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Capýtulo 4:

 Las vísperas de la guerra según testigos Ingleses

Otro testigo inglés, la literata Harriet Martineau:

      Nuestra vida campesina en el Sur era bastante variada y agradable. (...) Sin embargo, la fantasía y la improvisación que hacían reinar allí los esclavos no carecían de atractivo, por poco que se quisiese olvidar la esclavitud.

      Por la mañana os despierta la mirada fija de dos o tres negras apostadas al pie de vuestra cama, y os hacen falta cinco buenos minutos antes que consigáis hacerlas salir de la habitación. Luego, cuando estáis a medio vestir, puede suceder que se os llame para el breakfast. Consultáis vuestro reloj y verificáis si funciona, pues os parece que aún no han dado las 7. Sin embargo, os apresuráis y encontráis a vuestra huésped preparando el café. Los jóvenes aparecen a mitad del desayuno y uno se da cuenta entonces de que lo han servido con una hora de anticipación. El reloj se había detenido y la cocinera negra lo había arreglado todo a su gusto. Todos ríen y así termina el asunto.

      Después del breakfast, un colono en ropa de trabajo viene a conversar con vuestro huésped. Un blanco ebrio ha matado uno de sus negros de un tiro de fusil, y el colono teme que no se pueda obtener reparación, pues sólo había testigos negros. Los dos hombres discuten para saber si es necesario intentar un proceso, y luego se ofrece bizcochos y licor al colono antes de su partida.

      Entre tanto, el ama de casa ha dado sus órdenes y en una habitación retirada, o bien bajo la galería exterior, se ha puesto a cortar vestidos para las esclavas: trabajo duro en los días de calor fuerte. Los jóvenes hacen como que estudian, y algo más que simularlo cuando tienen preceptor o institutriz. Pero muy a menudo cada uno hace lo que le place: Rosa ha desaparecido, está tendida en su lecho leyendo una novela; Clara llora a su canario que se ha escapado mientras jugaba con él; Alfredo trata de saber cuándo partiremos en una cabalgata, y los más pequeños vagan por el jardín, del brazo de negritos de su edad.

      Os sentáis entonces al piano o tomáis un libro. Casi cada media hora, una esclava viene a preguntaros la hora. Por fin vuestro huésped llega y os ponéis a trabajar con ella. Satisface vuestra curiosidad hablándoos de su gente, contándoos cómo gastan rápidamente sus zapatos y su ropa de invierno y desgarran sus telas de algodón en verano, y cómo es imposible hacerles entender a las mujeres negras cómo cortar sus vestidos sin malgastar género. Ignora dónde y cuándo azotan a los esclavos; es asunto del administrador y no suyo. Apenas se sienta, la llaman. Regresa, explicando lo infantil que es esa gente: ¡no quieren tomar su remedio si no es ella quien se lo da! ¡Y qué poco cuidadosos son! Ha debido esperar para vigilar si Diana mudaba bien a su bebé y para obligar a Vet a llevar algún alimento a su marido enfermo. En la puerta, el coche y los caballos de silla hacen rechinar la grava. Los niños se precipitan para saber si pueden unirse a nosotros en el paseo. El coche parte a buen paso; nuestro huésped, que galopa al estribo, nos hace observar que atravesamos la plantación de los A. Cruzamos una larga fila de negros. Parecen ser del mismo color que la tierra: la ropa y la piel es del color del polvo. Os indican que un anciano más negro que los otros ha nacido en África, y preguntáis si un niño de tez muy clara es también un esclavo ... Os sentiríais aliviados si pudieseis pensar que esta gente triste y embrutecida es una manada de monos disfrazados y no seres humanos. (...)

      Tratáis de entablar conversación con los esclavos. Cuando les preguntáis su edad, responden vagamente. Los esclavos no saben o no quieren decir jamás su edad y por esta razón los empadronamientos dan resultados tan fantásticos: ¡muchos tienen, según dicen, más de cien años!

      Cuando pertenecen a un buen amo, os cuentan con orgullo el precio que han pagado por ellos. Si el amo es severo, reconocen que deberían ser mejor alimentados y menos azotados, pero que Massa está muy ocupado y no tiene tiempo de ir a verlos. Vuestra huésped es muy conocida en esta plantación y ya una negra acude con siete u ocho huevos por los que recibirá un cuarto de dólar. La seguís al barrio de los negros, y encontráis a una mujer bien vestida tejiendo mientras vigila a unos niños rollizos de piel lisa y mirada franca, cuya alegría espontánea os entristece cuando contempláis a los padres y pensáis en lo que llegarán a ser los niños cuando crezcan.

      Visitáis las chozas donde todo os parece del mismo color de tierra: el camastro contra la pared, las paredes mismas y el piso, todo es de un color amarillo sucio. Varios niños están acurrucados alrededor del fuego de leña, casi en las cenizas. Una mujer vuelve la cabeza contra la pared, levantando el delantal: os dicen que es tímida ... Entre tanto, el administrador conversa con vuestro huésped de la fiebre, más o menos fuerte esta temporada. Agrega que se consideraría satisfecho si este verano no hubiera más días de enfermedad que los precedentes. Observa que la vegetación ha sufrido a consecuencia de las últimas heladas, y muestra los estragos causados en los naranjos, pero, en cambio, la gran magnolia del centro del patio no ha sufrido daño. Luego os invitan a visitar la vivienda, y, en el camino, conocéis la extensión y el valor de la hacienda y el número de esclavos que allí trabajan. Admiráis las habitaciones frescas de techo alto, las cortinas verdes, las anchas galerías que dispensan la sombra que no pueden dar los árboles, plantados lejos de la casa a causa de los mosquitos. Os hacen ver igualmente la habitación que sirve de nevera, casi llena, pues el último invierno ha sido rudo ...

      Después de haber caminado por los campos todo el tiempo que os ha permitido el calor, entráis en la sencilla casa del administrador, rodeada por un pequeño recinto donde retozan los pollos. Y os ofrecen un vaso de leche para refrescaros, gran lujo especialmente previsto para los visitantes.

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