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Capýtulo 5:

 El Times de Londres

      El Times de Londres está allá, en la persona de su corresponsal, Russell:

      Esa tarde me encontraba en el club de Charleston con John Manning. ¿Quién, habiéndose encontrado aunque fuera una sola vez con el viejo gobernador de Carolina del Sur, podía permanecer indiferente a su encanto físico y a su fuerte personalidad? Había allí también senadores y diputados, tales como el señor Chesnut y el señor Porcher Miles. Hemos discutido largamente de política y como sucede entre amigos, terminamos por enojarnos.

      Reconozco que era bastante irritante oír a esos hombres entregarse a amenazas y a bravatas tan enormes como: El mundo en armas recibiría una acogida tal que él sería rápidamente expedido ad patres. No serían conquistados jamás. La tierra entera no podría llegar hasta allí. Y así sucesivamente. Yo estaba obligado a desenvolverme como podía:

      ¿Admiten ustedes -decía yo- que el francés es un pueblo valiente y belicoso?

      Sí, ciertamente.

     ¿Creen que podrían defenderse mejor contra la invasión que el pueblo francés?

      Puede ser que no, pero les daríamos mucho que hacer a los yanquis.

      Supongamos que los yanquis, como ustedes los llaman, los invadieran con una fuerza tres veces superior en hombres y en material. ¿No estarían ustedes obligados a someterse?

      ¡Jamás!

      Pues, o bien son más valientes, mejor disciplinados, más belicosos que los franceses, o bien, ustedes solos, entre todos los pueblos del mundo, son capaces de resistir a las leyes que rigen en la guerra, como en todas las actividades humanas.

      No, pero los yanquis son canallas cobardes. Lo hemos comprobado haciéndolos rodar a puntapiés y silbándolos hasta cansarnos. Por otra parte conocemos muy bien a John Bull. Al comienzo, hará gran ruído alrededor de la no-intervención; pero cuando necesite algodón, cambiará de táctica.

      Me di cuenta de que era por todos lados la idea fija. El rey algodón; para nosotros, es una grave ilusión o algo sin sentido; para ellos, una creencia vivaz y todopoderosa que no admite ni cisma ni herejía.

      Es todo su credo y, en realidad, hay en ello una parte de verdad, pues gracias a los estimulantes del carbón, del capital y del maquinismo, nosotros (los ingleses) hemos edificado, año tras año, una industria de la cual dependen el pan y la vida de cuatro o cinco millones de nuestros habitantes, industria que no puede funcionar sin el concurso de un país que puede en cualquier momento rehusarnos el suministro de algodón, o verse impedido de poder proveerlo a causa de la guerra.

      17 de abril. Las calles de Charleston recuerdan las de París durante la Revolución. Grupos de hombres armados se pasean cantando por las calles. Sangre guerrera corre en sus venas y hace subir a sus mejillas la embriaguez de la victoria: restaurantes llenos, jarana en los bares, salas de clubes atestadas, orgías y borracheras en las tabernas y en las casas particulares, en los cafetines y cabarets, desde las callejuelas más estrechas hasta las más anchas avenidas. Sumter los ha vuelto locos. ¡Jamás se ha visto tal victoria! ¡Jamás mozos tan valientes! ¡Jamás batalla parecida! Ya aparecen folletos contando el incidente. Es un Waterloo o un Solferino sin derramamiento de sangre.

      Después del almuerzo, descendí a los muelles para ir a visitar Fort Sumter con un grupo del estado mayor del general. Los senadores y los ex gobernadores, transformados en soldados, llevaban casquetes militares de color azul sobre los cuales estaban bordados unos palmettos (emblema de Carolina del Sur) ; levitas azules con cuello de oficial, charreteras recamadas de oro con dos bandas de plata para designar el grado de capitán, botones dorados con el palmetto en relieve, pantalones azules rayados con una banda de oro y espuelas de acero ...

      Hacía un calor pesado y húmedo; pero una fuerte brisa soplaba en el puerto, y, levantando el polvo de Charleston, cubría nuestros trajes y nos llenaba los ojos. Las calles estaban llenas de muchachos desenvueltos que hacían golpetear sus espuelas y sus sables, pelotones de azules iban y venían, redobles de tambores tocando la llamada; alrededor, grupos de negros de amplia sonrisa, asombrados de ese espectáculo alegre y rutilante: para ellos, era un día de fiesta y una novedad.

      Las banderas de la Secesión ondeaban en todas las ventanas; niños irlandeses gritaban con toda su voz: ¡La batalla de Fort Sumter! ¡Última edición!. Mientras bajábamos hacia el muelle donde el vapor estaba amarrado, oíamos por todos lados palabras exaltadas: Entonces, gobernador, ¿la vieja Unión ha muerto al fin? ¿Sabe usted que va a hacer Abe (Lincoln)? Yo pienso que Beauregard obtendrá la supremacía sin mucha dificultad. ¿Qué piensa usted ? Y así sucesivamente. Y , a propósito de esto, la popularidad de nuestro querido Créole está por encima de toda descripción. Se han compuesto en su honor toda clase de versos de almanaque, cuyo refrán gusta mucho:

     “ Armados de fusiles, granadas y petardos.

