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Capýtulo 6:

 Diario del pastor reclutador

      Un pastor metodista llegó a ser sargento reclutador por cuenta del Norte. Opera en el Tennessee, estado fronterizo ocupado por los norteños.

      Extraído del diario del pastor reclutador (en los Estados Unidos, en esta época, todo el mundo, escribe su diario):

      Después de cenar. Comida excelente: espárragos, hojas de nabos y jamón frito con pan de trigo candeal y maíz. Tomo a mi servicio o más bien contrato a dos mujeres negras para arreglar la casa; y, para no ser más que un soldado, vivo regiamente. Jamás he estado en mejor condición que ahora. Pero ¿para qué sirve todo esto? ¡Me siento tan solo en este agujero perdido! Casi todos los soldados han partido; nadie con quien hablar, nada que hacer como no sea comer y engordar.

      Desde mi ventana, observo a los rebeldes que se reúnen en las esquinas de las calles para urdir y tramar la Secesión. El lugar más frecuentado para esa clase de reunión es la de los matamoros, del otro lado de la calle. Desde la mañana se encuentran allí, y hay gente todo el día. De vez en cuando, trato de hacer valer mi palabra, pero hace mucho tiempo que no me escuchan. El otro día, tuve que entendérmelas con tres mujeres. Acababa yo de reclutar a uno de sus negros, pero se escapó, y su ama lo escondía. Esto sucedía en Triana, pueblito sobre el Tennessee, a 14 millas de aquí. Fui a casa de la señora a buscar a mi negro. He encontrado la señora Russeling vestida de seda, ensortijada, en compañía de otras dos mujeres, unas ladies, supongo. Me dijo:

      Perdón, señor, ¿qué busca por aquí? ¿Ha perdido usted algo?

      Sí, señor, mi negro. Entró corriendo por esa puerta no hace un minuto y lo busco. ¿No lo habrá visto?

      No, señor. ¿Quién es su negro?

      El que acabo de alistar en el campamento para convertirlo en   soldado.

    ¿Cuál es su nombre, señor?

     Se llama Sam.

     No lo conozco -dice ella-.

    ¿No vive usted acá?

     Sí, por cierto.

      Y bien señor, ese negro ha entrado por esa puerta, hace menos de cinco minutos. No puede haber salido, pues he vigilado la puerta desde su entrada. Me ha dicho que iba a buscar su chaqueta y que vendría en seguida. He esperado, pero nada.

      Esa casa estaba rodeada de un cerco formado por tablas de ocho a nueve pies de alto: una especie de prisión de negros que contenía varias chozas y una morada muy bella donde habitaba la dama.

      Veamos -dije-. Ese hombre, ¿no será suyo?

      Cuando íbamos al campamento el negro me había dicho que su ama vivía allí.

      Es posible.

     Usted dice que no lo ha visto nunca.

     Perdón, jamás he dicho eso.

     Usted sabe, señor, que yo soy muy cortés con las damas, pero excúseme si le digo que es imposible no haberlo visto: usted lo ha visto y escondido.

    Tenía conmigo un negro, el ordenanza del capitán que me había acompañado. Le dije:

    “Joe, quédate aquí mientras busco. Quiero forzosamente tener a ese negro, vivo o muerto”.

    La anciana prosiguió:

     ¿Qué ha dicho que quiere hacer de él? ¿Un soldado?

     Sí.

     Pero, veamos, él no puede ser soldado.

     Eso es asunto mío, no suyo.

   ¿No encuentra inmoral tomar así a los esclavos?

    No, señor.

    Soy viuda y no tengo a nadie para talar mi bosque.

    Y bien entonces, ¿por qué no lo guarda en su casa.

     No es posible,señor. El coronel me ha dicho que hace dos meses que él merodea alrededor del campamento para robar bizcochos de soldado y mondongo para ustedes dos, y el coronel ya tiene bastante. Esperaba que lo llevara conmigo y usted tiene el atrevimiento de decirme que lo guarda en su casa. Ahora, dígame dónde está; estoy decidido a llevármelo.

     Otra de las damas habló entonces:

    ¿Usted los toma voluntariamente o por la fuerza?

    No generalmente, pero en casos como éste sí, cuando son holgazanes y roban para ellos y para su amo.

   ¿Estima que la esclavitud es inmoral?

    No pienso que sea moral.

    No obstante, la Biblia está llena de ejemplos de esclavitud.

    Sí, pero está también llena de sangre y de guerra.

   ¿Cree usted que la guerra es moral?

    No, señora, naturalmente.

    Bien, yo tampoco, y sobre eso estamos de acuerdo.

     ¿Puedo preguntarle si es usted clerigo?

     Tengo la reputación de ello.

     Ya me parecía.

     Y la pequeña descarada (era muy linda a fe mía, aun tratándose de una rebelde), agregó:

     Entonces, ¿piensa usted que obra como corresponde ante Dios y ante los hombres, viniendo aquí, ante pacíficos ciudadanos, para quitarles los esclavos? Los esclavos son nuestros bienes. Además, el que usted busca pertenece a una viuda. ¿Qué hará ella si usted se lo lleva?

     Y bien, que su hijo abandone el ejército rebelde. Él se prepara, con los otros, a degollar a los yanquis, como usted nos llama.

     Esta respuesta cerró el pico a mi bonita interlocutora. Pero prosiguió:

     “Si usted es clergyman supongo que cree en la Biblia”.

     Sí, hago profesión de ello.

     En ese caso, puedo probarle lisa y claramente que la Biblia aprueba la esclavitud. Del primer capítulo del Génesis al último, de las Revelaciones, los hombres mejores los han poseído: Abraham, Isaac, Jacob y todos los otros sabios y cristianos.

     No vamos a discutir sobre eso. ¿Pero ha pensado usted alguna vez, que la Biblia misma está llena de datos históricos que relatan que los hombres tenían varias mujeres? Salomón, por ejemplo, tenía trescientas, y no contento de ello, tomó setecientas concubinas. David tuvo varias mujeres y todavía no satisfecho, mató a Uriah y tomó a su mujer. Y, ahora, querida señora, con toda buena fe dígame si le gustaría ver revivir el sistema de las mil mujeres. ¿Le gustaría ser una de las setecientas concubinas de un solo hombre, o también la ducentésima nonagésima novena supuesta mujer legítima de un solo hombre? Hablando de esto, señoras, tengo todavía mucho camino que hacer esta tarde. Lamento no tener tiempo para discutir largamente ese tema con ustedes.

     A fe mía -dijo la anciana -, me place verdaderamente escucharlo. Usted discute razonablemente y como un gentleman. Vuelva a vernos.

     Se lo agradezco -dije yo-.

     Y ahora -añadió la viudita encantadora, admirablemente bella con sus ojos azules y su tez clara -, olvidará usted al negro, ¿no es cierto?

     Adivinen si lo hice o no ...

     Después de un intenso saludo, prometí volver, mientras expresaba el deseo de que, una vez terminada la guerra, vieran ellas días mejores; y partí con la firme intención de volver a ver un día, si la ocasión se presentaba, los ojos azules de esa viuda angelical.

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