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Capýtulo 2:

 La Guerra de las Malvinas. Primera parte. De Abril a Junio 1982

1. JÓVENES EN ARMAS.

Al expirar el mandato de Videla en marzo de 1981, Viola se convirtió en presidente y Martínez de la Hoz dimitió. En junio de 1981 cuando los rumores de un golpe inminente coincidieron con una nueva devaluación, las reservas cayeron 300 millones de dólares en un solo día, la crisis financiera no tenía precedente histórico[1], a fines de enero de 1982 Argentina organizó una nueva campaña contra Chile por el canal del Beagle, … luego llevó ofensiva diplomática por Malvinas, la acción en las Malvinas era la guerra más fácil de todas.

Se iguala la muerte por la patria con la muerte por la fe.

Cuando el 2 de abril de ese año los argentinos amanecieron con la noticia del desembarco en las islas Malvinas[2], en manos británicas desde 1833, el país llevaba seis años bajo el gobierno militar. El gobierno de facto, cuestionado en forma creciente tanto por su política económica como por las violaciones a los derechos humanos se ponía al frente de una reivindicación que tenía un fuerte respaldo popular, que lo tendría durante la guerra y que  sería deslegitimada con posterioridad a la derrota.

Para comenzar a adentrarnos en la experiencia bélica y posbélica de 1982, deberemos preguntarnos en primer lugar cuál era el lugar de la juventud en la política argentina de la segunda mitad del siglo XX.

COLIMBAS

La junta llenó las islas confuerzas formadas por reclutas adolescentes mal preparados, muchos procedentes de las provincias pobres del Norte y algunos habían vestido el uniforme pocos días antes. Novatos y mal equipados no podían hacer frente a las atropas británicas y el ejército argentino no fue capaz de enviar refuerzos en los momentos críticos.[3]

La instrucción de cuadros y tropa del Ejército Argentino tenía limitaciones de tipo coyuntural, como es el caso de los soldados conscriptos incorporados ese mismo año (cinco semanas efectivas de instrucción) o los que la clase anterior que en más de un 50% debieron ser reincorporados después de más de cinco meses dados de baja.[4]

Un General no practica efectivamente la conducción de una Brigada (4.500 hombres) si ésta no es reunida para ser ejercitada en maniobras generales y esto solo se logra con ejercicios prologandos con tropas sobre el terreno.[5]

El servicio militar obligatorio, una vieja institución en la Argentina[6], 1904, fue un hito importante en la vida de miles de jóvenes varones argentinos desde 1973, al llegar a sus 18 años fueron sorteados para realizar la conscripción en alguna de las tres fuerzas pero sobre todo en el Ejército. Popularmente llamado colimba (corre-limpia-barre).

Mediante la implementación del servicio militar obligatorio se buscó dar cohesión a la nueva república, reforzar el papel del Estado e inculcar una serie de valores nacionales y sociales a los jóvenes. Desde el punto de vista simbólico, estos ciudadanos soldados eran herederos y actores de una religión cívica que construía una escala de valores en base a las virtudes militares, por ejemplo a partir de las biografías de los guerreros de la Independencia y que contribuía a delinear la autorrepresentación de la nación.

Integrantes de regimientos acuartelados ,golpistas o leales, comenzaron a verse involucrados en distintos procesos políticos que se produjeron a partir del derrocamiento de Juan Perón, en septiembre de 1955 y que tuvieron como carácter distintivo el alejarse cada vez más de la tradición republicana.

Esta reorientación de sus funciones se debía a la Doctrina de Seguridad Nacional, que asignaba a las Fuerzas Armadas y de Seguridad el carácter de policía interna en el enfrentamiento ideológico que los analistas y planificadores señalaban como característico de la política de la Guerra Fría.

Desde el año 1973, las organizaciones armadas adoptaron como parte de su práctica militar los asaltos a cuarteles.[7]

Miles de adolescentes y jóvenes bajo bandera vivieron en ese clima de enfrentamiento bajo la amenaza de los ataques guerrilleros, cuando no participaron directamente de los enfrentamientos[8].

Los colimbas[9] participaban de controles, apoyo a operativos y custodia en fábricas.

Además de la amenaza latente de los ataques de la guerrilla, convivían con indicios más o menos claros de represión ilegal. 

Asociados a la experiencia de la colimba[10] había una gran cantidad de episodios vinculados a las prácticas militares de disciplina y formación, que muchas veces adquirían la forma de tratos humillantes.

¿Qué sabía de esas vejaciones antes del ingreso al cuartel? El folklore acerca del servicio militar obligatorio incluía gran cantidad de estos relatos.

La disciplina tenía mucho librado a la arbitrariedad e imaginación de los encargados de hacerla cumplir. Este esquema, como surgió de las denuncia que florecieron en junio de 1982, fue trasladado a las islas Malvinas durante la guerra.

Aun en este contexto, conviene no perder de vista que para muchos jóvenes el servicio militar obligatorio representaba una posibilidad real de inclusión social.

