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Capýtulo 4:

 Legiones extranjeras del Norte

      El Norte posee su Legión Extranjera. Se ven en ella príncipes franceses, los nietos del difunto rey Luis Felipe.

      El general McClellan:

      La más agradable de mis tareas era la que me conducía al campamento de Blenker, a la cual F. siempre gustaba acompañarme para asistir al circo, como decía. Desde que nos divisaban, Blenker hacía tocar la llamada de los oficiales a fin de reunir su colección de poliglotos de uniformes tan variados y brillantes como los colores del arco iris. Envuelto en su capa forrada de rojo, en medio de sus oficiales, Blenker nos recibía con la cortesía más refinada y más ceremoniosa. Apuesto, de andar marcial, rodeado de hombres de tan buena presencia como él, formaba con ellos un cuadro sorprendente y su recepción no se parecía en nada a las de las otras divisiones.

      Algunos minutos después de nuestra llegada, el champán corría a mares, la orquesta tocaba y a veces se ponían a cantar. Se decía que había sido suboficial en el cuerpo expedicionario alemán que servía a las órdenes del rey Otón de Grecia.

      Su división escapaba completamente a lo común. Sobrepasaba a todas las otras por el orgullo, el esplendor y los hechos de armas. Su adiestramiento era excelente, pues todos los oficiales, y probablemente todos los hombres, habían servido en Europa. (...)

      Los regimientos de esa división estaban enteramente compuestos por extranjeros, la mayoría alemanes. El más descollante de ellos era ciertamente el regimiento de Garibaldi. Su coronel, D'Utassy, era húngaro, y se contaba que había sido jinete acrobático en el circo de Franconi (Terminó su carrera en la prisión de Albany.). Sus hombres procedían de todos los países conocidos y desconocidos y de todos los ejércitos posibles e imposibles: zuavos de Argelia, soldados de la Legión Extranjera, céfires, cosacos, garibaldinos de la mejor procedencia, desertores ingleses, cipayos, turcos, croatas, suizos, bávaros bebedores de cerveza, macizos alemanes del norte y, probablemente, chinos y miembros de los destacamentos del ejército de la gran duquesa de Gerolstein.

      Ciertamente, bajo ninguna otra bandera se había visto jamás mezcla parecida de razas, si no es en las bandas tales como los Jagers de Holk durante la guerra de los Treinta Años o bien entre los mercenarios de la época medieval.

      Recuerdo muy bien que, mientras regresaba una tarde de más allá de la línea de los centinelas, me detuvo una vanguardia de garibaldinos. En respuesta a su ¡quién vive! yo probé sin éxito el inglés, italiano, francés, alemán, un poco de ruso, de turco. Deduje de ello que eran, sin duda, gitanos o esquimales.

      La política (...) que trataba de hacer una guerra popular, como decía, reclutando oficiales de todos los continentes, dio a veces resultados sorprendentes y nos trajo raras muestras del género vulgarmente llamado duro de roer. Muchos de los oficiales que se alistaron habían dejado su ejército nacional en favor de éste, aunque hubo excepciones. La mayor parte resultó un mal refuerzo, y creo que los regimientos de alemanes fueron tan poco eficaces porque a sus oficiales les faltaba firmeza.

      Poco tiempo después de concedido el retiro del general Scott, recibí una carta del húngaro Klapka. Me informaba que los agentes del señor Seward (secretario de Estado) habían tomado contacto con él para que entrase en nuestro ejército, y agregaba que estimaba que valía más que nos pusiésemos directamente de acuerdo sobre las condiciones de esa cuestión. Pedía una prima de 100.000 dólares y especificaba que, los primeros tiempos, él podría servir como jefe de mi Estado Mayor, a fin de aprender el inglés. Inmediatamente me reemplazaría como general en jefe. No decía lo que pensaba hacer de mí: su decisión dependía, sin duda, de la impresión que yo le hubiese causado. Llevé en seguida esa carta al señor Lincoln, quien se encolerizó y me dijo que haría de modo que esa clase de cosas no se repitiera.

      Cluseret, posteriormente ministro de Guerra cuando La Comuna, llegó un día con una carta de presentación de Garibaldi, recomendándomelo en términos calurosos como soldado, hombre de honor, etcétera. Me causó mala impresión y decliné su oferta, pero Stanton, sin saberlo yo y sin mi aprobación, lo nombró coronel en mi Estado Mayor.

      Muy diferentes eran los príncipes franceses que formaron parte de mi familia militar del 20 de septiembre de 1861, al fin de la batalla de los Seven Days. Servían como capitanes, desechando un grado más elevado a pesar de que lo habían largamente merecido, antes del fin de su servicio. Ninguna diferencia entre ellos y los otros ayudantes de campo: asumían entera responsabilidad, peligrosa o no, agradable o no. Esos jóvenes eran hombres de calidad y excelentes soldados, y merecían los más grandes elogios desde todo punto de vista. Su tío el príncipe de Joinville que los acompañaba en calidad de mentor, no tenía puesto oficial pero nuestras relaciones fueron siempre agradables y llenas de confianza recíproca. El duque de Chartres había sido educado en la escuela militar de Turín: el conde de París había recibido la educación militar de sus preceptores. Ellos poseían su séquito personal y un médico y un capitán de cazadores a pie los acompañaba por todos lados. Este último, hombre de muy elevada talla, no aceptaba jamás montar a caballo. Cualesquiera fuesen las circunstancias, seguía siempre a pie.

      Su pequeño grupo era de ordinario el más alegre del campamento y, para mí, cargado de responsabilidades como lo estaba, era un recreo oír extenderse sus risas bajo las carpas. Todos los que los trataban los querían y respetaban. El príncipe de Joinville dibujaba, admirablemente y poseía un sentido agudo del ridículo, gracias al cual su cuaderno de bosquejos era un recurso inagotable de diversión. Uno encontraba allí, tomado del natural, durante la campaña, todo lo que lo había impresionado por su ridiculez. Era un hombre que salía de lo común, poseedor de un criterio muy sutil. Su sordera lo fastidiaba, pero sus cualidades eran tan grandes que yo sentía por él y por los tres, además, una real simpatía que era recíproca; tengo buenas razones para creerlo.

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