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Literatura española del siglo XX y XXI

Autor: Esteban Conde Choya
Curso:
10/10 (2 opiniones) |1383 alumnos|Fecha publicación: 18/12/2009
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Capítulo 14:

 Literatura española a partir de los 60

En torno a 1960 la literatura realista social empieza a recibir críticas por su pobre lenguaje y su reducida temática y, a cambio, aparecen en todos los géneros una renovación de temas y técnicas debido no sólo al desgaste de la tendencia anterior, sino también al propio desarrollo y modernidad de la sociedad. 

La poesía 

En la década de los sesenta existía un grupo de poetas que había partido de la poesía social y, tras superarla, se interesó principalmente por el hombre sin caer en patetismos gratuitos y creando una poesía de la experiencia personal. Estos poetas, entre los que destacan Jaime Gil de Biedma, Ángel González, J. Ángel Valente o Claudio Rodríguez, trataron la intimidad con un lenguaje más cuidado e introdujeron la crítica social, la ironía y el simbolismo.

Luego aparecieron los Novísimos, poetas (Pedro Gimferrer, Jesús Munárriz o Guillermo Carnero, entre otros) cuyas muestras recogió el crítico J. Mª Castellet en su Antología de 1970. Coetáneos suyos, aunque sin aparecer en dicha Antología, son otros que tienen tanta calidad lírica como ellos: el Ángel García López de Auto de fe o el Antonio Colinas de Sepulcro en Tarquinia, por ejemplo. Unos y otros tratan de lo personal, lo social y lo cultural empleando un lenguaje refinado y estético (parecido al del Barroco) y dotado de elementos surrealistas.

Actualmente, existen poetas que siguen las corrientes mencionadas; cuando no, caminos vanguardistas y de experimentación, e incluso líneas personales con empleo de  formas tradicionales y clásicas. La lista sería muy extensa (Luis García Montero, Encarna Fontanet, Antonio Matea, Vicente Rincón, Esteban Conde, Blanca Andreu, Jaime Siles, Julia Castillo... son algunos nombres). 

Claudio Rodríguez, zamorano, se licenció en Filología Románica y fue profesor de español en universidades inglesas; de regreso a España, se dedicó a la docencia universitaria. Miembro de la Real Academia, obtuvo abundantes premios (el Nacional de Poesía o el Príncipe de Asturias, entre otros).

Se dio a conocer como poeta a los dieciocho años con Don de la ebriedad, en el que muestra el entusiasmo de estar vivo y exalta de modo panteísta lo que le rodea. Después publicó otros títulos como Conjuros, donde evoca muchos momentos y sitios de su tierra natal y de Castilla o Alianza y condena, en el que, siguiendo con la temática anterior, acepta el dolor como experiencia propia del hombre Casi una leyenda cierra el ciclo de su vida como poeta y como hombre, con referencias claras a la vejez y a la muerte. El lenguaje que emplea el poeta en sus versos (clásicos y modernos) es cotidiano y sencillo, con abundantes alusiones a las labores campesinas, pero impregnado de una trascendencia poco usual en la poesía contemporánea. 

Jaime Gil de Biedma, barcelonés, estudió Leyes y fue profesor de Historia del Derecho; viajó a Oxford y entró en contacto con la mejor literatura inglesa del momento. De vuelta a España, residió en Madrid y viajó mucho a Filipinas por motivos de trabajo. Adopto posturas políticas antifranquistas. Cultivó la poesía de la experiencia (los recuerdos de su vida y el paso del tiempo). Entre sus mejores libros destacan Compañeros de viaje o Poemas póstumos, que expresan, entre otros temas vitales, la amistad y el amor sometidos al desgaste del tiempo con un lenguaje sarcástico y lleno de pesimismo.

La novela 

A partir de 1960, el llamado realismo social experimenta un cansancio paulatino y cede sitio a una novela con transformaciones técnicas muy importantes. Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos, marca el punto de partida de una nueva corriente, el realismo crítico que, sin embargo, no rompe con la social. El lenguaje escogido ordena la realidad y explica la España actual a través de su historia pasada o inmediata, angustiosas experiencias en un mundo futuro, lugares míticos, etcétera. Las técnicas narrativas se renuevan (monólogos interiores, rupturas temporales, tratamiento irónico de las situaciones, experimentos con los signos de puntuación, etcétera). Juan Goytisolo o Juan Marsé  pertenecen a esta misma corriente, así como novelistas anteriores como Miguel Delibes, Camilo José Cela o Carmen Martín Gaite.

Paralela a esta narrativa se halla la llamada metafísica o intelectual, cuyos caracteres principales son: mentalidad universitaria, tratamiento culto de temas y lenguaje o síntesis de subjetivismo y objetivismo. Entre sus cultivadores destacan A. Prieto  o Carlos Rojas de novelistas mayores como Torrente Ballester o Álvaro Cunqueiro.

En la época de la democracia y con la desaparición de la censura, no sólo se recupera la narrativa de los exiliados (Max Aub, Ayala o Andújar), sino que siguen publicando los novelistas anteriores y se incorporan nombres nuevos como F. Umbral, Eduardo Mendoza o Vázquez Montalbán.

Últimamente, al lado de la experimentación narrativa, la mayoría de los novelistas cultivan formas tradicionales, se inclinan por el intimismo y experimentan el gusto por narrar historias. Entre ellos sobresalen Javier Marías, Antonio Muñoz Molina o Luis Mateo Díez.

