En medio de una época de euforia, pese a las amenazas que
gravitaban sobre un Imperio en cuyas posesiones no se ponía el sol,
la literatura española, junto a los géneros ya estudiados, contó
con varios tipos de novela de horizonte idealista, como si con
ellos se quisiera dar la espalda a lo que verdaderamente se
avecinaba, al lado de otro tipo de novela plenamente
realista, que sí sabía en qué mundo y sociedad estaba viviendo. Al
primer grupo pertenecieron la novela pastoril, la de caballería y
la bizantina. Al segundo grupo, la novela picaresca.
La novela pastoril fue así llamada por tratar descripciones y
sucesos acaecidos a pastores refinados y cultos. Uno de los máximos
cultivadores fue el portugués Jorge de Montemayor (1520-1561), que
se trasladó a España en el séquito de quien sería la primera mujer
de Felipe II, Isabel de Portugal. Escribió Los siete libros de
Diana, imitación de la Arcadia de Sannazaro, aunque luego él mismo
tuvo continuadores, como Gil Polo, con la Diana enamorada, o Gálvez
de Montalvo (El pastor de Fílida).
La novela de caballería, cuyo origen es consecuencia de la
desaparición de los cantares de gesta, tiene como máximo exponente
el Amadís de Gaula, atribuido desde siempre a Garci Ordóñez de
Montalvo. El caso es que la novela es una imitación muy libre de
los libros del ciclo bretón (Lanzarote y Tristán, en especial).
Escrito en lengua valenciana apareció quizá el mejor libro de
caballerías de la península, Tirant lo Blanc, de Joanot Martorell
(1410-1470). Esta obra, junto con el Amadís, fueron elogiadas por
Cervantes. Cultivadores de libros de caballería fueron también Páez
de la Rivera, Juan Díaz o Feliciano de Silva, autor también
preferido por el autor del Quijote.
La novela bizantina se llamó así por sus argumentos ricos en
aventuras que tienen lugar en países exóticos, generalmente
orientales, y cuyos protagonistas viven adversidades sin cuento
antes de un final plenamente feliz. Todo envuelto en un aire más
fantástico que real. Tal vez la mejor muestra sea la Historia de
Clareo y Florisea, de Alonso Núñez de Reinoso, aunque conviene
también citar Selva de aventuras, de Jerónimo de Contreras,
antecedente sin duda de El peregrino en su patria, de Lope de
Vega.
La novela picaresca, frente a los tipos de novelas anteriores,
representó un darse cuenta de la realidad que se vivía en España en
el siglo XVI. Seguidora de la corriente realista que se había
iniciado con el Poema del Cid y había continuado con el Arcipreste
y La Celestina, venía a revolucionar las técnicas, los argumentos,
los personajes y el estilo de los tipos de novelas citados. Y así,
la tercera persona del narrador, que era característica de las
novelas pastoril, bizantina y de caballería, cede su sitio a la
primera persona del yo del protagonista, adquiriendo carácter
autobiográfico. Además, el personaje principal, en vez de ser un
héroe o un caballero que viste armadura o ropajes lujosos, es un
antihéroe vestido de andrajos; no tiene ideales nobles, sino que se
mueve por las necesidades más primarias, comer y dormir bajo techo,
aunque para ello tenga que servir a varios amos. Por último, en
lugar de recorrer lugares fabulosos, vagará por sitios reales,
testigos sólo de sus miserias, bajezas y adversidades.
La novela picaresca se fija en los aspectos mezquinos y menos
modélicos de aquella época, iniciando así una ola de pesimismo que
irá acentuándose en el siglo XVII. Si al comenzar el género vemos
que en el Lazarillo todavía pueden atisbarse algunas notas de burla
fina, en el Guzmán de Alfarache la risa sana se convertirá en una
mueca desagradable, que, finalmente, en El Buscón será un ingenioso
sarcasmo. Sin embargo, y a pesar del tono pesimista citado, las
novelas picarescas poseen rasgos técnicos y temáticos muy
interesantes: un lenguaje realista, directo y expresivo, ajeno a
redundancias y a énfasis idealistas, que las convierten en vivas y
nuevas. Esto, junto con el ingenio despierto que nos trae un
repertorio de chascarrillos, chistes y costumbres de la época y una
observación serena de lo cotidiano y más próximo al pueblo,
convierten la novela picaresca en un insoslayable precedente de la
novela moderna.
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