Dos corrientes se dan en la literatura religiosa del siglo XVI:
la Ascética y la Mística. La primera tiene como fin el
perfeccionamiento espiritual por medio del autodominio y la
mortificación, y la Mística, la culminación del perfeccionamiento
espiritual iniciado por la Ascética. Las dos se engloban en
las tres vías de la escala mística. A la purgativa
(purificación por medio de la oración y la imitación de Cristo)
pertenece la Ascética, corriente relacionada, entre otras, con la
orden franciscana o con las doctrinas erasmistas del siglo XVI y
cuyos máximos representantes son, entre otros, Juan de Ávila y fray
Luis de Granada; y a las dos restantes, la iluminativa (gracias
divinas que favorecen la unión con Dios sin que intervenga la
voluntad propia) y la unitiva (unión efectiva del alma con el
Altísimo, cuya manifestación más importante es el éxtasis),
pertenecen los escritores místicos. Los dos más importantes son
santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz.
Santa teresa de Jesús (1515-1582) nació en Ávila en el seno de una
familia cristiana. A los veinte años ingresó en el Carmelo
descalzo, cuya reforma llevó a cabo, mientras fundaba convento tras
convento en medio de dificultades, viajes horribles y enfermedades
constantes. Murió en Alba de Tormes (Salamanca). Fray Luis de León
se encargó de publicar en 1588 la mayoría de sus escritos, entre
los que destacan: Libro de su vida, especie de autobiografía en la
que intercala comentarios sobre la vida interior; Libro de las
fundaciones, que narra las adversidades de su labor como fundadora
y reformadora; Camino de perfección, tratado ascético dirigido a
sus hermanas de orden, y, sobre todo, Las moradas, donde expone sus
experiencias místicas. En todas ellas emplea un lenguaje natural,
exento de artificios literarios, con muchas comparaciones de tipo
cotidiano y refranes y dichos populares.
San Juan de la Cruz (1542- 1591) nació en Fontiveros (Ávila). En
Salamanca estudió Artes y Filosofía. Tras un encuentro con Santa
Teresa, abrazó el Carmelo y contribuyó a su reforma. Como carmelita
descalzo que era, los calzados le hicieron la vida imposible hasta
lograr que sufriera prisión en Toledo. Tras salir de la cárcel, su
vida fue un ir de un convento a otro en ciudades diferentes: Beas,
Baeza, Granada, Peñuela... Aquí fue relevado de su cargo de
vicario provincial y vivió casi prisionero. Finalmente, murió en
Úbeda.
Su obra poética es excepcional aunque breve: Dos glosas a lo divino
(ejemplo: "Sin arrimo y con arrimo"), Tres coplas
(ejemplo: "Entréme donde no supe"), Nueve romances
(ejemplos: "En el principio moraba", "Encima de
las corrientes"), Dos canciones a lo divino (ejemplo:
"Qué bien sé yo la fuente que mana y corre"), y las más
importantes: Cántico espiritual o Canciones entre el alma y el
esposo, Llama de amor viva y Noche oscura del alma, en las que se
cumplen las tres vías de la escala mística. En Noche oscura del
alma ésta, una vez que el cuerpo está sosegado, purificado (vía
purgativa), inicia un camino hacia la luz, que nada tiene que ver
con la del día. En Cántico espiritual, el alma va buscando al
esposo en las criaturas de la naturaleza, y éstas le contestan que
en la belleza que tienen está Él. Finalmente, en Llama de amor
viva, tiene lugar la unión apasionada del alma con Dios:
"¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!..."
Si en el fondo san Juan de la Cruz se inspira preferentemente en la
Biblia, respecto del estilo, es algo más complejo. Si en
general emplea la lira de Garcilaso para modular la exquisita y
musical expresión de la mayoría de sus composiciones, también es
verdad que cada una de sus obras lleva un sello especial. En
Cántico espiritual, por ejemplo, destacan las imágenes y el
colorido; en Noche oscura del alma, la delicadeza misteriosa con
que se expone la búsqueda de Dios que efectúa el alma
valiéndose sólo de la luz de su corazón; en Llama de amor viva, la
deslumbrante y exquisita manera de pintar la pasión amorosa.
Etcétera. Pero hay que añadir un rago de san Juan de la Cruz hasta
el momento ausente en los poetas del siglo XVI, y es el empleo de
variedad de símbolos; así, la naturaleza que aparece en sus versos:
montes, ríos, valles, fronteras, fuentes... le sirven al poeta
para representar el mundo espiritual (tentaciones, pecados,
virtudes...).
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