REVOLUCIONARIOS

Algunos jóvenes comenzaron a participar en organizaciones políticas que le disputaron el monopolio de la fuerza al Estado y que en ese proceso se apropiaron o resignificaron muchos de sus símbolos[11].

Por último, las organizaciones armadas surgidas en las décadas del sesenta y setenta, por sus mismas características operativas, destinaron un lugar central a la formación militar y a la vez nutrieron y estimularon los aspectos propagandísticos vinculados a las virtudes militares leídas en clave revolucionaria.

VÍSPERAS

A finales del siglo XIX, sectores de las elites “preocupados por la formación de la nacionalidad”[12] asignaron a la escuela un lugar central en este proceso, puesto que “para ellos la defensa de la integridad de la patria se convertía en una demanda fundamental, superior a la de los intereses individuales, de modo que los lazos que ligaban a los individuos debían asentarse en una moral patriótica que garantizara su actitud de entrega a la nación”.

En relación con este punto, Rosana Guber reconstruyó en forma muy completa el lugar que la ocupación británica de las islas Malvinas ocupó en este proceso, sobre todo a partir de la década de 1930. los testimonios acerca de un sentimiento de algún tipo en relación con las islas Malvinas antes de 1982 son recurrentes: pasan por la reivindicación territorial y el espacio central de su construcción fue la escuela.

En resumen, la sociedad argentina de los años setenta y ochenta, además de tener incorporada la guerra en su vocabulario cotidiano, era un colectivo habituado a la muerte y a la violencia políticas, que a la vez tenían a los jóvenes como uno de sus actores principales.

A finales de 1976[13] fue el primero de los incidentes entre las dictaduras chilena y argentina. Como en otras tantas ocasiones de la historia, la inminencia de la guerra podía ser vista como posibilidad de regeneración y reencuentro.

“No queremos encontranos frente a frente en los campos de batalla, sino juntos, en las mismas legiones libertadoras, como un chacabuco y Maipú, frente al enemigo común: el comunismo”.

En la arenga aparecen sintetizados los elementos que hemos venido describiendo: un fuerte imaginario patriótico,  el lugar central que la sociedad asignaba a la juventud y la noción de que el verdadero conflicto es el ideológico materializado en el enfrentamiento Occidente Cristiano-Comunismo, que había orientado la formación de las Fuerzas Armadas.

Con el desembargo en las islas Malvinas[14] la sociedad argentina, en el otoño 1982, recibía una nueva posibilidad de unirse frente a un objetivo común. Los protagonistas serían los jóvenes argentinos bajo bandera, los mismos que habían participado en la “lucha contra la subversión” y que “estaban haciendo guardia” como rezaba una publicidad de diciembre de 1975 “para que usted y su familia puedan celebrar en paz”.


2. MOVILIZACIONES

REACCIONES

La recuperación militar de las Malvinas ocurrida el 2 de abril, puede no haber sido la única respuesta posible a la amenaza de agresión y prepotencia británicas. Sin embargo en el marco de décadas de actitudes contemporizadores y hasta claudicantes, fue una resolución que la inmensa mayoría de los argentinos hizo suya, llenándola de firmeza, valor y sentido del honor nacional, esos viejos valores, propios del hombre argentino de la independencia y de la organización nacional.[15]

Aquí nos detendremos en la construcción de Malvinas como símbolo nacional, en tanto ha sido objeto de importantes estudios recientes. Nos ocuparemos, de otros sentidos otorgados al contexto político creado por el desembargo y la efímera recuperación del territorio insular.[16]

¿Qué otras cuestiones puso en juego el operativo militar del 2 de abril?

Probablemente arroje algo de luz a esta cuestión analizar los recuerdos y reacciones de actores, que en aquellos años, se opusieron a la guerra o a los que militaban más o menos abiertamente en contra de la dictadura militar y que frente al episodio debieron tomar una posición.

El peso simbólico de Malvinas[17], su presencia en determinadas tradiciones partidarias fue, a la vez un elemento decisivo a la hora del posicionamiento ante la guerra. Un dirigente sindical exiliado combinaba, en su apoyo ala guerra, tanto la formación escolar como el aprendizaje político posterior.

El conflicto de Malvinas sintetizó la posibilidad de dos acciones concretas, que fueron leídas de distintos modos ene. Exilio y en la Argentina, pero que claramente funcionaron como un elemento movilizador: la oportunidad de volver a hacer política públicamente y la de una regeneración (nacional, de clase)[18].

MALVINAS Y LA VUELTA DE LA POLÍTICA

Pero otros encontraron en la movilización espontánea del 2 de abril y las posteriores convocadas por el gobierno de facto, la señal de una posibilidad de recuperar las calles.

Ej: Un opositor a la dictadura se termina enrolando como voluntario, en un proceso que ala vez lo lleva a revisar su compromiso ideológico.

