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Capýtulo 7:

 Carta de neoyorquina describiendo los sucesos

      Jane Stuart Woolsey, neoyorquina, escribe a una de sus amigas parisienses:

      8, Brevoort Place.

      Este viernes 10 de mayo de 1861.

      Estoy segura de que te agradaría saber lo que nos acaece en estos días de gran agitación. (...) Todo es demasiado importante o no lo suficiente para ser explicado por carta ... También valdría más no tratar de darte mi punto de vista, si no es ésta la visión de la guerra captable desde la ventana de un salón. No es que yo carezca de opinión: todos tenemos una: hombres, mujeres y niños, desde el modesto patriota ciudadano que lleva una escarapela en su sombrero, hasta la dama que se pasea por Broadway luciendo esa cosa espantosa, el birrete de la Unión formado por bandas rojas, blancas y azules con cintas sueltas ... Todos tenemos nuestra idea sobre la guerra y nuestros planes sobre la campaña próxima. El otro día, una de mís amigas llevó consigo a su hijo para hacer una obra de caridad en una casa sucia, ruidosa y sórdida, al fondo de una callejuela mugrienta:

      Mamá -preguntó el niño- ¿es ésta Carolina del Sur?

      En los salones, la atmósfera se ha vuelto irrespirable después de Sumter, pues en ellos se prepara hilas, se corta infinitos metros de franela y vendajes de algodón, e innumerables trajes. ¡Qué lejano parece Sumter! Pienso que es porque esas dos o tres semanas últimas han estado llenas de emociones tan intensas que el tiempo antes de Sumter, parece pertenecer a un pasado superado. Se diría que no habíamos vivido hasta ese momento, que todavía no teníamos patria. ¿Cómo hemos podido alguna vez festejar el 4 de julio (fiesta de la Independencia)? Afuera la ciudad está alegre y brillante, con la multitud animada, el incesante desfile de los regimientos precedidos de músicos y millares de banderas, pequeñas y grandes que, repentinamente, se han puesto a ondear en cada ventana y; han surgido de cada campanario, de cada techo, en la cima de las astas y en los mástiles de los barcos. Es como si todo el mundo quisiera tratar de borrar esos últimos insultos dolorosos y amargos. Sabes cómo se ha expandido y afirmado el entusiasmo desde ese momento.

      El otro día, uno de mis amigos preguntaba a un habitante de Ohio cómo reaccionaba el Oeste ante la situación:

      El Oeste -respondió-, el Oeste es un solo grito de adhesión a la Unión.

      Un hombre de Nueva Inglaterra nos contó que en Concord las campanas sonaron y la proclama del Presidente (Lincoln) fue leída en alta voz en la plaza del pueblo. A los dos días el regimiento de Concord se encaminaba hacia Fanueil Hall. En Washington alguien interrogó a un soldado de Massachussets:

      ¿Vendrán muchos hombres más del Estado de usted?

      Todos -fue la respuesta-.

      Un herido de Lowell se arrastró hasta una fábrica de Baltimore. Viéndolo tan joven, un partidario de la Unión le preguntó:

      ¿Qué te ha impulsado a ir a batirte tan lejos de lo tuyo, pobre muchacho?.

      La bandera de la Unión -respondió con voz moribunda-.

      Se cuentan centenares de historias de ese género. Todo el mundo conoce una. Se leen muchas en los diarios. En nuestro pequeño círculo de amigos, una madre ha enviado a la guerra a su hijo adorado, otra a dos, una tercera a cuatro. Un joven convaleciente de difteria salta de la cama y cierra su mochila. Otro anula su viaje a Europa y toma sus armas. Una encantadora muchacha prepara la valija reglamentaria de su marido, disimulando sus lágrimas. Otra busca temerosamente las nuevas de Harpers' Ferry a donde su marido ha sido destinado. Este último me había dicho hace un mes, antes de Sumter, que no se podría encontrar un solo norteño para luchar contra el Sur. Uno o dos de nuestros amigos se han enganchado como cirujanos o como oficiales pero la mayor parte están en la fila y no encuentran ninguna tarea demasiado dura o despreciable para la bandera. El capitán SchuyIer Hamilton fue ayudante de campo del general Scott, en Méjico: eso no le ha impedido ponerse el fusil al hombro y partir como simple soldado en el 7° Regimiento. Como en ese momento se necesitaban oficiales, lo hicieron salir de filas, pero él no quería saber nada. Se podría contar indefinidamente anécdotas como éstas.

      La cuestión italiana ha perdido todo su interés. ¿Garibaldi es, verdaderamente, el salvador de Italia? Cada hijo es un salvador para su madre. Las mujeres lamentan tener que permanecer en sus hogares; se consuelan haciendo funcionar las máquinas de coser y enrollando vendas, Georgy, la señorita Sarah Woolsey y una media docena de amigas querían alistarse como enfermeras pero no tienen edad suficiente. Las disposiciones son estrictas y, sin duda, sabias, y, hecho sin precedente, mujeres jóvenes tratan de hacer creer que han pasado la treintena para poder servir a la causa.

      Los muchachos de Vermont han atravesado la ciudad esta mañana, con la fuerza de las montañas en su marcha y hojas verdes en los ojales. El otro día, he visto otras compañías procedentes del Maine, según me dijeron. Eran leñadores tostados por el sol, con las manos callosas a fuerza de manejar el hacha, habituados a pasar el invierno en el bosque, mordidos por el frío, abatiendo los árboles y; custodiando grandes jangadas de troncos, entre los remolinos de los ríos, en la nieve y las inundaciones. El batir de los tambores no cesa jamás en nuestros oídos.

      No imagines que tenemos miedo o que somos pesimistas. Tenemos entera conciencia del hecho de que la guerra es horrible, sobre todo cuando la pasión ha desaparecido y uno se encuentra ante la realidad desnuda; pero hay cosas peores que las heridas de las armas. Y entre ellas una paz despreciable con una pandilla como la de los rebeldes de Montgomery (capital del Sur).

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