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Literatura española del siglo XX y XXI

Autor: Esteban Conde Choya
Curso:
10/10 (2 opiniones) |1383 alumnos|Fecha publicación: 18/12/2009
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Capítulo 12:

 Literatura española de posguerra

Durante los años cuarenta España vivió aislada del resto del mundo y la precariedad económica se dejó sentir, mientras que en los cincuenta empezó a salir del aislamiento y forma parte de algunos organismos internacionales. El turismo y la industria favorecen la recuperación económica y aparecen las primeras críticas respecto del poder y la división social entre los vencedores y los vencidos en la recién pasada Guerra.

La poesía

Instaurada la Dictadura de Franco, algunos poetas del 27 (Aleixandre, Diego) permanecieron en el país y otros (Salinas, Cernuda...) se exiliaron, mientras que Lorca había muerto al principio de la contienda y Hernández poco después de acabada ésta.

Las revistas literarias Garcilaso o Escorial dieron a conocer  a poetas que empleaban una lengua más directa y expresiva que la de los del 27, y que trataba de expresar la existencia cotidiana con sentimiento hondo y sincero; son los llamados poetas arraigados. Es el caso de Luis Rosales, que en poemarios como La casa encendida, evoca su infancia granadina: el día del Corpus, la luz de Sierra Nevada, los juegos infantiles con un lenguaje narrativo y sencillo. O el de Leopoldo Panero de Escrito a cada instante, de conmovida espiritualidad y expresión intimista, que canta la realidad de la tierra y del hombre con sentida ternura. Éstos y otros poetas (Ridruejo, García Nieto) formaron el grupo Juventud creadora y valoraron las formas clásicas como el soneto y cultivan los temas universales de Dios el amor y la patria.

Al lado de esta poesía arraigada hubo otra de tono opuesto, trágico y existencial, que siguió los postulados de Hijos de la ira, de D. Alonso. Los poetas desarraigados escribieron en revistas como EspadañaProel con un estilo coloquial y a veces tremendista, empleando el verso libre sobre todo, aunque sin abandonar el soneto. Entre ellos sobresalieron Victoriano Crémer, que en libros como Nuevos cantos de vida y esperanza expresa la angustia del hombre ante su destino o el dolor de los más humildes con un lenguaje agresivo y apasionado. O el José Hierro de Tierra sin nosotros donde expresa, entre otras cosas, el valor de la existencia humana ante la dolorida conciencia del paso del tiempo con un lenguaje transparente y una métrica desprovista de retoricismo.

Finalmente, en los años cincuenta esta poesía de tono existencial evolucionó hacia lo social, en que lo que importaba era expresar la solidaridad con los otros. Los dos poetas más importantes de esta tendencia fueron:

Gabriel Celaya, de Hernani (Guipúzcoa), que en poemarios como Tranquilamente hablando o De claro en claro, expresa con un lenguaje directo, lindando con el prosaísmo, su generosidad y solidaridad con el alma colectiva.

Y Blas de Otero, de Bilbao, que, tras estudiar Derecho en Madrid, se dedicó a la enseñanza, aunque pronto la dejó para dedicarse a la poesía y dar conferencias. Viajó por toda España y vivió por temporadas en Francia, Rusia, Cuba... En su poesía se resumen la sucesivas tendencias de la lírica contemporánea española, aunque su principal característica es el desarraigo frente a la aceptación conformista de otros poetas coetáneos. Entre sus libros destacan Ángel fieramente humano y Redoble de conciencia, que hablan de sus inquietudes existenciales y religiosas con un lenguaje bronco y dramático y  estrofas, clásicas (sonetos, romances...), aunque cultivó también versos blancos. O Pido la paz y la palabra, donde los temas, claramente sociales (fe en la solidaridad humana, entre otros), han desplazado la angustia existencial anterior.

La novela

En 1942 apareció La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela, que originó la llamada novela tremendista, cuya temática recoge la realidad miserable y cruda de la posguerra. Posee un lenguaje directo y sencillo, unas veces perteneciente a un sector deprimido de la sociedad (caso del Pascual de Cela), y otras a gente que busca sin más abrirse paso en la vida, como la estudiante Andrea, de Nada, novela con que Carmen Laforet obtuvo el Nadal de 1944. En ambos casos, la historia está contada en primera persona: la de Cela a modo de memorias, y la de Laforetcon datos autobiográficos.

En los cincuenta la novela sigue una línea realista, en la que los temas abarcan toda la sociedad española, desde la vida rural hasta la urbana pasando por el mundo industrial y los problemas que se derivan de él. Emplea una técnica narrativa sencilla y un lenguaje sin complicaciones para llegar mejor al gran público. Autores como Sánchez Ferlosio, Delibes o Ana Mª Matute pertenecen a esta tendencia, que enseguida desembocó en el realismo social, cuyos asuntos insisten en el mundo de los barrios de las grandes ciudades, el trabajo rural y los obreros. López Pacheco, con Central eléctrica, o García Hortelano con Nuevas amistades, son dos buenos ejemplos.

Paralelamente a la producción novelística que se da a conocer en España en ese momento, los novelistas exiliados siguen publicando obras como Campo cerrado (Max Aub) o Réquiem por un campesino español (R. J. Sender).

