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Capýtulo 2:

 La realidad como construcción en el vivir

De acuerdo con Maturana (1995), la condición primaria y básica del ser humano es que somos animales, esto es, seres vivos, y en tanto que tales, no nos es posible hacer nada que nuestra biología no permita. Como sistemas abiertos, los organismos vivos realizan su vivir en una permanente dinámica de acoplamiento estructural con el medio –que para el caso de los seres humanos está constituido por el entorno físico y social- en la que los dos van cambiando en congruencia con el tipo de interacciones que resulten de sus encuentros.

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Figura No.1. Dinámica operacional del ser humano

La relación del organismo con su medio, del cual obtiene la energía necesaria para su proceso autorreproductor de la vida (autopoiesis), parte de la cognición, la cual puede encontrarse instalada como memoria filogenética desde cuando el organismo nace – que es el caso de los animales cuyos comportamientos vienen programados en sus genes como instintos-  o puede resultar de procesos ontogenéticos de ensayo-error en los encuentros con el medio. 

Cuando se pretende dar cuenta acerca de cómo conocemos el medio, se debe en primer lugar caracterizar las condiciones que posibilitan ese conocimiento. Desde el constructivismo el conocimiento se hace posible al indicar y describir observaciones, vale decir, haciendo distinciones cuyos resultados constituyen los pisos autorreferidos para la emergencia de nuevas distinciones. La realidad se reconoce y asimila en la medida en que los sistemas observadores distinguen características y elementos en el medio externo; esto es, en tanto diferencian una cosa de otra, en tanto crean contrastes y oposiciones en el mundo con el que se relacionan.

Desde esta perspectiva, la realidad que uno percibe es una construcción a partir de sus propios esquemas de distinción que maneja como observador, y no esa entidad objetiva y absoluta que podía aprehender mediante los sentidos (empirismo) o mediante la razón (racionalismo). En otras palabras, el conocimiento se hace posible al observar y describir observaciones, es decir, haciendo distinciones cuyos resultados constituyen horizontes para la emergencia de nuevas distinciones.

En los años setentas dos biólogos chilenos, Francisco Varela y Humberto Maturana (1995; 1996), plantearon la teoría del determinismo estructural: los estímulos del medio  gatillan cambios estructurales en los seres vivos, pero es la estructura del ser vivo la que determina qué le afecta y cómo la afecta. Un agente externo solo puede desencadenar los cambios que la estructura del ser vivo permite, por cuanto es su estructura la que determina qué es para el organismo una perturbación, según lo que esté ocurriendo –cómo esté siendo- en dicha estructura. Este enunciado nos permite comprender, entonces, por qué las personas perciben de manera diferente y reaccionan en distinta forma ante un mismo hecho: no es el hecho lo que determina qué les pasa, sino la estructura del observador, es decir, la manera como está siendo  en el momento en que  vivencia el fenómeno. En otras palabras, vemos el mundo no como este es, sino como somos nosotros. De ahí la validez de la aserción acerca de que los juicios y las explicaciones dicen más de quien habla que de lo que habla.

En nuestras interacciones con el mundo,  los seres humanos vivimos en una dinámica que momento a momento nos posibilita unas determinadas percepciones y conductas, como resultado de un sistema perceptual y un sistema de predisposiciones conductuales conformados a través de nuestras historias biológica (filogenia), social (cultura) y personal (ontogenia) (Maturana, 1995).  

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Figura No. 2. Dinámica operacional del ser humano

El sistema perceptor está conformado por los sentidos, que son los contactos directos con los estímulos que nos llegan del medio, por los conceptos y teorías que empleamos para organizar y hacer inteligibles nuestras observaciones, por las convicciones, fundamentadas o no, que hemos construido a partir  de nuestros aprendizajes históricos, por los intereses y necesidades coyunturales que se involucran en la observación, y por las emociones o estados de ánimo en que nos encontramos.

