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El hipotálamo cerebral. Dietas

Autor: Felix Larocca
Curso:
10/10 (1 opinión) |21 alumnos|Fecha publicación: 03/08/2011
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Capítulo 4:

 Comida. Labor física y ardua

Procurar comida era labor física, ardua y azarosa a la vez.

Más a menudo, por ser más simple, seleccionaríamos alimentarnos de los despojos que carnívoros grandes dejaban, luego de haber saciado su propia hambre. Como residíamos en África, competíamos con las hienas, con los cuervos, con los escarabajos y con los buitres.

Como en el pleistoceno, aún no hacíamos uso constante del fuego, obviamente, la Naturaleza no deseaba que muriéramos víctimas de enfermedades producidas por los microbios envueltos en la putrefacción de la carne. Para ello nos dotó con mecanismos reflejos (olfatorios y gustativos) de náusea, de vómito, de asco y de revulsión en presencia de comidas y olores que podrían indicar el potencial de envenenarnos o de hacernos daño.

No necesitamos reiterar que otros animales prosperan con la ingestión de la podredumbre y de la carroña.

Para asistirnos en la selección de comidas deseables, también nos programó para apetecer y gustar la dulzura de las frutas y de la leche materna, el sabor y el olor de la grasa animal y el sabor agridulce de algunas plantas colmadas de vitaminas y proteínas.

De nuestra actividad, como cazador de animales y recogedor de frutas pequeñas y de vegetales sin cáscaras duras (sin necesidad de cocinarse), nos vendría el sobrenombre de ‘cazador/recogedor.’

La caza, la llevaban a cabo los hombres de la tribu, la recogida de frutas y vegetales, la hacían las mujeres.

Era un esfuerzo cooperativo y eminentemente social.

En este bosquejo simplificado del entorno donde viviéramos en el paleolítico superior y de cómo nuestras funciones de comer se regulaban, se colige fácilmente, que la comida para nosotros, cuando era suficiente, por nuestros estándares presentes, no era abundante. Y que, para obtenerla, la labor de procurarla, a veces resultaba en un gravamen de calorías que reducía la cantidad de energía que nos sobraba para suministrarnos sustento El corolario final siendo que, entonces, no éramos (ni podíamos ser) gordos.

Pero, hay más. Si pensamos que vivíamos rodeados de peligros constantes, de cambios en el clima que requerían ajustes en nuestros esquemas de comer, si carecíamos de medios de transporte, si correr, trepar, saltar, huir, esquivar peligros y hacer uso de nuestra agilidad para sobrevivir eran necesarios. Todas estas actividades físicas oponían el aumento excesivo de nuestro peso o la acumulación exagerada de la grasa: no nacimos para ser gordos.

Ahora, que hemos establecido el hecho de no haber nacido para ser gordos, podemos añadir, que asimismo, nacimos para poder acumular grasa… Algo que es enteramente diferente en su sentido y expresión física y fisiológica desde el punto de vista de la adaptación.

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