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Capítulo 3:

 Reportaje del Times

      Russell, del Times:

      Habría cabalgado alrededor de cuatro millas cuando unos aullidos que se elevaban a alguna distancia delante de mí, atrajeron mi atención. Vi entonces que del campo de batalla venían varios vehículos de suministro cuyos conductores trataban de abrirse paso a través de unos carros de municiones que iban en sentido inverso, a la altura del puente. Levantaban una nube de polvo, y unos hombres uniformados que, según podía juzgar, los escoltaban, corrían a su lado. En un primer momento creí que esos furgones retornaban a buscar municiones, pero el embotellamiento aumentaba. Los que se dirigían hacia atrás se pusieron a gritar con ademanes vehementes: ¡Volved, volved! ¡Estamos vencidos! Asieron el freno de los caballos y lanzaron juramentos a los conductores. Un hombre vestido de oficial, sofocado, con una vaina de espada vacía al costado, y que salía de la multitud, se encontró encerrado un instante entre mi caballo y un carro. ¿Qué pasa? ¿Por qué ese tumulto? le dije. La verdad es que hemos recibido una buena paliza, expresó con voz alterada, y continuó su camino.

      Entre tanto, el desorden había ganado poco a poco toda la hilera de los furgones. Los conductores, con gran refuerzo de juramentos y no pocos puntapiés, trataban de hacer rodar los coches sobre el camino estrecho. La multitud de soldados huyendo del frente, seguía en aumento, el calor, el alboroto y el polvo estaban más allá de toda descripción, y, para terminar, jinetes con el sable desenvainado, precedidos por un oficial que gritaba: “Apartaos, dejad pasar al general”. Trataba de abrir paso a un furgón cubierto por un toldo en el que estaba sentado un hombre con un pañuelo ensangrentado anudado alrededor de la cabeza.

      Logré, con gran esfuerzo, atravesar el puente antes que ese furgón. El embotellamiento iba en aumento. Pregunté a un oficial que caminaba con la espada bajo el brazo:

      ¿Qué pasa?

      Estamos derrotados, señor, es la retirada. Debería retroceder.

    ¿Puede decirme dónde se halla el general McDowell?

     Nadie sabe nada de él.

    Algunos instantes más tarde, los artilleros, cerca de los cuales me hallaba, al ver surgir del bosque una horda de hombres que corrían hacia ellos, asieron la culata de un cañón. Se ocupaban de hacerla girar cuando un oficial o un sargento les gritó: ¡Deténganse, deténganse! ¡Son los nuestros! Dos o tres minutos más tarde, esos hombres, un batallón entero, pasaban delante de los cañones, con paso elástico y en el mayor desorden. Algunos artilleros se pusieron entonces a desenganchar apresuradamente los caballos de los furgones de artillería. La confusión había llegado a ser tan grande que yo no llegaba a comprender lo que sucedía. Un soldado a quien detuve al pasar me dijo: ¡La caballería enemiga nos persigue, nos han derrotado!

     Ahora, el desorden de esa retirada superaba toda descripción. Infantes encaramados en mulas y caballos de tiro con los arneses arrastrando tras los cascos y que estaban tan aterrorizados como sus jinetes; ordenanzas negros que cabalgaban en los animales de sus amos, ambulancias llenas hasta el tope de hombres robustos, furgones repletos de soldados; todo se abría paso por entre una masa de infantes que gritaban con rabia a cada detención: ¡Llega la caballería! ¡Más rápido! Aparentemente, el esprit de corps ya no reinaba en esta parte del ejército.

     Divisé, perfilándose sobre la cresta de la colina, a un grupo de jinetes que a primera vista podían tomarse por dragones listos a atacar a los fugitivos.

     Eran simplemente soldados y civiles -y, entre ellos (lo digo con pena) -oficiales que fustigaban y golpeaban sus caballos con palos y con todo lo que les caía al alcance de las manos. Grité a los hombres muertos de miedo: No es la caballería enemiga, son las propias tropas de ustedes, pero no me escuchaban.

      Un tipo que gritaba: ¡Más rápido, más rápido!, parecía gozar al aumentar la confusión, aunque a mi juicio, seguía enteramente dueño de sí mismo. Le pregunté: ¿Por qué diablos huye? ¿De qué tiene miedo? Se hallaba en el camino, un poco más abajo. Volviéndose bruscamente hacia mi, exclamó: ¡En todo caso, no de usted! y, apuntando su fusil, apretó el gatillo tan rápido que si el tiro hubiese salido yo no hubiera logrado evitarlo. Mientras el malvado examinaba tranquilamente el cartucho, espoleé mi caballo a través de la multitud, sin pedirle cuentas.

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