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El liderazgo centrado en principios

Autor: Eduardo Ortega
Curso:
8/10 (4 opiniones) |6327 alumnos|Fecha publicación: 09/02/2006
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Capítulo 5:

 Tres resoluciones

Todos nos enfrentamos a fuerzas que nos limitan, y eso provoca que en ocasiones hagamos cosas que van en contra de nuestras intenciones y resoluciones. Debemos tener presente que nos convertimos en esclavos de todo lo que nos domina. A menudo cometemos dos errores respecto de las resoluciones que tomamos: 1) no tenemos una clara comprensión de quienes somos, en consecuencia nuestros hábitos se convierten en nuestra identidad, y decidir cambiar un hábito constituye una amenaza para nuestra seguridad. 2) No tenemos un claro panorama de adónde queremos ir, por eso nuestras resoluciones no son firmes. Luego nos desalentamos y las abandonamos.

Sustituir un mal hábito profundamente arraigado por uno bueno, requiere una profunda comprensión de uno mismo. Y además juicio, compromiso, retroalimentación y continuidad. La rendición de cuentas engendra capacidad para responder.

Calcule los costos del cambio y ponga a disposición los recursos necesarios. Si cumplimos con nuestras resoluciones, podremos avanzar más fácilmente hacia nuevas victorias.

Resoluciones universales

Hay tres poderosas fuerzas restrictivas que actúan sobre nuestras vidas para acabar con toda nueva resolución o iniciativa. Podemos superarlas adoptando y observando tres resoluciones:

1.       Los apetitos y las pasiones. Para superarla resuelvo ejercitar la autodisciplina y la autonegación. Siempre que somos excesivamente indulgentes con los apetitos y las pasiones físicas, dañamos nuestros procesos y juicios mentales así como nuestras relaciones sociales. Los principios de la moderación, la constancia y la autodisciplina  deben convertirse en principios de vida de una persona. Nuestras vidas son ecosistemas, y si nuestro lado físico está desequilibrado, los demás sistemas se ven afectados. Cuanto más viejos nos hacemos, necesitamos más disciplina y moderación, y sin embargo tenemos más deseos de bajar los brazos, descansar y ser indulgente con nosotros mismos. Sentimos que hemos pagado nuestras deudas y tenemos derecho a ceder un poco. Si soy excesivamente indulgente con mi persona, pierdo sensibilidad respecto de las necesidades de los demás, me hago más impaciente, me disgusto y después tiendo a volcar ese disgusto en los demás.

2.       El orgullo y las apariencias: Para superar estas fuerzas restrictivas decido mejorar mi carácter y mi competencia. Sócrates dijo: "La más grandiosa forma de vivir honorablemente es ser lo que aparentamos ser". El espejo social es un elemento muy poderoso en la creación de nuestra idea de quienes somos. Recibimos presión de personas exitosas, poderosas, que van siempre a la moda. Pero cuando se vive de acuerdo a los propios valores y principios fundamentales se puede ser honesto, directo y franco. Y eso hace que las personas con dobles intenciones pierdan el control sobre nosotros. Si nuestro concepto de nosotros mismos proviene de lo que los demás piensan de nosotros, adaptaremos nuestras vidas a sus deseos y expectativas. Cuanto más actuemos para satisfacer expectativas ajenas, más débiles, superficiales e inseguros seremos. Entonces perdemos el respeto por nosotros mismos y el respeto de los demás.

Basar nuestra seguridad en las modas, las propiedades o los símbolos de status puede ser nuestra perdición. La moda nos inspira el deseo de parecer y no el de ser.

3.       Las aspiraciones y la ambición desenfrenada: Para superarlas decido dedicar mis talentos y recursos a fines nobles y a prestar servicio a los demás. Si alguien anda a la búsqueda de ser el número uno, y piensa "en qué me puede beneficiar esto", no tendrá sentido para él ser un agente de principios y causas valiosas, sino que estará concentrado en el poder, la fortuna, la fama, la posición y las posesiones. Una persona ambiciosa busca su propia gloria y está profundamente preocupado por sus propios planes. Puede incluso considerar a su propio cónyuge y a sus hijos como posesiones y tratar de obtener de ellos el comportamiento que le dé más popularidad. Ese tipo de amor posesivo es destructivo. Así, todos se convierten en competidores, o bien en conspiradores contra él. Tales personas emplean diversos métodos de manipulación (la amenaza, la prepotencia, la mentira) para lograr sus fines. Mientras una persona no tenga vocación de servicio no responderá a las exigencia de  su entorno cuando afecten sus propios intereses egocéntricos. Lo contrario de la doble mentalización es la integridad. Logramos la integridad al dedicarnos desinteresadamente a servir a otros.

Capítulo siguiente - La grandeza primaria

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