Percibir (P), distinguir (D) y significar (S) (Pèrez, 2001), operan como tres componentes diferentes, equivalentes e idénticos que al relacionarse como triunidad, constituyen  la realidad y el mundo que construimos en nuestra interacción con el entorno y con nosotros mismos. Percibimos lo que distinguimos, distinguimos lo que significamos, significamos lo que percibimos y a la inversa, en una circularidad recursiva en la que no se da lo uno sin los otros.

Como resulta evidente, cada persona, según su historia  de interacciones, porta un sistema perceptor específico que le posibilita, al situarse como observador, la configuración de un mundo concreto que se convierte para ella en su realidad (Nanda, 1987). Tenemos entonces, desde esta perspectiva, que no existe un solo mundo ni una sola realidad, sino tantos mundos y realidades como dominios perceptuales (personas) existan. En otras palabras, ya no podemos hablar de un universo objetivo que se presenta idéntico para cualquier observador, sino de un multiverso (Maturana, 1997), una pluralidad de mundos distinguidos, significados y percibidos de  acuerdo al sistema perceptual de quien percibe, significa y distingue.

La noción de multiverso es un planteamiento revolucionario: el paso de un Universo, esto es, de una realidad  objetiva única y trascendente que valida el conocer y el explicar, y que es la misma para todos, a una pluralidad de mundos, en que existen tantos dominios de realidades como observadores.

De lo anterior se desprende que la persona que describe, influye en lo que puede ser observado y descrito, y al hacerlo hace ciertas distinciones y deja fuera otras. Cada persona hace una descripción distinta a la de otra pwersona, por lo que cada descripción es igual de importante que las demás. Cada descripción es una realidad y ninguna es mejor que otra, sino más bien todas son igualmente reales.

La praxis del vivir no se da solamente como configuración de una realidad.  El vivir, en tanto  que proceso continuo y constante de acoplamiento con el medio, se realiza en las interacciones con ese medio. La triada pecibir-distinguir-significar gatilla en el observador, una determinada disposición emocional (E), según que lo observado resulte atractivo o repulsivo, mortificante o gratificante, peligroso o beneficioso, de acuerdo con la  valoración automática que hacen las memorias filogenética u ontogenética. La emoción (E) generada dispone al organismo para la acción (A) en la interacción con el medio, de modo que el actuar resulta congruente con lo que el observador percibe del medio.

Ahora bien, en el vivir social cotidiano encontramos que con las demás personas actuamos sobre un mundo que identificamos como igual para todos, que nos lleva a asumirlo  como un mundo objetivo, lo que desvirtúa en forma pragmática lo atrás enunciado.  El constructivismo responde a ello que dicha conclusión nace de una confusión: el hecho de que múltiples observadores distingan un mundo similar, no permite concluir que ese mundo observado sea “objetivo” y que la cognición lo esté aprehendiendo tal cual dicho mundo es, sino que los observadores comparten la misma observación. Es decir, que al compartir la observación, las distinciones similares que se producen son trasladadas por los observadores, de manera equívoca, como propiedades intrínsecas del entorno observado, sin caer en cuenta de que lo común allí son las estructuras de los observadores, que en consecuencia les permiten, desde el determinismo estructural, observaciones similares.

Al respecto Varela, recuperando el "sentido común", deja fuera el solipsismo que tanto se critica al relativismo constructivista, y crea el concepto de “enacción” en la operatividad cognitiva de los sistemas observadores. Dice Varela (2002: 207):

“Consideremos el caso de la visión: ¿qué vino primero, el mundo o la imagen? La respuesta de la investigación de la visión (tanto cognitivista como conexionista) surge de manera clara a partir de los nombres de las tareas investigadas: ‘recobrar la forma a partir de las sombras’ o ‘la profundidad a partir del movimiento’ o ‘el color a partir de fuentes de iluminación variables’. Podemos llamar a esto el extremo del huevo o la gallina:

·      Postura de la Gallina: El mundo afuera de nosotros tiene leyes fijas, precede a la imagen que proyecta sobre el sistema cognitiva, cuya tarea es capturar esta imagen apropiadamente (ya sea como símbolos o en estados emergentes).