Los dos autores más importantes de estos años son:

Camilo José Cela, coruñés, funcionario, terminó dedicándose a la literatura tras el éxito conseguido con La familia de Pascual Duarte, novela que corresponde, como queda dicho, a su etapa tremendista y llena de crímenes, con  personajes de escaso coeficiente intelectual y un lenguaje bronco, crudo y pesimista. Con La colmena comienza el realismo social e implanta novedades técnicas como la del personaje colectivo, ausencia de argumento o reducción temporal; la temática, variada, trata la insolidaridad, la pobreza del pueblo de Madrid durante la posguerra, la impotencia del hombre ante su destino, etc. Finalmente, Cela hace incursiones en el experimentalismo en la década siguiente con títulos como San Camilo 1936, que no pasa de ser un monólogo interior grotesco sin pies ni cabeza. Recibió el Premio Nobel en 1989.

Miguel Delibes, vallisoletano, licenciado en Derecho y en Intendencia mercantil, director de El Norte de Castilla y miembro de la RAE.  Se dio a conocer con La sombra del ciprés es alargada, con la que obtuvo el premioNadal. Entre las novelas de su primera etapa destacan: El camino, la vida contada por un adolescente, Daniel el Mochuelo, antes de irse a la ciudad para hacerse un hombre de provecho, o Diario de un cazador, en la que los pormenores cotidianos y humanos de la vida de la caza son contados por Lorenzo, bedel de un centro de enseñanza. En Cinco horas con Mario Delibes da un giro hacia la experimentación narrativa, donde destaca el lenguaje (un largo monólogo de Carmen ante su marido muerto, lleno de resentimiento hacia el difunto, y utilizado para mostrar la psicología del alma femenina). El lenguaje que emplea Delibes es el castellano castizo, de transparencia clásica y honrada sinceridad con el que sabe llegar a todos los lectores. La adjetivación exacta, la opinión mesurada y su amor por la vida sencilla, en contra del mundo alienante del progreso mal entendido, convierten a Delibes en un autor de familia. Lo avalan premios como el Nacional de Literatura o el Cervantes, entre otros.

El teatro

El teatro de los cuarenta y cincuenta presentó principalmente tres tendencias: el de humor, que evitó el recuerdo doloroso de la contienda con tonos disparatados, lindantes con el absurdo, y en el que destacaron especialmente Enrique Jardiel Poncela, cuyos personajes poco comunes, situaciones inverosímiles y diálogos trabajados intentan criticar las costumbres de la sociedad, en obras como Un marido de ida y vuelta o Eloísa está debajo de un almendro; y Miguel Mihura, que en títulos tan celebrados como Ninette y un señor de Murcia o Tres sombreros de copa muestra franca ternura por las personas marginales en una sociedad convencional e hipócrita, empleando un lenguaje lleno de lirismo y de  ingenio.

La comedia burguesa, que siguió la línea de la alta comedia de Benavente, y fue un teatro caracterizado por defender los valores tradicionales de entonces o por el cuidado de los diálogos y la estructura escénica, con alguna que otra innovación formal; en él sobresalieron, entre otros, José López Rubio, con Celos del aire, comedia bien construida y escrita con un lenguaje donde prevalecen la sutil ironía y un selecto humorismo, o Joaquín Calvo Sotelo, que en La muralla, entre otras, cultiva un teatro humanista y con tesis ideológicas (en este caso, la restitución de lo robado), que en ocasiones son políticas.

Finalmente, se dio un tipo de teatro más serio y preocupado por temas existenciales y sociales, cuyos máximos representantes fueron:

Alfonso Sastre, madrileño, se licenció en Filosofía y Letras; luchó toda su vida contra el teatro burgués y restauró el drama crítico con fuertes dosis sociales y políticas, cosa que impidió que muchas de sus obras subieran a los escenarios. Entre sus títulos destacan especialmente Escuadra hacia la muerte, cuya acción se desarrolla en el frente alemán entre los componentes que forman la escuadra de castigo, encargada de detener el mayor tiempo posible el avance enemigo; finalmente, la escuadra se rebela contra su jefe y el grupo de castigo se disuelve. O Muerte en el barrio, donde un grupo de gente mata a un médico que ha causado la muerte de un niño por negligencia, y el policía encargado de resolver el caso aprueba lo ocurrido. Con este tipo de obras intentó despertar las conciencias dormidas de sus contemporáneos.

Antonio Buero Vallejo, de Guadalajara, estudió Bellas Artes en Madrid; se alistó en el ejército republicano y al final de la Guerra fue condenado a muerte, aunque se le conmutó la pena por treinta años de cárcel (por esta época nació su vocación por el teatro; fue miembro de la RAE y mereció importantes premios por su labor literaria (el Lope de Vega de teatro o el Cervantes por toda su obra)

Con el estreno de su Historia de una escalera se abrió en España una corriente dramática de tipo realista que abarcaba tanto temas sociales como políticos. En otras obras, como El tragaluz, son patentes las referencias a las secuelas dejadas por la Guerra en una familia española (la muerte de la niña por falta de alimento, la miseria, la depuración del padre...). También escribió dramas históricos, como Un soñador para un pueblo (sobre Esquilache, ministro de Carlos III y el famoso motín que provocaron en el pueblo sus drásticas medidas). Antonio Buero Vallejo es un dramaturgo que emplea la tragedia para pintar el alma española desde un punto de vista existencial, social, político e histórico, y mostrar de paso sus propias inquietudes personales, tan marcadas por la política española.

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