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|11062 alumnos|Fecha publicación: 08/02/2007
DEBEMOS TENER UN CORAZON ABIERTO NO DURO
Jeremy nació
con un cuerpo deforme y una mente lenta. A la edad de 12 años
estaba todavía en segundo de primaria, pareciendo ser incapaz de
aprender. Su maestra, Doris Miller, a menudo se exasperaba con él.
Podía retorcerse en su asiento y soltar gruñidos y otras veces
hablaba de manera clara y precisa, como si un rayo de luz penetrase
en la oscuridad de su cerebro. La mayor parte del tiempo, sin
embargo, Jeremy simplemente irritaba a su maestra.
Un día llamó a sus padres y les pidió que fueran a verla para una
tutoría. Cuando los Forrester entraron en la clase vacía, Doris les
dijo: "Lo que realmente necesita Jeremy es una escuela especial. No
es bueno para él estar con niños menores que no tienen problemas de
aprendizaje. Hay una diferencia de cinco años entre su edad y la de
los otros escolares." La Sra. Forrester sacó un pañuelo de papel y
lloró quedamente, mientras su marido hablaba: "Srta. Miller, no hay
escuelas de ese tipo en las cercanías. Sería un terrible shock para
Jeremy si tuviésemos que sacarlo de esta escuela. Sabemos que
realmente le gusta estar aquí." Doris permaneció sentada un largo
rato después de que se hubiesen marchado, mirando fijamente la
nieve a través de la ventana. Su frialdad parecía filtrarse hasta
su alma. Quería simpatizar con los Forrester. Después de todo, su
único hijo tenía una enfermedad terminal. Pero no era justo
mantenerlo en su clase. Ella tenía otros 18 niños a los que dar
clase y Jeremy era una distracción para ellos. Además, él nunca
aprendería a leer y escribir, así que ¿para qué perder más tiempo
intentándolo? Mientras ponderaba la situación, un sentimiento de
culpabilidad se apoderó de ella. "Aquí estoy, protestando, cuando
mis problemas no son nada comparados con esa pobre familia", pensó.
"Por favor, Señor, ayúdame a ser más paciente con Jeremy."
Desde ese día, intentó duramente ignorar los ruidos de Jeremy y sus
miradas vacías. Un día, Jeremy se dirigió hasta su mesa,
arrastrando tras de sí su pierna mala: "Te quiero, Srta. Miller",
exclamó lo bastante fuerte para que la clase entera lo escuchase.
Los otros estudiantes soltaron risitas ahogadas y Doris enrojeció.
Balbuceó: "¿Co-cómo? Eso es muy bonito Jeremy. A-ahora vuelve a tu
sitio, por favor".
Llegó la primavera, y los niños hablaban animadamente de la llegada
de la Pascua. Doris les contó la historia de Jesús, y para
enfatizar la idea del nacimiento a una nueva vida, dio a cada uno
de los niños un gran huevo de plástico. "Ahora quiero que os lo
llevéis a casa y que lo traigáis de vuelta mañana con algo dentro
que signifique una nueva vida ¿Lo habéis entendido?". "Sí, Srta.
Miller", respondieron entusiásticamente los niños (todos excepto
Jeremy). Él la escuchó dando muestras de estar comprendiendo lo que
decía. Sus ojos no dejaron de estar fijos en su cara. Incluso ni
hizo sus ruidos habituales. ¿Había entendido el chico lo que ella
había explicado sobre la muerte y resurrección de Jesús? ¿Había
entendido la tarea asignada? Tal vez debiera llamar a sus padres y
explicarles a ellos el proyecto. Esa tarde, el fregadero de la
cocina de Doris se atascó. Llamó a su casero y esperó durante una
hora a que viniera y lo desatascara. Después tuvo que ir a la
tienda a por la compra diaria, planchar una blusa y preparar un
examen de vocabulario para el día siguiente. Olvidó por completo
llamar a los padres de Jeremy. A la mañana siguiente, 19 niños
llegaron a la escuela, riendo y hablando mientras dejaban sus
huevos en la gran cesta de mimbre sobre la mesa de la Srta. Miller.
Tras acabar su lección de matemáticas, llegó el momento de abrir
los huevos. En el primer huevo, Doris encontró una flor. "Oh, sí.
Una flor es ciertamente un signo de nueva vida. Cuando las plantas
asoman de la tierra, sabemos que ha llegado la primavera". Una niña
pequeña en la primera fila agitó su brazo. "Ese es mi huevo, Srta.
Miller", dijo. El siguiente huevo contenía una mariposa de
plástico, que parecía muy real. Doris la mantuvo en alto: "Todos
sabemos que una oruga cambia y se transforma en una bonita
mariposa. Sí, también es nueva vida". La pequeña Judy sonrió
orgullosa y dijo, "Srta. Miller, ese es mío". En el siguiente,
Doris encontró una roca con musgo. Explicó que ese musgo también
significaba vida. Billy alzó la voz desde el fondo de la clase: "Mi
papá me ayudó", dijo sonriente. Entonces Doris abrió el cuarto
huevo. Sofocó un grito. El huevo estaba vacío. Con toda seguridad
debe ser de Jeremy, pensó, y naturalmente, él no había entendido
sus instrucciones. Si no hubiese olvidado telefonear a sus
padres... Para no hacerle pasar un mal rato, con cuidado puso el
huevo a un lado y alcanzó otro. De pronto Jeremy dijo: "Srta.
Miller, ¿no va usted a hablar de mi huevo?". Doris replicó confusa:
"Pero Jeremy, tu huevo está vacío". Él la miró fijamente a los ojos
y dijo suavemente: "Sí, pero la tumba de Jesús también estaba
vacía". El tiempo se paró. Cuando pudo hablar de nuevo, Doris le
preguntó: "¿Sabes por qué estaba vacía la tumba?". "Oh, sí. A Jesús
lo mataron y lo pusieron dentro. Entonces su Padre lo elevó hacia
Él." La campana del recreo sonó. Mientras los niños corrían
animadamente hacia el patio del colegio, Doris lloró. La frialdad
de su interior de desvaneció por completo. Tres meses más tarde,
Jeremy murió. Aquellos que fueron al tanatorio a expresar sus
condolencias, se sorprendieron al ver 19 huevos sobre la tapa de su
ataúd. Todos ellos vacíos.
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