Ahora, por favor, tomen nota de lo razonable que esto suena y de lo difícil que parece imaginar que pudiera ser de otra manera. Tendemos a pensar que la única alternativa es la postura del Huevo:

·      Postura del Huevo: El sistema cognitivo crea su propio mundo, y toda su aparente solidez es la reflexión primaria de las leyes internas del organismo.

La orientación enactiva propone que tomemos una vía intermedia, yendo más allá de estos dos extremos, dándonos cuenta (como lo saben los granjeros), que el huevo y la gallina se definen el uno al otro, son correlativos. Es el permanente proceso del vivir lo que ha dado forma a nuestro mundo en el ir y venir entre lo que describimos como restricciones externas, desde nuestro punto de vista perceptual, y la actividad generada internamente. Los orígenes de este proceso se han perdido para siempre y nuestro mundo, para todos los efectos prácticos, es estable (… excepto cuando se descompone). “

Lo anterior indica que el proceso de la cognición se localiza dentro de una tensión entre el adentro y el afuera: indudablemente existe un entorno con el que nos relacionamos mediante operaciones cognitivas, pero las distinciones que constituyen el conocimiento que construimos sobre dicho entorno tienen que ver principalmente no con lo que ese entorno es en sí mismo, sino con lo que nuestra estructura biológica, histórica y cultural nos posibilita distinguir de dicho entorno.

¿Qué es el conocimiento?

Si reflexionamos sobre qué es aquello a lo que llamamos conocimiento (Maturana, 1997), sobre qué es conocer, podemos darnos cuenta de que cuando decimos que una persona tiene conocimiento sobre un dominio dado, lo hacemos porque aceptamos que ante una pregunta que formulamos a esa persona  en dicho dominio, o cuando la vemos actuando en él, la respuesta que recibimos  o la conducta que le observamos es adecuada o efectiva en el dominio que hemos especificado con nuestra pregunta o con nuestros criterios de observación. Igual criterio aplicamos cuando decimos que sabemos: cuando afirmamos  “yo sé”, queremos decir que somos capaces de proceder adecuadamente en un dominio particular. En términos generales, entonces, conocimiento son las explicaciones de la  conducta que un observador acepta como adecuada en un dominio particular que tal observador especifica.

De lo anterior se colige que la aceptación como conocimiento válido por parte de un observador de una determinada proposición expresada por alguien –que puede ser otra persona o el mismo observador- está dada porque la proposición cumple ciertas condiciones de escucha que el observador pone al definir el dominio cognitivo en el que realiza la observación,  y por su efectividad o adecuación para explicar la conducta que se tiene en la relación con el medio. Una percepción  o un conocimiento es válido cuando permite a una forma viviente actuar en congruencia con su medio, esto es, hacer lo que debe hacerse para que la interacción produzca perturbaciones estructurales que mantengan la vida, y no  cambios que conduzcan a la inhibición de la capacidad autorreproductora del ser vivo, caso en el cual desaparecerá como tal.

Cuando reflexionamos sobre qué es lo que hacemos al explicar o describir lo que observamos, hallamos que lo que nos sucede es encontrarnos a nosotros mismos en el proceso de observar. Es decir, que cualquier cosa que vivamos nos ocurre como una experiencia que simplemente nos pasa, como procedente de ninguna parte, y que lo que explicamos y/o describimos es precisamente dicha experiencia.

En la investigación social el investigador es un observador de segundo orden, por cuanto su praxis se configura como la observación de observadores que interactúan, generando eventos socioculturales. Y difícilmente podemos abordar este tipo de eventos sin lanzar preguntas acerca de su intencionalidad y significado. Es evidente, por lo tanto, que el quehacer del investigador social no se limita a realizar descripciones sobre tasas de criminalidad, hábitos de consumo, distribuciones etareas u otras distribuciones estadísticas, sino que el ejercicio indagativo se orienta también hacia los trasfondos desde donde los sistemas observados operan, lo que implica preguntar por sus significados y formas de significar. Y estas preguntas implican, necesaria e ineludiblemente, abordar la cotidianidad de las personas, por cuanto es en su diario vivir y convivir en donde se gestan y expresan los mundos de significado y de sentido que valoran y orientan sus acciones y prácticas.

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