La vivienda a la que hemos tenido acceso llama la atención en un primer momento por la desnudez de sus paredes, apenas una lámpara de formas onduladas y un espejo de marco dorado, un lienzo de colores ocres y unas fotos que hablan de conmemoraciones familiares que gracias al fotógrafo se han hecho inolvidables (pero que sin ese disparo oportuno nadie recordaría).
Tonos suaves, desvaídos, lánguidos, desmayos de colores donde se ablanda la vista. La vista viene afilada y dura de la ciudad. La ciudad agrede el alma de los neoyorkinos y el alma endurece el brillo de los ojos. Por eso en el hogar, quizá instintivamente, se buscan las formas sencillas y los colores suaves, para ablandar la mirada y masejear el alma agresora y agredida.

Hay una tendencia ubicua hacia los decorados clásicos; SALÓN AMPLIO con piano de cola, sofás hondos de almohadones encarnados, sillones estriados. Se busca el orden, la sencillez en las formas, la calma limpia de las paredes desnudas. A última hora de la tarde regresa el padre del trabajo; sus ojos han fatigado pantallas de ordenador y desenrollado sumas infinitas; ha hablado mucho de asuntos que quiere olvidar, pero que le retumban la cabeza como un eco insaciable.
Vuelve a casa y le llega nítido el burbujeo de la pecera, un hilo de voz feble donde se agacha a beber su pensamiento. La pecera alberga peces rojos y amarillos, peces de plata y oro, peces de todos los colores. Los peces, junto a dos cuadros de flores, son las únicas pinceladas de color de las salas principales. El padre de familia llega cansado y se hunde en el sofá del salón. Mira hondo y largo, porque no hay esa abundancia de objetos que aturde la vista; mira hondo y largo y allá lejos, rendidos los párpados, se adensa su fatiga en medio de las paredes vírgenes y los decorados clásicos.

Sobre la mesa del COMEDOR, unos candelabros congelan un llanto de cera espesa y pintan de plata los reflejos tenues de las lámparas. Todo invita al sueño, a acompasar la melodía del silencio con una claudicación del cerebro.
Desde el ventanal del fondo del salón se observa una calle neoyorkina; pasa una patrulla de policía con la sirena encendida, pasa un taxi amarillo conducido por un negro que improvisa un rap intraducible, pasa un grupo de colegiales capitaneados por una señora de pelo entrecano, pasa un joven haciendo footing con el perro, pasa un camión de bomberos metiendo estrépito.
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