En ambos casos, los sucesos generados por Malvinas y la guerra misma fueron leídos en un marco ideológico más amplio, el de la experiencia militante y el de la lucha antiimperialista.[19]

No obstante[20], algunos no estaban dispuesto a pagar el precio del acompañamiento  a la dictadura para lograr esa reaparición de la política, esa mecánica espiritual que se hace presente masivamente entre nosotros con la aventura de las Malvinas y el culto posterior de sus héroes. Es la vieja fascinación que irradia el héroe del combate y su inmolación redentora, ala que la mayor parte de los grupos del exilio también rindió tributo. No les sirvió la persistente campaña antidictatorial que venían realizando, el conocer mucho mejor que los que estábamos aquí la envergadura de la represión, los datos pormenorizados del genocidio: apoyaron a los genocidas en la gesta nacional-redentorista.

Otros grupos y actores, por los mismos motivos que Brocato, también encontraron en Malvinas una posibilidad de instalar discusiones y volver a tejer algunos vínculos culturales y políticos deshechos por la represión[21].

Es que en el margo de agitación de los dos meses y días del conflicto, el paraguas de la reivindicación de la lucha en las islas era un excelente marco para construir redes: “el activismo de Malvinas terminaba permitiendo casi todo”.

En el exilio se dieron situaciones paradojales[22]. Los Montoneros no sólo publicaron una solicitada en la que proponía a la dictadura militar una tregua para combatir contra Inglaterra, sino que las comunidades del exilio mexicano y peruano presenciaron campañas de reclutamiento de militantes para regresar en un charter a la Argentina y ofrecerse como voluntarios para combatir en las islas.

(estas con las contradicciones por Malvinas)

También otros espacios sospechosos a los ojos del gobierno dictatorial se vieron atravesados por las contradicciones[23].

LEÓN GIECO: Me di cuenta que los militares argentinos no sirven para nada, ni siquiera para la guerra. Y que la única vez que consiguieron un triunfo, por así decirlo, fue cuando torturaron y mataron a los indefensos, a los que no tenían más armas que la palabra o las ideas: los desaparecidos.

LA REGENERACIÓN

Si situaciones como éstas fueron posibles se debe tanto a las características del nacionalismo como al hecho de que la guerra de Malvinas excedió esta causalidad, al ser vista por diversos sectores, aun antagónicos, como una posibilidad de refundación social.[24] Para algunos, la guerra fue la posibilidad de volver a salir a las calles a hacer política, para otros se trataba de realizar acciones solidarias en el marco de una tradición patriótica.

Miles de argentinos de distintas edades y situaciones reaccionaron ante los hechos de Malvinas como ante la circunstancia histórica más trascendente de su vida tras décadas de frustraciones. Para otros fue la posibilidad de comenzar a ser una república, a partir del reencuentro entre los dictadores y su pueblo.

En tono más crítico[25], la recuperación de las islas para la soberanía argentina debía su primer paso hacia la recuperación de las instituciones por el pueblo, única forma de soberanía completa.

Desde el primer momento de la guerra por las islas Malvinas trascendió su circunstancia de conflicto bélico y reivindicación territorial: muchos, más allá de los directamente involucrados, vieron en las islas perdidas en junio de 1982 una posibilidad de regeneración, de salida, de futuro.

MOVILIZADOS

En todo caso, para los conscriptos bajo bandera o vueltos a convocar más allá de sus convicciones, había una cuestión legal: no presentarse los transformaría en desertores[26]. Distintos factores coadyuvaban a que muchos estuvieran de acuerdo y consideraran su deber a ir. Muchos soldados, sencillamente respondieron de acuerdo a sus valores y a su educación, nos habían educado para que no se nos ocurriera la posibilidad de negarnos a obedecer.

En el apartado de INTERNACIONAL, titula el artículo así: “El clima bélico se apodera de la sociedad argentina”; Frente a la zona de exclusión, Buenos Aires habló de la constitución del “teatro de operaciones del Atlálntico Sur”,  que declaran constituye un elemento importante de la defensa nacional.  La Junta convoca a la quinta de 1962 a la movilización. [27]


[1]D. Rock, 1987, p. 462

[2]F. Lorenz, 2006, p. 23

[3]D. Rock, 1987, p. 469.

[4]F. Aguiar, 1985, p. 296

[5] F. Aguiar, 1985, p. 297

[6] F. Lonrez, 2006, p. 24

[7] F. Lonrez. 2006, p.25

[8] F. Lonrez. 2006, p.26

[9] F. Lonrez. 2006, p. 27

[10] F. Lonrez. 2006, p. 28

[11] F. Lonrez. 2006, p. 31.

[12] F. Lonrez, 2006, p.33

[13] F. Lorenz. 2006, p.35

[14] F. Lonrez, 2006, p. 36

[15] F. Aguiar, 1985, p. 295

[16] F. Lorenz. 2006, p.42

[17] F. Lorenz. 2006, p. 45

[18] F. Lorenz. 2006, p. 47

[19] F. Lorenz. 2006, p. 48

[20] F. Lonrez. 2006, p. 51

[21] F. Lorenz. 2006, p. 52

[22] F. Lorenz. 2006, p. 53

[23] F. Lorenz. 2006, p.55

[24] F. Lorenz. 2006, p. 59.

[25] F. Lorenz. 2006, p.62

[26] F. Lorenz. 2006, p. 63

[27] El País, 9 de abril de 1982.

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