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Capýtulo 2:

 Batalla de Fort Sumter (1/2)

En Fort Sumter, el capitán Doubleday, segundo comandante y yanqui cien por ciento (y además, inventor del baseball), recibe el cañoneo de los rebeldes:

      El 12 de abril, alrededor de las 4 de la mañana me despertó alguien que caminaba a tientas en la oscuridad y que me llamaba. Era Anderson, que venía a informarme que había recibido, hacía un instante, un despacho de Beauregard enviado a las 3.20, anunciando que abriría el fuego sobre nosotros dentro de una hora. Como yo había decidido no responder al bombardeo antes del breakfast me quedé en cama. No teníamos luz y no podíamos hacer nada, excepto dar vueltas en la oscuridad y bombardear vagamente las líneas enemigas.

      Apenas pudo distinguir los contornos de nuestro fuerte, el enemigo puso en ejecución su proyecto. Se había convenido, como deferencia hacia el venerable Edmund Ruffin, que puede ser llamado el Padre de la Secesión, que seria él quien primero disparara desde la batería Stevens, en Cummings Point. Poco después, un proyectil de Cummings Point vino a alojarse en la pared del depósito y me pareció, por el sonido, que se hundía en la mampostería a un pie de mi cabeza, distancia desagradablemente cercana a mi oreja derecha. Esta bala nos traía ciertamente el saludo del señor Ruffin. En un instante el tiroteo estalló con un estruendo continuo, y gran parte de los muros interiores y exteriores comenzó a desplomarse por todos lados. El lugar donde yo me encontraba servía para la fabricación de los cartuchos y había alli una buena cantidad de pólvora, en parte ensacada y en parte desembalada. Poco después una granada estalló cerca del ventilador. Una espesa humareda invadió la pieza y tuve la impresión de que habría inmediatamente una explosión. Felizmente, ninguna chispa penetró en el interior.

      Ahora, diecinueve baterías nos martillaban con su fuego y las balas y las granadas de los Columbiads de 9 pulgadas, acompañados de las granadas de los morteros de 13 pulgadas que nos bombardeaban constantemente, nos hicieron saber que la guerra había comenzado.

      Cuando fue pleno día, descendí para el breakfast. Encontré a los oficiales ya reunidos alrededor de una de las largas mesas del comedor. Nuestro grupo estaba calmo e incluso alegre. Habíamos conservado, para servirnos, a un hombre de color. Era un mulato de Charleston, muy activo y de ordinario muy atildado, pero ahora completamente desmoralizado por el fragor de las armas y el estallido de las granadas alrededor de nosotros. Se apoyaba en la pared, casi blanco de miedo, los ojos cerrados con una expresión de profunda desesperación. Nuestra comida no era nada abundante. Estaba compuesta de carne de cerdo y de agua, pero el doctor Crawford trajo triunfalmente un poco de harina encontrada por él en un rincón del hospital.

      Cuando esa frugal comida hubo terminado, mi compañía fue designada para servir a los cañones, y dividida en tres destacamentos; debía ser relevada por la compañía de Seymour. Como oficial de más alta graduación, encabecé el primer destacamento e hice desfilar a mis hombres hasta las casamatas que daban sobre la poderosa batería blindada de Cummings Point. Apuntando el primer cañón contra los rebeldes, yo no tenía ningún remordimiento, pues pensaba que la lucha era inevitable, y, además, nosotros no la habíamos buscado. (...)

      Nuestros disparos se regularizaron y los cañones rebeldes que cercaban cuatro lados del pentágono, donde estaba construido el fuerte, nos respondieron. El quinto lado miraba hacia el mar. Lluvias de proyectiles de los Columbiads de 10 y de 42 pulgadas, y las granadas de los morteros de 13, caían en oleada incesante sobre el fuerte, haciendo derrumbar paredes enteras por todas partes. Describiendo un gran arco, las enormes granadas caían verticalmente y se hundían en el suelo de la gran plaza de armas, y su explosión sacudía el fuerte como lo hubiera hecho un temblor de tierra ...

      El bombardeo continuó todo el día sin ningún incidente especial y sin que nuestros disparos impresionasen mayormente al enemigo. Los rebeldes tenían sobre nosotros una gran ventaja, pues sus disparos estaban concentrados sobre el fuerte que ocupaba el centro del círculo, mientras que los nuestros se dispersaban sobre la circunferencia. Sus armas destruyeron las partes superiores del fuerte, las más expuestas, pero no causaron gran daño a las casamatas subterráneas que nos protegían ...

      El 13 de abril, desde las 4 a las 6.30 el tiroteo enemigo fue muy vivo. De 7 a 8 sobrevino una tormenta y el cañoneo se apaciguó. Hacia las 8, el cuartel de los oficiales fue alcanzado por una de las bombas incendiarias de Ripley o por una bala calentada en los hornos de Fort Moultrie. El fuego fue extinguido pero, a las 10, un obús de mortero atravesó el techo y se alojó en el suelo del segundo piso, donde estalló; el incendio se declaró nuevamente. Se volvió a dominar pero las balas calientes se sucedían en tal forma que era imposible combatirlas por más tiempo. Era evidente que, al ser la construcción entera de madera: tabiques, pisos y techados, todo sería en corto tiempo consumido, y el almacén, que contenía trescientos barriles de pólvora, estaría peligrosamente expuesto pues, a pesar de estar cerrada la puerta metálica, las chispas podían entrar por el orificio del ventilador. El suelo estaba cubierto de una capa de pólvora, pues los hombres del servicio de faena habían fabricado allí bolsas de pólvora para los cartuchos con viejas camisas, colchas de lana, etcétera ...

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