Álvaro Cunqueiro, de Lugo, estudió en la Universidad de Santiago; conferenciante; viajó por Europa y América; fue director del diario El Faro de Vigo y perteneció a la Real Academia Gallega. Entre sus novelas destacan,  especialmente, Cuando el viejo Simbad vuelva a las islas o Un hombre que se parecía a Orestes. En esta última (premio Nadal), que explica la expectación que se crea en la ciudad de Argos ante la llegada de Orestes para vengar la muerte de su padre; aunque transcurren tantos años que, cuando se presenta el hijo, la venganza es inútil. Con una prodigiosa imaginación y empleando un lenguaje clásico, exacto y bello, Cunqueiro recrea a su modo el mito clásico, intemporalizando la acción y los personajes.

Eduardo Mendoza nació en Barcelona. Desde 1973 a 1982 residió en Nueva York, donde trabajó de funcionario en las Naciones Unidas. A partir de entonces ejerció de traductor de conferencias internacionales en otras partes del mundo, como Ginebra, Viena o Estambul. Obtuvo el Premio de la Crítica con La verdad sobre el caso Savolta, novela con la que se dio a conocer y en la que retrata la Barcelona de 1917 a 1919 con diversidad de técnicas narrativas y lenguajes propios de las novelas policiaca y rosa y del folletín... Escribió novelas policiacas en clave de parodia y humor, como El misterio de la cripta embrujada, cuyo detective encargado de resolver el caso es un interno de un psiquiátrico. Y últimamente, retomando las técnicas y los temas serios e históricos de su primera novela, ha dado a conocer La ciudad de los prodigios, en la que, siguiendo la aventura vital de su protagonista Onofre Bouvila, presenta la vida de Barcelona entre 1886 y 1929 en un homenaje de entrañable ternura a la ciudad y sus habitantes. Imaginación y verdad, humor y reflexión van de la mano para crear una emocionante crónica de la Barcelona a caballo de los siglos XIX y XX. 

El teatro 

A partir de los años sesenta se siguen cultivando el teatro humorístico, la comedia burguesa, el teatro de testimonio y protesta. Otros, como el independiente, el universitario o el de cámara y ensayo siguen el camino de grupos que surgieron en Norteamérica y representaban sus creaciones en la calle o en las Universidades, cuyo propósito era protestar contra la sociedad y la cultura del poder. Entre sus características destacan la independencia económica, el rechazo de la comercialización, la distinción entre teatro espectáculo y teatro texto o el lenguaje del teatro popular, y suelen representarse en colegios mayores, aulas universitarias, naves industriales, casas regionales o ateneos. A este tipo de teatro pertenecen grupos como Los Goliardos, El T.E.I., El Teatro Estudio Lebrijano o los catalanes Els Joglars o La fura dels baus...

Continuadores del teatro de testimonio social abierto por Buero Vallejo y Alfonso Sastre, a partir de 1960 se dan a conocer una serie de obras y autores, entre los que destacan Lauro Olmo (La camisa), Carlos Muñiz (El tintero) o José Martín Recuerda (Las salvajes en Puente San Gil) y cuyos temas, entre otros, son: la explotación del trabajador, la emigración de los obreros o los poderes anquilosados en el pasado.

Otras tendencias fueron abiertas por dramaturgos como Antonio Gala o Fernando Arrabal, el cual con obras como Los hombres del triciclo creó un teatro especial y perseguido por la censura; Gala, hecho al comercio teatral español, con no pocas concesiones en su creación, y Arrabal, obligado por las circunstancias a vivir fuera del país. En los últimos años se han incorporado nuevos valores dramáticos como J. Sanchís Sinisterra, con ¡Ay, Carmela! (la vida del teatro en los frentes de la Guerra Civil), José Luis Alonso de Santos, autor de Bajarse al moro (que trata el tema siempre conflictivo de las drogas), Francisco Nieva o Fernando Fernán Gómez. 

Fernando Fernán Gómez nació cuando su familia, dedicada al teatro, iba de gira por América; se educó en el barrio de Chamberí de Madrid y su vocación artística se dividió entre la interpretación y la literatura; como actor logró un éxito clamoroso en Los ladrones somos gente honrada, obra de teatro de Jardiel Poncela, y en muchas películas. Obtuvo el premio Lope de Vega con Las bicicletas son para el verano, que, ambientada durante la Guerra Civil, trata el tema de la confianza de que no todo está perdido. Aparecen en la obra resonancias autobiográficas del autor, recuerdos de su infancia, del sitio de Madrid  y de la vida cotidiana de su barrio de Chamberí.  

Antonio Gala nació en Córdoba en el seno de una familia acomodada.; se licenció en varias carreras (Derecho, Filosofía y Letras...) y ejerció la docencia Fue Premio Adonais de poesía y Planeta de novela, pero triunfó especialmente en el teatro, género con el consiguió, entre otros, los premios Calderón de la Barca y el Nacional de Literatura. Actualmente, alterna la dramaturgia con el periodismo y la conferencia.

Entre sus obras teatrales destacan Los buenos días perdidos, muy cercana al teatro del absurdo y en la que trata la angustia existencial y la incomunicación del ser humano, condenado irremisiblemente a la muerte; o Los verdes campos del Edén, que es el drama de la marginación y la protesta. No falta tampoco en su obra alguna comedia evangélica, como Las palabras en la arena. La preferencia por los seres que sufren algún tipo de frustración, la poca acción dramática, los diálogos agudos e ingeniosos y el lenguaje de léxico rico y cuidado son algunos de los rasgos de su teatro.

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