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Capítulo 3:

 Batalla de Fort Sumter (2/2)

      Mientras los oficiales se esforzaban en levantar y abatir a hachazos todas las partes de madera de los alrededores, los soldados hacían rodar los barriles de pólvora hacia un abrigo más seguro y los recubrían de mantas húmedas. Ese trabajo se aceleraba por el estallido de las granadas en torno de nosotros, pues Ripley había redoblado la actividad al percibir los primeros signos de incendio. Logramos sacar un centenar de barriles, pero en seguida nos vimos obligados a cerrar la maciza puerta de hierro y esperar el resultado. Poco después una bala pasó a través del tabique, golpeó la puerta y torció la cerradura de tal manera que ya no se podía abrir. Así se nos cortó la provisión de municiones, pero había aún una pequeña cantidad apilada alrededor de los cañones. Por otra parte, cuando abandonamos el fuerte, Anderson mencionó en su informe que quedaban solamente cuatro barriles y tres cartucheras.

      A las 11 el incendio había llegado a ser terrible, desastroso. Alrededor de una quinta parte del fuerte era presa de las llamas y el viento impulsaba la humareda en espesos remolinos hacia el ángulo donde habíamos encontrado refugio. Parecía imposible escapar a la sofocación. Algunos de nosotros estábamos tirados en el suelo con un pañuelo en la boca; otros se protegían en las troneras donde un soplo de aire había disipado algo el humo. Todos sufríamos mucho. Yo trepé por una de esas aberturas y me senté sobre el borde exterior, pero Ripley, con su metralla, golpeaba alrededor, no me dejaba tranquilo. Si el viento no hubiera cambiado ligeramente de dirección, la sucesión de los acontecimientos hubiera sido fatal para nosotros.

      Como nuestro tiroteo había cesado y ello proporcionaba excesiva dicha a nuestro adversario, pensé que seria bueno demostrarle que aún no estábamos todos muertos y ordené a los cañoneros lanzar algunas bombas. Supe más tarde que el enemigo había aclamado ruidosamente a Anderson por su obstinación en circunstancias tan desfavorables.

      En ese momento, el espectáculo era verdaderamente emocionante. El ronquido y el crepitar de las llamas, los enormes remolinos de una espesa humareda, el ruído de las granadas enemigas y de las nuestras, que estallaban en las piezas incendiadas, el estrépito de las balas de cañón y el ruído de las paredes desmoronándose hacían del fuerte un verdadero infierno. (...)

      Hacia las 12.48 el alto del mástil portador de la bandera fue abatido y la bandera cayó ...

      Hacia las 14, el senador Wlgfall, acompañado de W. Gourdin Young, de Charleston, apareció inesperadamente en una de las troneras. Había hecho la travesía desde la isla Morris en una barquita conducida por negros. Wigfall había visto caer la bandera y pensaba que nos rendíamos después del incendio de los cuarteles. Un artillero que estaba cargando su pieza se sorprendió al encontrar a un hombre en la tronera y le preguntó qué quería. El senador respondió que deseaba hablar con el mayor Anderson. El hombre, sin embargo, se negó a dejarlo entrar si antes no se consideraba prisionero y entregaba su espada. Wigfall, en nombre de Beauregard, ofreció sus propias condiciones a Anderson, es decir, la evacuación del fuerte con el permiso de saludar a nuestra bandera y de partir con los honores de guerra, llevando nuestros equipajes privados y abandonando todo el material de guerra. Una vez que todo estuvo arreglado, Wigfall regresó a Cummings Point.

      Cuando los preliminares fueron debidamente ajustados, se decidió que evacuaríamos el fuerte a la mañana siguiente. Nuestros preparativos fueron simples y rápidos; pero los rebeldes, a fin de dar el mayor brillo posible al acontecimiento y obtener el mayor prestigio de él, hicieron preparativos imponentes. La población de los alrededores de Charleston invadió la ciudad para asistir a la humillación de la bandera de Estados Unidos. Después de tanta fatiga y emoción, dormimos profundamente esa noche por primera vez después de dos días.

      A la mañana siguiente, domingo 14 de abril, nos levantamos temprano e hicimos rápidamente nuestros equipajes antes de subir a bordo. A la orden del mayor Anderson, tomé mis disposiciones para saludar a nuestra bandera con salvas de artillería ...

      Terminado el saludo, las tropas confederadas desfilaron y ocuparon el fuerte. (...) Anderson me ordenó reunir a los hombres en la plaza de armas; tomó el mando y los hizo desfilar hasta el borde del edificio. Solicité permiso de abandonar el fuerte con la bandera a la cabeza y los tambores tocando Yankee Doodle. Me lo otorgó. Al ser traída nuestra bandera hecha jirones, la multitud estalló en alaridos entusiastas y todos los navíos, en movimiento unánime, se dirigieron hacia el fuerte.

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