos quienes deseamos mirar al porvenir con las expectativas del mejoramiento humano comprendemos la necesidad de generar una transformación revolucionaria en el terreno de las ideas, que asegure la vigencia de los más altos valores morales, como la honestidad, la solidaridad, la aceptación de las diferencias (no la tolerancia, que significa “permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente”), la modestia, el amor, y la inclusión social, con la preponderancia del bien-ser sobre el bien-estar.

Tal proceso de transformación tiene, sin dudas, un esencial carácter cultural, como expresión de las múltiples formas de interacción entre los seres humanos. Lo que confiere auténtica riqueza cultural a una sociedad es la variedad de códigos de comunicación que utilicen sus miembros. Así tanto como el lenguaje verbal o el corporal, las tradiciones y la actividad creativa en el campo de la Lúdica forman parte importante de esos códigos, y por tanto del desarrollo cultural y social de los pueblos, o desarrollo humano.

Según avala el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el desarrollo humano asegura la calidad de vida de las personas: por un lado, con el tránsito a superiores niveles en lo educacional, cultural, habitacional, laboral, sanitario, el poder adquisitivo y el acceso a nuevas tecnologías, aspectos que definen al bienestar; y por otro, con el perfeccionamiento espiritual de la condición humana, aspecto que define al bienser.

Por su parte, la calidad de vida tiene que ver con estilos saludables, la satisfacción personal, y el disfrute de la existencia. Es un indicador de desarrollo humano, aunque no siempre este infiera estilos de vida de la mayor calidad. La enajenación que caracteriza a las sociedades de consumo, si bien puede ser expresión de determinados niveles de bienestar en lo material, conspira contra la calidad de vida desde el bienser, al provocar la pérdida de valores, la devastación ecológica, la degradación moral y la destrucción física de la propia Humanidad.

El juego es base del desarrollo individual en que se sustenta el social; o sea: desarrollo para la subsistenciaysubsistencia para el desarrollo, proceso que resume ambas vertientes de la necesidad vital en los seres humanos mediante la fórmula: ser para hacer-hacer para ser. Ella se corrompe en las sociedades de consumo cuando se impone un término que la convierte en tríada de enajenación: ser para hacer-hacer para estar (tener)-estar para ser.

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Así, el empeño de la subsistencia -el hacer- se encamina hacia una artificial "necesidad de consumo por el bien-estar", en lugar de a la necesidad de desarrollo, al bien-ser, implantándose entonces el ejercicio del poder mediante la riqueza, y el estar (con la equivalencia de "posición derivada del tener") se convierte en expresión de la condición humana: "como estés, así serás”, o lo que es igual: "cuánto tienes, tanto vales".

Hoy la Humanidad transita por el Tercer Milenio con una realidad caracterizada por las desigualdades sociales, que actúan como detonadores de la violencia. Así el ser humano se ha condenado a una existencia en oposición a las leyes del Universo, donde la degradación moral, la destrucción física y la devastación ecológica caracterizan su quehacer en virtud de una "tecnología del desastre", palabra que pudiera significar "ruptura con los astros" (des-astre), o en igual sentido, con la Naturaleza.

Afortunadamente, la integración al colectivo para incrementar sus esferas de influencia, el sacrificio de la individualidad por el interés general, la disposición a transformar la realidad y al perfeccionamiento personal, el incremento de la voluntad y la autoestima, la maduración del pensamiento creativo y el intelecto, son propósitos que el ser humano puede alcanzar con la actividad lúdica, preparándose desde la infancia bajo el estímulo del desarrollo, en el ascenso cualitativo hacia las etapas superiores que dan cima a la condición humana.

En su afán por el desarrollo el ser humano, cual ente superior de la escala biológica, aspira a lo divino, buscándolo en causas externas. Mas, tendría que urgar en su espiritualidad. Con la fórmula del ser para hacer-hacer para ser la Lúdica propicia la divinidad interior que surge durante el ejercicio de la libertad. El reto ante los profesionales que abogamos por una nueva dimensión pedagógica lúdico-creativaes generar propuestas lúdicas con mayor potencialidad educativa, autoeducativa  y recreativa, como aporte de la Educación no Formal a los objetivos del desarrollo humano.

Si aspiramos a una Humanidad mejor, formada por hombres y mujeres que hoy son niños y niñas, debemos asegurarles que se formen adecuadamente del modo  que sólo la actividad lúdica puede lograr, a fin de alcanzar, con cada generación, un escalón superior en el perfeccionamiento de la condición humana, en pos de convertirnos en seres cósmicos, en los verdaderos habitantes del Universo.

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