      Nosotros miramos el Norte con nuestro Beauregard” ...

      En el muelle, una muchedumbre numerosa miraba embobada a los hombres uniformados en el barco cargado de mercaderías, de provisiones de suministro, haces de heno y de grandes canastos colmados de víveres para el ejército de voluntarios de la isla Morris. Los nombres de las diferentes unidades pintados sobre las cajas: Tigres, Escorpiones, Leones, Águilas de Palmetto, Guardias de Pickens, de Sumter, de Marion, y también otras denominaciones, me divertían grandemente.

      La unidad de base de esos voluntarios es la compañía. Ellos no conocen ni batallones ni regimientos. En la leva de voluntarios, halaga a menudo la vanidad del mayor número. Esas compañías no cuentan más de cincuenta a sesenta hombres. Algunos de los reclutas son dandies que parecen mirar desde lo alto a sus camaradas. El mayor Whiting me contó que en los comienzos era difícil hacerlos obedecer, creyéndose cada cual tan buen soldado como cualquiera, y en ciertos casos aún mejor. Era claro que en ese pequeño ejército existía siempre la vieja historia del voluntario y del soldado de profesión.

      Cuando subíamos al puente, el mayor vio un grupo de rudos mocetones, de cabello largo, vestidos con burdas túnicas grises de botones metálicos y galones de lana, acostados sobre haces de hierba y fumando cigarros.

      Señores -dijo el mayor muy cortésmente-, tengan a bien no fumar sobre el heno. Hay pólvora en las bodegas.

      No creo que prendamos fuego al heno esta vez, colono -fue la respuesta- y de todas maneras lo apagaríamos antes que alcanzara los explosivos. Y continuaron fumando. El mayor refunfuñó y se alejó ...

      En el momento en que todos los pasajeros hubieron embarcado,unos noventa uniformados, gran de ellos mascando tabaco, la sirena silbó y el barco se deslizó dulcemente a lo largo del muelle por el agua amarillenta y fangosa del río Ashley ...

      La isla entera (de Morris) estaba llena de movimiento y agitación. Los oficiales galopaban en todos los sentidos como si se tratara de grandes maniobras o combates. Furgones de suministro realizaban con dificultad viajes de ida y vuelta entre la ribera y los campamentos. Carcajadas y ecos regocijados se escapaban de las tiendas de campaña. Estas se levantaban sin orden y eran de todas formas, colores y dimensiones. Algunas estaban afeadas por groseros dibujos al carbón e inscripciones como: Los verdaderos tigres, El nido de víboras, Los destrozadores de yanquis, etcétera ... Los alrededores del campamento estaban en un estado deplorable, y, cuando llamé la atención del médico militar que me acompañaba respecto del peligro que se corría; éste me dijo suspirando: “Lo sé bien, pero no podemos hacer nada. Recuerde que se trata de voluntarios y que ellos no hacen sino lo que les agrada”.

      Cada tienda reservaba gran hospitalidad y calurosa acogida a todo el que venía. Cuando no había lugar en el interior, los cajones de champaña y de vino, los patés de Francia y otros productos del mismo género estaban apilados fuera de los tabiques de lona. En medio de toda esa excitación, yo me sentía como un hombre en plena posesión de sus facultades que llega tarde a una borrachera.

      Señor, ¿tomará usted algo con nosotros a la ... (aquí alguna expresión horrible) de Lincoln y de todos los yanquis?

      No, gracias, si tienen a bien excusarme.

     ¡Usted es el único inglés que rehúsa!

      Esos muchachos de Carolina son muy gentiles pero tienden un poco a la fanfarronería, haciendo alarde de sus tradiciones de caballeros que para ellos, ingenuamente, constituyen un derecho hereditario. Se imaginan que la Corona británica reposa sobre una bala de algodón, también que el lord Chancellor, en el Parlamento, se sienta sobre un saco de lana.

      Bajo una gran tienda, un grupo de bulliciosos jóvenes descorchaban botellas y mezclaban el ponche en grandes cubetas mientras otros ayudaban a los ordenanzas a levantar la mesa del banquete ofrecido a uno de sus generales. ¡Calor, humareda, clamores, brindis, bebidas, apretones de manos, juramentos de amistad! Los amigos de los más demostrativos entre esos jóvenes hedonistas los excusaban así: “Tom es un poco parti, pero es un gran camarada y posee medio millón de dólares”. Esa referencia a una escala de valores fundada sobre el dinero no es excepcional, ni puede ser anormal pero se volvía a ella a menudo y se contaban magnificas historias sobre la riqueza de los muchachos que iban de juerga por los alrededores, como simples soldados; mientras que algunos de ellos, durante esa estación, en los años precedentes, eran considerados como los leones del gran mundo, en las estaciones balnearias. (...)

      El desprecio absoluto y el desdén hacia la venerable Bandera Estrellada, el horror de la misma palabra Estados Unidos, y el odio intenso de ese pueblo hacia los yanquis, no pueden imaginarlos los que no lo han visto. Estoy convencido de que la Unión no podrá jamás ser reconstruida como antes, que su destrucción es tan completa que ningún poder sobre la tierra podrá rehacer lo que ha sido deshecho.

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