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Los horizontes humanos

Autor: Henry Javier Navarro Romero
Curso:
10/10 (2 opiniones) |2361 alumnos|Fecha publicación: 16/08/2006
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Capítulo 9:

 Sé cándido e inocente como los niños

En su exquisito libro Oasis, el  exsacerdote Gonzalo Gallo González  clama por la vuelta del adulto a la infancia. No se trata de retroceder, como muchos creen, sino de intentar enderezar el camino que en algún momento, en el paso de niños a adulto, se volvió mentiroso, pesado, insensible y completamente árido. Volver a ser como un niño es volver a tomar el camino de la inocencia, la candidez; volver a maravillarnos con todo lo que nos rodea, como lo hacen los niños cuando no han sido contaminados por el adulto.  "Los niños nos invitan a confiar, a creer, a sonreír. No seas complicado ni te dejes entristecer por una severidad y antipática. Despierta ese niño alegre, sencillo, abierto y espontáneo que duerme dentro de ti". [i]

"Solo el ser humano adulto es capaz de ser una cosa y fingir ser otra diferente", dice el padre Anthony de Melo. El niño, por su parte pierde la inocencia, abandona su estado natural y su incapacidad para mentir una vez que ha sido castigado por cualquier adulto, por el simple hecho de decir la verdad, por revelar lo que piensa y siente. Apartir de allí el niño aprende a mentir, a disimular, a ocultar a los demás lo que realmente el piensa y es, por temor a la desaprobación o al castigo. Es entonces cuando comenzamos a equivocar el camino y cada vez nos distanciamos más de la verdad a tal punto que terminamos mintiéndonos y ocultándonosla a nosotros mismos.  Mas tarde reconocemos no saber quienes somos.

Otra manera como el niño  pierde sutilmente la inocencia es cuando en su relación con los adultos y el medio, se contagia con el deseo de ser "alguien". No se trata de llegar a tener una profesión, sino de tener dinero, por ejemplo, de alcanzar el poder, en fin, cualquier cosa que suponga glorificación y reconocimiento de los demás. Con esta situación sencillamente el niño ha escogido no ser él mismo y ha roto automáticamente la inocencia natural con la que nació. Fíjate cuantas personas hay a tu alrededor que nunca han querido ser alguien distinto a quienes son. Seguramente resultará difícil encontrar una sola. Y si la encuentras esa persona ha de tener preservada su inocencia, será como un niño que se abandona a la contemplación de la naturaleza sin interesarse en absoluto por impresionar a los demás.

Puede ser que el niño pierda su inocencia mucho más temprano si el adulto le enseña a imitar a alguien. Una sola palabra basta para romper el hilo de donde pende su candidez. Piensa por ejemplo cuando has dicho a tu hijo o hija: "Se como yo o como tu padre, o como fulano de tal..." y has acompañado tus palabras de una fuerte descarga emocional provocada por la ira  la tristeza o el descontento. ¡Cuánto daño causamos a esa criatura, sólo porque el es lo que es y no lo que nosotros quisiéramos que fuera. Es lamentable que tras las insistentes imposiciones de los adultos, el niño vaya sepultando su " chispa divina de singularidad" bajo gruesas capas de miedos. Miedo a ser desaprobado, castigado, ridiculizado, rechazado, etc. Es, pues, al momento de colocarnos la máscara tan parecida a la de los otros que terminamos pareciéndonos también a ellos: vestimos como los demás, actuamos como los demás, fingimos, en fin, como los demás. "Este es el precio que tienes que pagar para conseguir el pasaporte de la adaptación a tu sociedad o a la organización en la que te mueves", dice Anthony de Melo.

Otra última forma sutil de destruir la inocencia es competir y comparases con otros. Competir supone superar o dejarse superar por el adversario. La sociedad nos entrega los instrumentos para la competencia: el engaño, la trampa, la violencia, la deshonestidad. Ganar significa la gloria, la aprobación o simplemente el aplauso, pero en todo caso cambiamos la sencillez por la ambición que en menor o mayor escala provocan el mismo daño. Has oído que el poder, el dinero y la fama o la gloria van siempre acompañados de una terrible dosis de soledad?  Y ¿qué es lo que pasa cuando en esa competencia somos perdedores? Si este es tu caso y quieres dejar de sentirte mal y reconocerte a ti mismo es hora de sublevarte interiormente y de romper todas las capas de engaños y temores que te cubren. Escapa, pues al mundo de los niños, al reino de la inocencia y la ternura, donde también habitan los místicos.

Actividad:

Has una mirada reflexiva sobre ti mismo y piensa cuantas veces competiste contra otros desde que eras niño y cuantas tantas veces obtuviste la gloria o la frustración. ¿Te habrás dado cuenta quizá que fuera la una o la otra siempre terminaste sintiendo el mismo vacío?  Relee este capítulo y trata de poner en práctica sus enseñanzas.

[i] Gonzalo Gallo G. Oasis. P.14

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