Capítulo 4:
Antiguamente no eran pocas las personas que, en aldeas perdidas, hablaban de fornidos y extraordinarios karatekas que atravesaban puertas y paredes con sus puños, se movían en la noche y realizaban las más formidables proezas.
No es de extrañar que la mayoría de tales historias no sean más que "cuentos de viejas", tengamos en cuenta que, en unos años donde apenas casi nadie sabía leer y escribir, y en donde las comunicaciones por carretera eran más bien escasas, la imaginación volase y, de una historia real se pasara, por medio del boca a boca, a las historias más inverosímiles.
Aún así, hoy en día, en nuestra época de las telecomunicaciones y de la tecnología digital, mucha gente se empeña en alimentar ésas historias, tiñendolas, a veces, de un tinte ensombrecedor: "es que antes los karatekas eran diferentes" argumentan, o: "antes se enseñaba otro tipo de karate", como si ése "otro tipo de karate" fuese más "mágico", diferente en sus fundamentos y concepción, más atronador, explosivo y contundente.
Cabe reseñar que, en realidad, la mayoría de las veces quienes apoyan ése tipo de historias épicas son personas alejadas del verdadero karate o karatekas novatos, que se sienten atraídos por un poder y un halo que las artes marciales poseen pero que, en ningún caso, es sobrenatural.
Muchos karatekas, sobre todo los más niños o adolescentes, se enfrentan, en sus inicios, a los comañeros y amigos que les suelen decir, ante la noticia de su práctica marcial: "¿Eres karateka? Rompe una tabla...", tentando al joven practicante para que demuestre sus habilidades y valor.
Ignoran que tras la rotura de una simple tabla hay mucho entrenamiento detrás, a veces específico, y que cualquiera, aún no siendo karateka, puede llevarlo a cabo. No es ningún secreto.
Ese tipo de acciones, fruto a veces, incluso, de errores de entrenamiento en tiempos pasados, demuestran qué lejos se está del genuino Karate y el por qué a muchos les es más cómodo ocultar un arte marcial que verse obligados cada poco tiempo a demostrar lo que saben.
Aún así, ello es algo a lo que casi todos, en el curso de nuestra vida marcial, nos hemos enfrentado.
Otra de las acciones que se están poniendo cada vez más de moda es exteriorizar el Karate. Mediante emblemas, camisetas, anillos, etc. etc. infinidad de Karatekas aprovechan el nivel de respeto y temor que lleva consigo éste arte marcial para asustar, hacerse respetar o llamar la atención al resto de las personas.
Nada más lejos de la realidad para un auténtico karateka. El Karate ha pasado de encontrarse en la más absoluta oscuridad y secretismo a estar, en ocasiones, vapuleado, vilipendiado y criticado por propios y extraños. Se hacen programas de televisión morbosos y llamativos, cómics con karatekas super poderosos, se comercia, se juega y se burla al Karate.
Un auténtico Karateka, por la misma naturaleza del arte que practica y entrena, huye y rehúye de toda imagen propagandística. Consciente de lo que es y tiene, no concibe ni experimenta necesidad alguna de asustar o portar emblemas de cara al exterior. Su vía, su auténtica vía, está y la recorre en su interior.
En tiempos antiguos se conocían a los karatekas no por los anillos o camisetas que portaban, sino por su forma de moverse, de desplazarse. Por sus movimientos.
El auténtico Karate se inserta en nuestro ser más profundo, se forma en nuestra naturaleza y todo el día el karateka despliega Karate por los cuatro costados. No necesita otra difusión: él es en sí mismo el mejor emblema.
La sociedad capitalista y consumista actual, hábida de nuevos ídolos que levantar para después pisotear, hambrienta de novedades, está siempre abierta a las modas, atrapada por la imagen exterior. Según ella, no importa tanto lo que sepas como lo que los demás crean que sepas. La sabiduría marcial, así entendida, no va más allá de un mero y breve espectáculo circense, al que todos están invitados y en donde cualquiera puede participar.
Es, solamente, en el momento de la verdad, en el único instante donde está pendiente y en juego la vida y se hacen necesarios poner todos los conocimientos en la tarea emprendida, es en ése instante, cuando los ídolos de barro se derrumban y caen y sólo permanece en pie el auténtico karateka, la torre adecuadamente cimentada, los conocimientos válidos y más profundos. El auténtico espíritu marcial, la esencia y utilidad del Karate.
La fortaleza, para nuestra sociedad occidental, es quién posea el arma más grande y temible. Sin embargo, para un karateka no es tan importante el arma como la mente que maneja ésa arma.
Sólo bajo el control de la mente adecuadamente entrenada el arma será verdaderamente eficiente.
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