Te propongo la lectura de un fragmento del famoso Paso de las
aceitunas, de Lope de Rueda, perteneciente al desenlace de la
pieza, cuyo argumento, a grandes rasgos es como sigue: Torubio, un
campesino de tierras zamoranas, vuelve a casa después de haber
plantado un renuevo de olivo. Se lo comunica a su esposa Águeda, y
ambos empiezan a calcular la cantidad de aceitunas que recogerán
pasado un tiempo. Después pasan a discutir sobre el precio al que
venderán el celemín sin ponerse de acuerdo, mientras que la hija
del matrimonio, Mencigüela, recibe golpes de uno y otro por no
poder complacer a ninguno de sus padres sobre el precio. A las
voces provocadas acude el vecino Aloja, que, al oír el motivo de la
discusión, se burla de la extraña circunstancia e intenta poner paz
entre los esposos.
"Entra ALOJA, un vecino
ALOJA.- ¿Qué es esto, vecinos? ¿Por qué maltratáis así a la mochacha?
ÁGUEDA.- ¡Ay, señor! Este mal hombre que me quiere dar las cosas a menos precio y quiere echar a perder mi casa; ¡unas aceitunas que son como nueces!
TORUVIO.- Yo juro a los huesos de mi linaje que no son ni aun como piñones.
ÁGUEDA.- Sí son.
TORUVIO.- No son.
ALOJA.- Ora, señora vecina, háceme tamaño placer que os entréis allá dentro, que yo lo averiguaré todo.
ÁGUEDA.- Averigüe y póngase todo del quebranto.
ALOJA.- Señor vecino, ¿qué son de las aceitunas? Sacarlas acá fuera, que yo las compraré, aunque sean veinte fanegas.
TORUVIO.- Que no, señor; que no es de esa manera que vuesa merced se piensa, que no están las aceitunas aquí en casa, sino en la heredad.
ALOJA.- Pues traerlas aquí, que yo las compraré todas al precio que justo fuera.
MENCIGÜELA.- A dos reales quiere mi madre que se venda el celemín.
ALOJA.- Cara cosa es esa.
TORUVIO,- ¿No le parece a vuesa merced?
MENCIGÜELA.- Y mi padre a quince dineros.
ALOJA.- Tenga yo una muestra de ellas.
TORUVIO.- ¡Válgame Dios, señor! Vuesa merced no me quiere entender. Hoy he plantado un renuevo de aceitunas, y dice mi mujer que de aquí a seis o siete años llevará cuatro o cinco fanegas de aceituna, y que ella la cogería, y que yo la acarrease y la mochacha la vendiese, y que a fuerza de derecho había de pedir a dos reales por cada celemín; yo que no, y ella que si, y sobre esto ha sido la quistión.
ALOJA.- ¡Oh, qué graciosa quistión; nunca tal se ha visto! Las aceitunas no están plantadas y ¡ha llevado la mochacha tarea sobre ellas!
MENCIGÜELA.- ¿Qué le parece, señor?
TORUVIO.- No llores, rapaza. La mochacha, señor, es como un oro. Ora andad, hija, y ponedme la mesa, que yo os prometo de hacer sayuelo de las primeras aceitunas que se vendieren.
ALOJA.- Ahora andad, vecino, entraos allá adentro y tened paz con vuestra mujer.
TORUVIO.- Adiós, señor.
ALOJA.- Ora, por cierto, ¡qué cosas vemos en esta vida que ponen espanto! Las aceitunas no están plantadas, y ya las habemos visto reñidas. Razón será que dé fin a mi embajada."
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