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Literatura. Renacimiento. Con ejercicios y soluciones (2/2)

Autor: esteban conde
Curso: 3/5 3/5 (1 opinión) |1510 alumnos|Fecha publicación: 16/06/2009

Capítulo 1:

 La novela del Renacimiento

En medio de una época de euforia, pese a las amenazas que gravitaban sobre un Imperio en cuyas posesiones no se ponía el sol, la literatura española, junto a los géneros ya estudiados, contó con varios tipos de novela de horizonte idealista, como si con ellos se quisiera dar la espalda a lo que verdaderamente se avecinaba, al lado de otro  tipo de novela plenamente realista, que sí sabía en qué mundo y sociedad estaba viviendo. Al primer grupo pertenecieron la novela pastoril, la de caballería y la bizantina. Al segundo grupo, la novela picaresca.

La novela pastoril fue así llamada por tratar descripciones y sucesos acaecidos a pastores refinados y cultos. Uno de los máximos cultivadores fue el portugués Jorge de Montemayor (1520-1561), que se trasladó a España en el séquito de quien sería la primera mujer de Felipe II, Isabel de Portugal. Escribió Los siete libros de Diana, imitación de la Arcadia de Sannazaro, aunque luego él mismo tuvo continuadores, como Gil Polo, con la Diana enamorada, o Gálvez de Montalvo (El pastor de Fílida).

La novela de caballería, cuyo origen es consecuencia de la desaparición de los cantares de gesta, tiene como máximo exponente el Amadís de Gaula, atribuido desde siempre a Garci Ordóñez de Montalvo. El caso es que la novela es una imitación muy libre de los libros del ciclo bretón (Lanzarote y Tristán, en especial). Escrito en lengua valenciana apareció quizá el mejor libro de caballerías de la península, Tirant lo Blanc, de Joanot Martorell (1410-1470). Esta obra, junto con el Amadís, fueron elogiadas por Cervantes. Cultivadores de libros de caballería fueron también Páez de la Rivera, Juan Díaz o Feliciano de Silva, autor también preferido por el autor del Quijote.

La novela bizantina se llamó así por sus argumentos ricos en aventuras que tienen lugar en países exóticos, generalmente orientales, y cuyos protagonistas viven adversidades sin cuento antes de un final plenamente feliz. Todo envuelto en un aire más fantástico que real. Tal vez la mejor muestra sea la Historia de Clareo y Florisea, de Alonso Núñez de Reinoso, aunque conviene también citar Selva de aventuras, de Jerónimo de Contreras, antecedente sin duda de El peregrino en su patria, de Lope de Vega.

La novela picaresca, frente a los tipos de novelas anteriores, representó un darse cuenta de la realidad que se vivía en España en el siglo XVI. Seguidora de la corriente realista que se había iniciado con el Poema del Cid y había continuado con el Arcipreste y La Celestina, venía a revolucionar las técnicas, los argumentos, los personajes y el estilo de los tipos de novelas citados. Y así, la tercera persona del narrador, que era característica de las novelas pastoril, bizantina y de caballería, cede su sitio a la primera persona del yo del protagonista, adquiriendo carácter autobiográfico. Además, el personaje principal, en vez de ser un héroe o un caballero que viste armadura o ropajes lujosos, es un antihéroe vestido de andrajos; no tiene ideales nobles, sino que se mueve por las necesidades más primarias, comer y dormir bajo techo, aunque para ello tenga que servir a varios amos. Por último, en lugar de recorrer lugares fabulosos, vagará por sitios reales, testigos sólo de sus miserias, bajezas y adversidades.

La novela picaresca se fija en los aspectos mezquinos y menos modélicos de aquella época, iniciando así una ola de pesimismo que irá acentuándose en el siglo XVII. Si al comenzar el género vemos que en el Lazarillo todavía pueden atisbarse algunas notas de burla fina, en el Guzmán de Alfarache la risa sana se convertirá en una mueca desagradable, que, finalmente, en El Buscón será un ingenioso sarcasmo. Sin embargo, y a pesar del tono pesimista citado, las novelas picarescas poseen rasgos técnicos y temáticos muy interesantes: un lenguaje realista, directo y expresivo, ajeno a redundancias y a énfasis idealistas, que las convierten en vivas y nuevas. Esto, junto con el ingenio despierto que nos trae un repertorio de chascarrillos, chistes y costumbres de la época y una observación serena  de lo cotidiano y más próximo al pueblo, convierten la novela picaresca en un insoslayable precedente de la novela moderna.

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