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Capýtulo 9:

 Testigo de la comarca quemada

      La comarca quemada, vista por una joven de Georgia, Eliza Andrews:

      24 de diciembre de 1864. Aproximadamente a tres millas de Sparta, hemos entrado a la comarca quemada, como los habitantes la han bautizado, con mucho acierto. Durante todo el trayecto entre Sparta y Rome, apenas quedaba una cerca en pie. Los campos están pisoteados y los caminos bordeados de esqueletos de caballos, de cerdos y de ganado que los invasores han sacrificado para forzar, por el hambre, a que la gente evacuara la región e impedirle así cultivar sus tierras. En algunos lugares, la fetidez que se desprende es insoportable. Cada doscientos o trescientos metros, nos veíamos obligados a taparnos la nariz o respirar agua de Colonia que la señora Elsey nos había dado. En todas las casas que se conservan en pie, se apreciaban rastros de saqueos, y en cada plantación se notaban los restos carbonizados de los galpones de algodón. Cada tanto, se elevaban chimeneas aisladas, los centinelas de Sherman, únicos vestigios de un hogar reducido a cenizas. Las parvas estaban completamente destrozadas, los silos de maíz vacíos, y cada fardo de algodón hallado por esos salvajes había sido quemado.

      Muchos soldados confederados se arrastraban por los caminos, y todo el día hemos tenido la impresión de caminar por las calles de una ciudad populosa. La mayor parte de ellos iban a pie, y los he visto sentados al borde de los caminos comiendo ávidamente nabos crudos, carne de los animales abandonados o maíz seco, en fin, todo lo que les caía en las manos. Estaba tentada de hacer detener el coche y distribuir entre ellos el contenido de nuestros canastos de provisiones, pero el relato horroroso que se nos había hecho del estado de las regiones que debíamos atravesar obligaba a anteponer la prudencia a todo impulso de generosidad.

      Los yanquis habían quemado el puente sobre el Oconee, en Milledgeville, y necesitamos pedir prestada una barca. Delante de nosotros se extendía una larga fila de vehículos; así tuvimos mucho tiempo para observar en torno durante una hora de espera.

      Apenas tres semanas atrás, treinta mil yanquis habían acampado en el terreno situado a la izquierda. Había quedado sembrado de residuos, y la pobre gente de los alrededores lo recorrían, buscando lo que fuera posible hallar para comer, juntando hasta los granos diseminados en los lugares donde los soldados habían alimentado a sus caballos. Nos contaron que, en los primeros momentos después de su partida, se halló allí gran cantidad de objetos de valor -botín abandonado por los invasores-. Pero el campo fue limpiado de tal manera que no se hallaban más que pelotones de algodón, montones de granos, podridos a medias, y esqueletos de animales muertos, que desprendían un hedor horrible. No obstante en previsión de las próximas siembras algunos hombres estaban arando una parte del campo.

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