En la transición de la Edad Media al Renacimiento el teatro
transforma no sólo su lenguaje, sino también sus temas y su
escenificación. Aunque lo hace paulatinamente hasta impregnarse del
espíritu renacentista. Se dan dos corrientes paralelas: una
inspirada en modelos grecolatinos, cuyos principales defensores son
Gil Vicente y Torres Naharro; y otra, popular, en la que destacan
Lope de Rueda y Juan de la Cueva, por otro lado verdaderos
antecesores de la comedia nueva posterior.
Empecemos por el lisboeta Gil Vicente (1465-1536). Orfebre, músico,
poeta y hombre de leyes, vivió en la corte portuguesa, donde se dio
a conocer en 1502 como hombre de teatro recitando el Monólogo del
Vaquero. Después creó un teatro alegórico aprovechando el interés
que despertaba entre la gente las Danzas de la Muerte y escribió su
conocida Trilogía das Barcas, de las cuales sólo la de la Gloria
está en castellano. Pero sus obras plenamente renacentistas son las
comedias: las de costumbres, como La comedia del viudo, donde
satiriza a los médicos, o las caballerescas, de gran sentido
poético, como la titulada Don Duardos.
El otro representante es el extremeño Bartolomé Torres Naharro, del
que sabemos que residió mucho tiempo en Roma, donde murió hacia
1530. Allí asimiló las doctrinas de Horacio y escribió Propalladia,
libro que reúne sus obras teatrales siguiendo la división de las
comedias en cinco actos que había dictado el escritor latino. Unas
son cuadros de costumbres que recogen rasgos de la vida de los
soldados (Soldadesca) o de los cocineros (Tinellaria), a los que
llama comedias a noticia. Otras se basan en tramas posibles pero no
reales, a las que llama comedias a fantasía; la más conocida se
titula Himenea. Todas están escritas en verso.
Pero los dos dramaturgos que, dentro de la corriente popular,
señalan el camino que seguirá Lope de Vega en el siglo XVII, son
Lope de Rueda y Juan de la Cueva.
Lope de Rueda (1510-1565) nació en Sevilla y ejerció el oficio de
batihoja (hacía panes de oro) antes de convertirse en autor y actor
de teatro. Con su propia compañía recorrió las tierras de España
representando sus propias obras. Éstas son de dos clases: comedias
de enredo, influidas por compañías italianas que recorrían también
nuestro país, y que a Cervantes, que llegó a presenciar algunas, le
gustaban mucho: Eufemia, Los engañados o Armelina, son algunos de
sus títulos. Y pasos, lo mejor sin duda de su teatro, piezas breves
donde refleja fielmente las costumbres y la lengua del pueblo
llano, cuajada de decires, refranes, giros y gracias que aportan a
sus escenas una alegría sana y contagiosa que faltaba en el teatro
español. Además, a Lope de Rueda se le puede considerar como el
creador del personaje del "bobo" en nuestro teatro.
Conviene recordar, entre otros, los pasos de Cornudo y contento,
Los lacayos ladrones, La tierra de Jauja o Las aceitunas, cuyo tema
se basa en el cuento de doña Truhana del Conde Lucanor, del infante
don Juan Manuel, y en el Calila e Dimna, que mandó traducir Alfonso
X el sabio.
Juan de la Cueva (1510-1610) nació en Sevilla. A punto de cumplir
los treinta años se fue a Méjico. De vuelta a su tierra natal,
volcó su vida en el cultivo de la dramaturgia y ya no lo dejó hasta
su muerte. Su obra, generalmente tragedias y comedias, la podemos
clasificar según los temas: clásicos (Tragedia de Ayax Telamón,
Comedia de la libertad de Roma por Mucio Scévola...);
nacionales (Tragedia de los siete infantes de Lara, Comedia del
saco de Roma...), y novelescos (El viejo enamorado, La
constancia de Arcelina...). Vemos, por lo tanto, que, junto a
héroes griegos y hechos de la historia de Italia, desfilan por su
escenario gestas españolas y lances y amores cotidianos (claro
antecedente del teatro del siglo XVII), mezclando así asuntos y
tonos. A esta característica corresponde la obra más importante de
Cueva, El infamador, predecesor inequívoco de El burlador de
Sevilla, de Tirso de Molina, introduciendo así el mito de don
Juan en nuestra literatura.
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