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Capýtulo 5:

 El misticismo negro. Reuniones religiosas

      El misticismo negro ha causado fuerte impresión a una sueca, Frederica Bremer, quien ha asistido a un camp meeting, reunión religiosa al aire libre:

      Partimos a través de campos y bosques. Era una hora avanzada de la tarde, pero el calor era todavía fuerte. Nos detenemos a dieciocho millas de Charleston, en pleno bosque. Había árboles por doquier y ni una vivienda a la vista. Nos apeamos del coche y nos introducimos en un bosque de pinos. Después de haber caminado durante una hora a lo largo de senderos apenas delineados, el bosque comienza a animarse. Muy pronto bulle de gente, sobre todo negros, tan lejos como se pueda ver entre los altos troncos. En medio de un claro se levanta un gran techo, soportado por postes y bajo el cual se alinean hileras de bancos. En el centro de ese tabernáculo (es así como yo llamo a ese espacio resguardado) hay un tablado alto y cuadrado que soporta un púlpito. Alrededor del tabernáculo se levantan centenares de tiendas de campaña y barracas de todas formas y colores que forman manchas claras, a lo lejos, en el bosque. Por todas partes hay grupos que se ocupan en preparar comida alrededor de pequeñas fogatas. Los niños corretean o permanecen sentados cerca de los fuegos y los caballos están atados y pacen cerca de los coches ...

      Poco a poco el gentío comienza a reunirse bajo el tabernáculo, blancos a un lado, negros al otro. Estos en mayor cantidad. El calor es pesado y el cielo está cubierto de nubes borrascosas. Comienza a caer la lluvia ... Nos refugiamos bajo la carpa de un rico librero y de su familia, ardientes metodistas. Nos ofrecen el café y la cena.

      Finalizada la comida, salimos y quedo asombrada ante ese espectáculo inolvidable: en ocho hogares sobrealzados o fire-hills, como los llaman, arden enormes leños de pino resinoso con llamas vacilantes. En todas partes, hasta en lo más profundo del bosque, innumerables fogatas pequeñas o grandes brillan delante de las carpas iluminando los troncos esbeltos de los pinos que parecen las columnas de un templo natural dedicado al Dios del Fuego.

      Bajo el tabernáculo se ha reunido una multitud inmensa, por lo menos tres o cuatro mil personas. Comienzan a cantar himnos, formando un coro magnífico. La amplitud del canto proviene manifiestamente del lado de los negros, pues son tres veces más numerosos que los blancos; y, además, sus voces son naturalmente bellas y puras. En el púlpito semejante a un mirador, en el centro del tabernáculo, hay cuatro pastores quienes, entre los himnos, se dirigen a la muchedumbre con voz fuerte, llamando a los pecadores a la penitencia y al arrepentimiento. Son hombres grandes y hermosos, de frente ancha y aspecto severo. En el lado de los negros se hallan sus jefes espirituales -en general mulatos- cuyo semblante acusa energía y grandeza de alma. (...)

    ... Cuanto más avanzaba la noche, tanto más apremiantes se hacían los llamamientos al arrepentimiento; los himnos, más breves pero más fervientes, se elevaban con un ardor apasionado como las llamas de los fuegos de leña. El celo de los pastores aumentaba. Dos de ellos se habían vuelto hacia los blancos y otros dos hacia los negros, con los brazos en cruz, exhortando a los pecadores a venir, a venir inmediatamente, en aquel momento que quizá fuera el último y el único que les quedaba para volver a encontrar al Salvador y escapar a la condenación eterna.

       Ya era cerca de medianoche. Los fuegos disminuían pero la exaltación aumentaba y, llegaba a ser general. Los himnos se mezclaban con los llamados de los pastores, y las exhortaciones con los clamores de la multitud ... En el sector de los negros, los hombres aullaban y rugían, las mujeres lanzaban gritos agudos como los puercos cuando los degüellan; muchos, presas de convulsiones, saltaban, rodaban por tierra, de modo que era necesario sujetarlos ... Por todas partes, gritos de angustia, entre los cuales no se distinguía sino: ¡0h, soy un pecador! y ¡Jesús, Jesús!.

      Acompañados de M. R., fuimos a pasear entre las carpas, por el sector de los negros. Bajo una de ellas, vimos un grupo arrodillado, completamente vestido de blanco, golpeándose el pecho, gritando y rogando de manera patética. Más lejos, unas mujeres bailaban la danza sagrada por una nueva conversa; pero al vernos se detuvieron, pues los pastores se lo habían prohibido.

      Al día siguiente, la prédica principal tuvo lugar a eso de las 11. La pronunció un abogado de un Estado vecino, hombre alto y delgado de facciones acusadas y fuertemente dibujadas, y ojos hundidos y brillantes. Predicó sobre el Juicio Final y describió de manera conmovedora las llamas ahorquilladas, el trueno y la destrucción general, dando a entender que ese momento estaba quizá próximo: Todavía no he sentido temblar la tierra, todavía parece firme, exclamó dando un violento puntapié en el suelo; no he oído todavía el retumbar del trueno del Juicio Final, pero quizás esté muy próximo ... Y así por el estilo. Luego amonestó a la muchedumbre, exhortándola a arrepentirse y a convertirse inmediatamente, sin perder un instante.

      Después de ese oficio religioso llegó la hora de la comida. Visité muchas tiendas de campaña de negros. Por todas partes, mesas cubiertas con fuentes de carnes de todas clases, budines y tartas: parecía haber allí gran abundancia de carnes y bebidas. Muchas carpas estaban amuebladas como verdaderas habitaciones, con camas de centro, espejos, etcétera ... Los negros parecían alegres, felices y de buen talante. Esas asambleas religiosas (...) son las saturnales de los negros. En ellas pueden dar libre curso al ardor de su cuerpo y de su alma. Pero, esta vez, todo pasó decorosamente. En los últimos años, las reuniones mejoraron en el sentido moral, y los amos permiten a sus esclavos asistir a ellas, en parte para complacerlos y en parte porque dan buenos resultados. Esas reuniones religiosas duran de tres a siete días. Aquella a la que asistí debía terminar al día siguiente, y se esperaba un gran número de conversiones para la noche próxima.

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